Talleyrand en América. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Era evidente que los americanos amaban el dinero, pero su amor le parecía a Talleyrand en exceso primitivo. Al ver como una granjera colgaba su ajado sombrero de fieltro, de una porcelana de Sévres procedente del Trianon, comentó: “El lujo ha llegado aquí demasiado pronto. Cuando las necesidades elementales del hombre (entre las que indudablemente ponía el “buen gusto”) apenas se hallan satisfechas, el lujo sobra”. No entendía aquella nación, “con 32 religiones y un solo plato y, encima, malo”. Seguramente se refería a la carne con patatas, elemento básico y casi único de los hogares de Filadelfia. Lo americanos amaban el dinero para ganar más dinero; Talleyrand para gastarlo.
Cuando Charles- Maurice supo que buscaban hombres para un recorrido de prospección por las tierras situadas al norte del Maine en busca de terrenos “con posibilidades”, no dudó en ofrecerse; lo aceptaron y consiguió que le dieran una misión expedicionaria en la que lo acompañarían Courtiade y Baumetz, además de un agente del propio banco. De un día para otro, el atildado obispo de Autun se convirtió en un audaz explorer dispuesto a meterse en bosques jamás hollados por pies humanos, abriéndose camino si era necesario, a machetazos entre lianas, helechos gigantescos y raíces huecas como anacondas. ¿Por qué? Pues porque no quería engañar a nadie. Antes de vender terreno a inversores europeos, necesitaba asegurarse de que su producto “valiera la pena”, a diferencia de numerosos agentes americanos poco escrupulosos, que vendían terrenos inaccesibles, inexistentes, pantanosos o ya vendidos a otros.
Una diligencia los llevó a Nueva York, desde donde marcharon a Boston y, a continuación, a bordo de un barco que recorría la costa, a un pueblecito de pescadores del Maine. Siguiendo el plan preconcebido, se adentraron en el interior del país en busca de una ruta alternativa por el norte que los llevara a las cataratas del Niágara. Al llegar en octubre a Albany, recibieron una inesperada noticia, Robespierre y su camarilla habían sido al fin derrocados y guillotinados y, el Terror se había acabado de una vez por todas en Francia. La noticia había tardado más de seis semanas en llegara a Albany. También en Alby encontró a Mme Rendslaer, hermana de su amigo Hamilton. A pesar de su decisión de apartarse de la política, el testarudo Hamilton siguió en ella y, el 11 de julio de 1804 murió en un duelo con su rival Aaron Burr a los 49 años de edad.
A partir Albany los exploradores continuaron su viaje a caballo. A diferencia de Chateaubriand, al que el nuevo continente inspiró himnos sublimes, aquella desmesura no impresionaba a Talleyrand.
Pues eso.
(Continuara)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.