László Almásy. Zarzura. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
László Almásy estaba convencido de que “Zarzura”, la ciudad desaparecida, con tesoros o sin ellos, el oasis hechizado del desierto, donde gorjeaban los pájaros, existía y estaba allí, perdido en alguna parte, de la inmensa desolación de arena y piedra.
El 12 de abril de 1932, el conde húngaro y su grupo, partieron del oasis de Jarga, en busca del último gran mito, del desierto de Libia. La expedición se movilizó en tres automóviles Ford y, un avión ligero, el “Polilla”. Aparte de Almásy, el grupo estaba integrado por sir Robert Clayton-East, el topógrafo Patrick Clayton, el jefe de escuadrón Hubert S. Penderel – todos ellos británicos residentes en Egipto – y cuatro sudaneses. Todo había sido minuciosamente calculado por su experto jefe, quien, basándose en el informe de Wilkinson (de quien hablamos en el anterior escrito) y, en el del reputado médico y explorador alemán Gerhard Rohlfs – director de la primera exploración científica, que reconoció el Gran Mar de Arena entre 1873 y 1874 – había extraído sus propias conclusiones. Y éstas tenían un nombre propio: Jilf Al Kabir (el Gran Acantilado), una meseta montañosa, muy imprecisamente cartografiada a la sazón, situada en el mismo corazón del desierto. Allí, en aquella extensión rocosa, del tamaño de Suiza, era donde, en opinión de Almásy, había que dilucidar el misterio de los tres valles de Wilkinson y, de la antigua ruta caravanera, descrita por Rohlfs, en relación con Zarzura.
Dada la naturaleza del terreno a reconocer, la idea de utilizar un pequeño avión, resultaba lógica y coherente. Era la primera vez que tal aparato, se incorporaba a la exploración, de las soledades libias, pero para Almásy, no se trataba de una ocurrencia novedosa:
“Una noche, muerto de fatiga sobre mi catre hundido en la arena, surgió en mí el deseo de subir a lo alto, en vez de seguir los tortuosos caminos, embutidos entre dos franjas estrechas de terreno, para tener desde allí, una visión limpia e ilimitada. Decidí entonces, recurrir a la ayuda del aeroplano”. Pero ¡que lejos estaba entonces, de saber que el tiro le saldría por la culata y, que sería víctima de su propia iniciativa, justo en el que iba a ser, el descubrimiento geográfico, más importante de su carrera!
Los hechos se encadenaron como sigue. Al agotarse las reservas de agua, de que disponían en su campamento, frente a la falda occidental del Jilf Al Kabir, Almásy decidió cruzar el desierto, hasta el oasis de Kufra, situado más al oeste, ya en territorio libio. Se trataba de la fuente de agua más cercana, aunque presentaba un inconveniente serio: nadie había realizado tal viaje antes y, todo hacía sospechar, que Kufra era inaccesible por el este, a causa del Gran Mar de Arena. Y había, además, una dificultad añadida: todos los oasis de Libia, estaban ocupados por los italianos, desde un año antes. La zona era considerada terreno de guerra. Con todo, Almásy impuso su voluntad. Ciertamente, no parecía oportuno que sus tres compañeros, dada su condición de ingleses, pasaran la frontera. Pero él era húngaro; podía ir con los tres sudaneses hasta Kufra y, pedir ayuda a las autoridades italianas, en nombre de una expedición como la suya, de carácter científico.
Dicho y hecho, el grupo se puso en marcha y, logró atravesar el desierto hasta Kufra, lugar en el que Gerhard Rohklfs, había sido el primer europeo, en poner el pie. Allí Almásy fue recibido – y hasta agasajado – por el comandante italiano del puesto, antes de dar media vuelta y regresar, junto a sus colegas de expedición, con 250 litros de agua potable… ¡y una docena de botellas de vino Chianti! Espléndido obsequio de su anfitrión.
Corría ya el 1 de mayo. ¿Y que habían hecho los ingleses entretanto? Pues efectuar reconocimientos, del imponente Jilf Al Kabir, a bordo del “Polilla”. A 65 km del campamento, sir Robert y Penderel, habían avistado un gran valle verde, que se extendía de norte a sur por el altiplano y, que muy bien podía ser uno, de los tres candidatos al “wadi Zarzura”, mencionado por Wilkinson. “Un cruel lance del destino”, se lamentaría Almásy, “ha evitado que fuera yo el primero en verlo, pese a haber propiciado con mi arduo trabajo, el hallazgo de ese valle”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.