Capitán Richard F. Burton. El Gran Safari. XVIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La mayoría de biógrafos e historiadores coinciden en que no ha existido un etnólogo de renombre, como Burton, que incluso con más tiempo y recursos haya igualado su capacidad de penetración en el alma de las tribus indígenas, su habilidad para dar cuenta de los detalles, su curiosidad para tomar notas de todo cuanto le pareció significativo de la vida africana en las aldeas, con una exactitud sin parangón. No pasa por alto ni un solo dato de la estructura social, de las costumbres, los ritos y rituales, la esclavitud o su inexistencia y, por supuesto, las lenguas.
Pero Burton fue afectado entonces, por lo que denominó “un ataque de paraplejía”, haciendo referencia a la parálisis de las extremidades, por lo cual hubo de ser transportado en angarillas. Le fallaba la vista; ni siquiera estaba seguro de lo que alcanzaba a ver. Speke, aquejado de una oftalmía permanente, estaba virtualmente ciego, dado lo cual no podía desplazarse sin ayuda. Sufría intensos dolores, de manera que un porteador hubo de conducir del ronzal su asno. Los pequeños desastres siguieron azotando la comitiva. La jungla había dado paso a extensos macizos de bambú y de juncos, de llantén y enredaderas que abundaban en uvas silvestres “de minúsculo tamaño y austero sabor”.
El 13 de febrero de 1858 pisaban ya distinto terreno. Avanzaban por entre altas hierbas, ascendiendo una colina pedregosa, salpicada de zarzas. Burton indicó un alto al llegar a la cima. Aunque afectado por una ceguera parcial, acertó a distinguir algo que resplandecía más abajo
- ¿Qué es eso - preguntó a Sidi Bombay?
- Yo soy de la opinión – contestó Bombay – que es el agua.
La disminuida capacidad de visión, no le impidieron entrever que, por entre la masa forestal, se distinguía lo que al principio pareció ser un lago muy pequeño. Di inmediato pensó en regresar a Kazeh y, empezar de nuevo. Pese a todo, avanzó unos cuantos metros más y, descubrió una panorámica muy diferente. Se quedó mirando con “admiración, maravillado, deleitado”. Resplandecía bajo el intenso sol de los trópicos, el lago Tanganika. “¡Que enorme placidez para el alma y que descanso para la vista!”.
A lo lejos se vislumbraba “una elevada e irregular pared de montañas del color del acero. Al sur estaba el río Malagarazi, que se precipitaba hasta el lago, vertiendo con violencia abundante limo rojizo y, por doquier había aldeas. Era un paisaje, pensó, “capaz de rivalizar con los escenarios más admirados de las regiones clásicas y de sobrepasarlas incluso”. Al día siguiente llegaron a Ujiji, la meta definitiva de la expedición, a la que llegaron tras siete meses y medio de camino.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.