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Talleyrand en América. I


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Cuando tras una accidentada travesía de 38 días, Un Talleyrand que rondaba los cuarenta desembarcaba en abril en el puerto de Filadelfia, por aquel entonces la capital de los EE.UU. quienes lo habían conocido antes se habrían dado cuenta de cómo había cambiado físicamente. Había engordado y sus facciones, que se habían hecho más densas, más gruesas junto con su nariz, que fue siempre algo respingona, empezaron a darle aire un tanto feminoide que caracterizará su aspecto a lo largo de la segunda mitad de su vida. El aumento de peso hizo que su cojera se notara más. Desde el primer momento se dio cuenta de que allí nunca llegaría a encontrarse en su ambiente.

No tardó en alquilarse una casita en el centro de la ciudad. No lejos de su nuevo hogar de hallaba una librería francesa que había abierto un conocido suyo de la Constituyente, Médéric Moreau de Saint-Méry, que iba a fundar para él como un remedo, a falta de cosa mejor, de Juniper Hall. Por primera vez en su vida, Charles-Maurice se vio rodeado por un mundo esencialmente masculino, ya que la sociedad de Filadelfia desconocía las mujeres elegantes, cultas t habladoras, que tanto habían animado hasta entonces su vida. Aquella ciudad de Pensilvania doblaba entonces la población de Nueva York, pero carecía de todo atractivo.

Una vez más, el antiguo abbé destacó en el círculo familiar y de amigos del librero Moreau de Saint-Méry. Siempre llevó consigo sus dotes de raconteur nato y cualquier anécdota o historieta contada por él se convertía en literatura de humor, por no decir en teatro de primera clase. El desprecio cínico de su huésped hacia el respeto humano (léase hipocresía) de América escandalizó mucho. Como comenta Orieux, el conformismo burgués y puritano no podían acomodarse a la libertad de espíritu de un gran señor y, la levedad misma de su tono no hacía sino agravar su causa bajo la acusación de frivolidad. Nada le impidió, sin embargo, seguir siendo como era y, los puritanos de Filadelfia resultaron tan impotentes como los jacobinos de París en su afán por convertirlo a la virtud, al menos a la virtud tal como ellos la entendían.

Solo faltaba que se paseara por las calles exhibiendo su última “conquista”, Doudou, una negra exuberante del Caribe de andares provocativos, envuelta en telas de colorido rutilante, cuyo perfume, que se olía a la legua, bastaba para sonrojar a cuáqueros y cuáqueras. Incluso su perrita daba lugar al escándalo por su exquisita educación.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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