Abolición y/o secesión. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Se ha repetido con frecuencia, que las grandes crisis producen grandes hombres, y grandes actos de valor. No es sorprendente pues, que en el periodo de diez años (1850-1860) en EE.UU. repetidas crisis, en las que los lazos que mantenían ceñida a la Unión, se fueron rompiendo uno tras otro, se pusiera en evidencia lo mejor, como también lo peor, de sus dirigentes políticos. Todos aquellos que ocupaban puestos de responsabilidad, se vieron obligados a decidir, entre mantener su lealtad a la nación, o a su Estado y región.
Para todos aquellos que sentían una doble lealtad, a su Estado y a su país, para aquellos que buscaron transacciones que pospusiesen o alejasen enteramente, la sombra de la guerra que se cernía sobre ellos, la decisión fue angustiosa, puesto que la decisión final, traía consigo la ruptura de viejas lealtades y amistades, y la perspectiva de una humillante derrota política.
La arena donde se libró esencialmente esta lucha entre el Norte y el Sur, fue la Cámara del Senado de los Estados Unidos. El Sur, enfrentado con el problema del constante aumento de la población del Norte – tal y como se reflejaba en las crecientes mayorías en la Cámara de Representantes – comprendió que su única esperanza, para mantener su poder y prestigio, estaba en el Senado. Por este motivo, la admisión de nuevos Estados en la Unión – que amenazaba con trastornar el equilibrio de poder, entre los Estados libres y los que apoyaban la esclavitud, entre las regiones agrícolas y las manufactureras – constituyó el nervio, de algunos de los grandes debates en el Senado, en la primera mitad del siglo XIX.
Los nuevos y vastos territorios, adquiridos tras la guerra con México, aceleraron el ritmo de la controversia sobre la esclavitud. La atención de la nación se centró en el Senado, y enfocó especialmente a los tres líderes parlamentarios, mejor dotados de la historia americana: Clay, Calhoum y Webster.
Henry Clay, de Kentucky – intrépido, autocrático y con una personalidad magnética, brusco en sus maneras – poseía un poder de persuasión tan convincente, que sus rivales políticos declinaban reunirse con él, temiendo caer sometidos a su encanto. Para Abraham Lincoln, fue su “hermoso ideal”; para John Randolph de Ranoake, mitad loco y mitad genio. Ni siquiera John C. Calhoun, que había combatido contra él durante años, resultó inmune a su fascinación.
Aunque carecía de los recursos intelectuales de Webster y Calhoum, Henry Clay tuvo, sin embargo, la intuición de una América más grande, que la imaginada por sus famosos colegas. Y así, en 1820, 1833 y 1850, inició, forjó y logró hacer aprobar por Congresos mal dispuestos, los tres grandes acuerdos que preservaron la Unión hasta 1861, cuando ya el poderío del Norte fue tal, que la secesión estaba condenada al fracaso.
El segundo miembro, y probablemente el más extraordinario del triunvirato, fue John C, Calhoun, de Carolina del Sur, de cabellos erizados y ojos que ardían como grandes brasas, “el hombre de hierro”. Medía un metro con ochenta y siete centímetros; era graduado de la Universidad de Yale, miembro del Congreso a la edad de 29 años, y uno de los “Halcones Guerreros” que se unió a Henry Clay, para llevar a los EE.UU. a la guerra de 1812, un nacionalista que se convirtió en regionalista, en la guerra de 1820. Calhoun poseía una mente fría, escrupulosa, concentrada y poderosa. Webster lo consideraba como “con mucho, el hombre más capaz del Senado” y, de hecho, el más grande que había encontrado en toda su vida pública.
Los tres principales protagonistas del drama de Washington en 1850, había sido ya colegas en el Congreso en 1813. Por aquel entonces, eran jóvenes llenos de orgullo, de pasión y de esperanza, y el mundo estaba rendido a sus pies. Ahora, al cabo de cuarenta años, en el ocaso de sus vidas – pues todos ellos morirían en los tres años siguientes – con las ilusiones y la juventud marchitas, se movían, una vez más, hacia el centro de la escena.
El que la secesión no ocurriera en 1850, en vez de 1861, fue debido en gran parte a Daniel Webster, que fue, en gran medida, el responsable de que el país, aceptara el acuerdo propuesto por Henry Clay.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.