Barcelona en tiempos de los Austrias. III
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Barcelona tuvo un cierto protagonismo en algunos momentos de la política de los Austrias en relación con el Mediterráneo. El emperador Carlos decidió organizar desde allí su expedición a Túnez en 1535 en el contexto del conflicto general con los turcos y los piratas berberiscos. Eso provocó que las Atarazanas, es decir, los astilleros para construir y reparar barcos, tuvieran que trabajar a un enorme ritmo, recuperando durante un tiempo el esplendor del pasado. Posteriormente, en 1568 se construiría en las Atarazanas la galera más grande de su tiempo, la Real, que fue la que empleó Juan de Austria para comandar la flota de la Liga Santa que se enfrentó a la flota turca en la famosa Batalla de Lepanto en el año 1571.
Otro signo de que Barcelona, sin la antigua pujanza medieval, tampoco vivió en la atonía, fue que en el siglo XVII se hicieron obras de ampliación de las Atarazanas, con tres naves nuevas. Se dio el caso de que se respetó el aspecto general del edificio porque se emplearon los materiales y el diseño medievales, aunque estas naves serían de dimensiones distintas y situadas transversalmente. Con motivo de la Guerra dels Segadors se fortificó el conjunto. Los tipos de barcos del siglo XVIII obligaron a hacer ampliaciones en la nave central. En esta centuria se hicieron los barcos de las campañas emprendidas por Felipe V en Cerdeña y Sicilia entre 1717 y 1718. Pero este siglo marcaría la decadencia de las atarazanas de Barcelona por las reformas emprendidas por los Borbones en relación con el nuevo ordenamiento marítimo, haciendo a Cartagena el arsenal del Mediterráneo.
Anteriormente, en 1529 en la ciudad se firmó la Paz de Barcelona entre Carlos I y el papa Clemente VII, por el que el emperador reconocía los derechos de la familia Medici, a la que pertenecía el pontífice sobre la ciudad de Florencia, así como sobre otras plazas italianas, a cambio del reconocimiento papal de Carlos como rey de Nápoles.
Las guerras de religión en Francia provocaron que Felipe II se preocupara del posible contagio de dichos conflictos a través de la frontera con Cataluña por lo que se extremó la vigilancia en la misma y la Inquisición extremó su celo. En ese sentido, muy significativa fue la carta que remitió el monarca al virrey Andrés Hurtado de Mendoza en 1560 en la que expresaba que Francia estaba inmersa en los “errores de la mala secta de Lutero” y del peligro de que Cataluña se dañase por su vecindad por lo que le avisaba que convenía que los inquisidores viajasen por el Principado, especialmente por las zonas de frontera. Hubo una cierta emigración de católicos franceses huyendo de los enfrentamientos y que llegaron a Cataluña, pero eso no era obstáculo para que el Santo Oficio, desde Barcelona, recelase de los mismos. Otro objetivo de control inquisitorial fue el de las publicaciones.
En febrero de 1564 el rey Felipe II visitó Barcelona. Acababa de clausurarse el Concilio de Trento y las autoridades catalanas, en este contexto, decidieron organizar un programa de actos y ceremonias para demostrar que Barcelona y Cataluña eran un bastión del catolicismo. En este programa destacaron varias actuaciones. En primer lugar, habría que citar la representación en la que la santa Eulalia proclamaba que Barcelona no sufría la infección luterana. Más destacada debió ser fue el espectáculo “El asalto al castillo de los luteranos” en la Plaza del Rey. En el mismo los soldados católicos asaltaban la fortaleza de los luteranos gritando sobre España, Santiago y San Jorge y la victoria. Por fin, el rey asistió a un auto de fe.
Barcelona participó activamente del espíritu de la Contrarreforma como el resto de ciudades de la Monarquía Hispánica. Se potenció el culto de los santos, y en este sentido muy destacada fue la canonización de San Ramón de Penyafort en 1601. Tres años después se publicaba en Barcelona la obra de Baltasar Calderón Alabanças de la insigne Ciudad de Barcelona, y de las cosas insignes della, y de los seis cuerpos santos que tiene, donde aparecían los cuerpos incorruptos de la ciudad: santa Eulalia, san Ramón de Peñafort, santa Madrona, san Severo, san Paciano y san Olegario. Las autoridades municipales barcelonesas se empeñaron en promocionar procesiones, cultos y procesos de canonización durante el siglo XVII. Al establecerse el dogma de la Inmaculada Concepción se desarrolló mucho el culto mariano, y Barcelona no se quedó a la zaga. Importante fue el papel que adquirió la Virgen de la Mercè, sobre todo a raíz de la plaga de langosta de 1686-1688.
Por fin, se potenció el asociacionismo católico a través de las cofradías, formadas por laicos en torno a una advocación religiosa. Las cofradías constituyeron un fenómeno muy importante en la época moderna y no sólo por su vinculación religiosa, sino también como un instrumento de socialización y de asistencia social.
En relación con los moriscos se puede decir que en vísperas de la expulsión a principios el siglo XVII no había muchos en Cataluña. Al parecer, estos moriscos desarrollaron una tendencia más favorable hacia la integración frente, seguramente, a los valencianos. La orden concreta relativa a la expulsión de los moriscos catalanes se dio en abril de 1610. En todo caso, en el caso catalán se permitió que se quedaran las parejas mixtas y sus hijos. En Cataluña había menos inquina social hacia los moriscos, y las autoridades eclesiásticas aconsejaron esta línea menos extrema en relación con otros reinos de la Corona aragonesa o de la castellana.
En la Cataluña de los Austrias se desarrolló un intenso fenómeno de bandolerismo. El siglo XVII vio un resurgimiento del mismo. En Cataluña tenemos un claro ejemplo de su fuerza, fenómeno que terminó por contagiarse a otras zonas de la Monarquía Hispánica, especialmente a Valencia. Aunque el bandolerismo catalán se desarrolló en la época barroca, su origen debe remontarse a lasbandositats feudales. Los sectores más radicales de los remensas no aceptaron la solución de la Sentencia Arbitral de Guadalupe y se organizaron como bandoleros para hostigar a los nobles a finales del siglo XV.
Pero esta vertiente popular terminó por recibir una clara influencia de los propios nobles al convertir a los bandoleros en una especie de milicia empleada en los constantes enfrentamientos que vivió la nobleza catalana durante la época moderna. La literatura castellana del Siglo de Oro dedicó no poca atención a los bandoleros catalanes, como el propio Cervantes en el Quijote y en la Galatea, donde trató de los bandoleros de Rocaguinarda.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.