László Almásy. Zarzura. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Las reservas de gasolina, igual que las provisiones, iban disminuyendo y, el terrible calor estival parecía haberse adelantado. Pero, antes de dar la expedición por terminada, László Almásy necesitaba cerciorarse por sí mismo del descubrimiento.
Pilotando el “Polilla” y llevando a Penderel como observador y guía, partió hacia el valle en cuestión y, no tardó ni 15 minutos en tenerlo a la vista, pudiendo apreciar en él algunos árboles (acacias) y manchas de pasto verde. Poco después divisaban otro gran valle al este, que parecía correr paralelo al primero, pero el viento, demasiado fuerte, no les permitió apartarse de su rumbo, para reconocerlo. A punto ya de regresar, hicieron el último gran hallazgo: una choza de paja en todo semejante, a las que los tibbu de piel negra, construían en el Uwaynat. Su buen estado de conservación convenció a Almásy, de que allí había vivido gente, no hacía demasiado tiempo. Podía tratarse de Zarzura, pero no había modo de asegurarlo sin poner pie a tierra, lo cual demandaba una segunda expedición.
Almásy regresó al Cairo, donde rindió visita a su amigo, el príncipe Kemal El Din, al que acababan de amputarle una pierna, a causa de un accidente sufrido, en el curso de su última expedición. Todos los inviernos, de 1896 a 1922, el osado príncipe, hijo del jedive de Egipto, Hussein, había acudido a su cita con el desierto de Libia. Al comienzo con intenciones más bien deportivas, para convertirse después, en uno de los más perseverantes exploradores, del Gran Mar de Arena. En 1926, había sido el primero en reconocer el Jilf Al Kabir, nombre este, que le fue adjudicado a la gran meseta, precisamente por el príncipe egipcio.
Kemal El Din pertenecía al grupo de los escépticos, respecto a la existencia de Zarzura. Se sabía de memoria el relato de Wilkinson y tras escuchar el informe de Almásy, sobre su descubrimiento de un gran valle, en la inexplorada meseta rocosa, a vista de pájaro desde el “Polilla”, el confesó a éste: “Si tiene usted la fortuna, de hallar los dos valles secundarios, seré el primero en felicitarle, por haber resuelto el enigma de Zarzura. En caso contrario, deberá conformarse, con haber añadido un nuevo valle, al mapa del Jilf Al Kabir”. Kemal El Din conocía bien a su amigo y. sabía que completar la cartografía, del enorme macizo montañoso, constituía para Almásy, un objetivo nada despreciable.
El 14 de marzo de 1933, apenas un año después, de su primera experiencia en el Jilf, el húngaro partió para allí, al mando de un nuevo grupo de personas. Richard Bermann, escritor austriaco, que formaba parte del mismo, había aportado una notable ayuda financiera. El objetivo de esta nueva expedición, era localizar los tres valles de Wilkinson, recorrerlos y cartografiarlos. De buenas a primeras, Almásy se encontró con que, una vez más, alguien se le había adelantado, al menos, en parte. Patrick Clayton, a la sazón funcionario del Servicio Topográfico de Egipto, se había introducido en los dos valles, descubiertos en el Jilf Al Kabir, durante la incursión de 1932. Su antiguo compañero podía, pues, reclamar el mérito, de haber sido el primero en pisarlos, aunque todavía carecieran de nombre. Esta última cuestión, si fue resuelta por Almásy y, de manera inesperada, gracias a su conocimiento del árabe y de los árabes. Sucedió durante su nueva visita al oasis de Kufra, a donde acudió siguiendo el itinerario, abierto por él el año anterior y, por el mismo motivo: abastecerse de agua.
En Kufra tropezó, con dos veteranos guías de caravanas, un zwaya y un tibbu, con los que celebró un “qalam” (conversación de varias horas). En esta primera ocasión, su habilidad logró vencer la reticencia de sus interlocutores, sólo para que le dijeran que, aunque nunca hubiesen estado en ellos, los tres valles existían efectivamente, se encontraban a 4 jornadas de Kufra y, llevaban los nombres de wadi Tahl, wadi Abd El Melik y wadi Hamra. Almásy hizo sus cálculos y, dedujo que estos dos últimos, eran los que él y Penderel habían observado, desde el “Polilla”, en la expedición de 1923, los mismos que Patrick Clayton, acaba de recorrer. Pero ¿dónde estaba el wadi Tahl? Y cual de los tres escondía a Zarzura, ya se tratara de un oasis maravilloso, o de las gloriosas ruinas de la ciudad del cobre?
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.