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Talleyrand. El nepotismo eclesiástico. III


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En 1770 Talleyrand entró al fin en el seminario de Saint-Sulpice, conocido como “el vivero de los obispos”, donde pasó los siguientes 4 años. Los estudios que se ofrecían consistían en 2 años de filosofía y 3 de teología, que preparaban a los alumnos para pasar su tesis de bachiller. Luego, 3 años más de teología en la Sorbona, completarían la formación exigida al “buen sacerdote”. Resulta creíble, dada su tendencia a sentirse en todo distinto y superior a los demás (quizá porque lo era) que no mienta cuando nos describe su actitud en el seminario en estos términos:

“Durante los recreos me retiraba a una biblioteca, en la que buscaba y devoraba, los libros más revolucionarios que podía hallar y, me alimentaba de la historia, de los amotinamientos, las sediciones y los trastornos políticos, que se habían dado en todos los países”. Pero fuerza es reconocer que, a lo largo de toda su vida, Talleyrand nunca dejó de mostrarse respetuoso con los sacerdotes, tal vez porque nunca dejó de considerarlos de algún modo “colegas suyos”.

Allí aprendió por encima de todo, esa manera particular de estar en sociedad, a la vez discreta, amable, mesurada y cortés, que se llevaba en Saint-Súlpice, a la que llama le bon maintien, expresión difícil de traducir, equivalente a guardar las formas. Él mismo nos lo explica en una nota:

“Como el leguaje de la acción o la palabra, la contención (le maintien) es también una lengua, la más limitada de las tres, pero también la más sencilla y la más exacta. Cuando la palabra con sus acentos y la acción con sus movimientos, se lanzan a todos los excesos, saltándose los límites, la buena contención suele detenerlas, hacerles dar marcha atrás y, encuadrarlas dentro de los límites de la circunspección”. Un párrafo que hoy deberíamos repartir, entre la mayoría de los actuales políticos.

El difícil Concordato firmado por Napoleón y Roma en 1801, en cuya redacción tanto intervino Talleyrand, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores del primer cónsul, es una prueba de hasta qué punto Charles-Maurice, dominaba el arte de la contención. En 1814, hallándose en Viena, en representación de su país en el Congreso, reconoció al conde de Noailles y le dijo: “Cuando quiero sentirme feliz, sueño con Saint-Súlpice y, evoco los recuerdos de aquellos tiempos. Había entonces buenas cabezas en el seminario”.

Con todo, su auténtica “hada madrina” sigue siendo su tío Alexandre-Angélique que, a partir de 1777, tras la muerte de su antecesor de La Roche-Aymon, pasa a ser el todopoderoso arzobispo-duque de Reims.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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