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La Guerra de Sucesión y su impacto en Cataluña. I


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

El primero de noviembre de 1700 murió el rey Carlos II sin descendencia. En los últimos años de su reinado se había vivido intenso movimiento diplomático en Europa para dilucidar el futuro de la Monarquía Hispánica, porque, a pesar de sus graves problemas, seguía siendo una potencia territorial formidable, con un vasto imperio ultramarino. En esos juegos el rey francés Luis XIV desempeñó un protagonismo claro con los denominados Tratados de Partición, que promovió con algunas potencias. El rey sol tenía sus ojos puestos en España, aduciendo derechos dinásticos porque él era hijo de una infanta española, Ana de Austria, y sus descendientes también tenían sangre de los Habsburgo porque su esposa ya fallecida, María Teresa de Austria, había sido hija de Felipe IV.

Los dos candidatos con más derechos al trono, dados sus linajes, condición fundamental en los pleitos sucesorios de las monarquías absolutas, eran el archiduque Carlos de Habsburgo, de la rama vienesa de la dinastía reinante hasta ese momento en España, y Felipe de Anjou, de la Casa de Borbón y nieto del rey Luis XIV y con la ascendencia de los Habsburgo que hemos señalado.

El rey Carlos II nombró sucesor al segundo, como resultado de la corriente de opinión cortesana que pensaba que como nieto del rey Sol era la mejor opción para mantener el imperio hispánico una vez que el último Austria español hubiera desaparecido.

Al ser nombrado como rey el duque de Anjou como Felipe V, las potencias europeas se alarmaron ante un posible bloque franco-español, que podría convertir al rey francés en un poder casi incontestable. El complejo y endeble equilibro de poderes se rompería claramente en favor de Versalles. El propio monarca francés contribuyó a este miedo porque al morir en rey Carlos II comenzó a actuar casi como si fuera regente o hasta rey. Además, hizo público el reconocimiento de los derechos de su nieto Felipe al trono francés en caso de que el heredero no pudiera acceder al trono, habida cuenta de los problemas sucesorios por distintas muertes que padecía en ese momento la Casa de Borbón. Inglaterra, Holanda, Saboya y Portugal decidieron apoyar al candidato austriaco y se desencadenó el conflicto internacional.

La Guerra de Sucesión fue una contienda europea entre los Borbones hispano-franceses contra la alianza de Inglaterra, Austria, Holanda y Portugal y Saboya. Desde la Guerra de los Treinta Años no había habido una guerra de ese tamaño e importancia. Pero también constituyó una guerra en el seno de la Monarquía Hispánica. Gran parte de la Corona de Aragón, con excepciones, fue partidaria de los Habsburgo, y la de Castilla lo fue de Felipe V. Tenemos que tener en cuenta que primó, en cierta medida, la creencia de que un Habsburgo respetaría más las reglas del pactismo, es decir, la fórmula institucional de gobierno heredada de la Edad Media por la cual la Corona debía contar siempre con los poderes de los distintos reinos para gobernar y respetar el entramado institucional y jurídico (fueros) de cada territorio de la Corona aragonesa. Un descendiente del absolutismo y del centralismo más acusados de Europa no parecía una opción muy atractiva. En todo caso, como tendremos ocasión de comprobar habrá que añadir algunos matices a estas afirmaciones.

La Guerra sucesoria finalizó, principalmente, por dos factores. En primer lugar, estaría la elección del archiduque Carlos como emperador por los fallecimientos de su padre y hermano. Estas muertes planteaban un nuevo escenario en Europa. La elección de Carlos como emperador podía generar otra amenaza si un Habsburgo tuviera los dos tronos como en tiempos del emperador Carlos V. Pero otro factor fundamental para entender el final de la contienda tendría que ver con el cansancio de los contendientes, que llevaban una década guerreando. En consecuencia, Inglaterra presionó para firmar la paz porque se sentía fuerte y había conseguido una baza importante en la guerra, esto es, Gibraltar.

La paz se selló con una serie de tratados bilaterales entre los contendientes. El principal de todos ellos y más conocido fue Tratado de Utrecht, que se firmó entre España e Inglaterra en 1713. Inglaterra fue la gran vencedora de la guerra, comenzando a perfilarse ya claramente como nueva potencia mundial. En lo militar consiguió la demolición de la base naval de Dunquerke. En cuestiones comerciales obtuvo el asiento de negros, esto es, el monopolio de introducir esclavos negros en América española durante treinta años, además de la concesión del navío de permiso, autorización para enviar a América un navío con quinientas toneladas de mercancías, una puerta para romper el monopolio comercial con América. Territorialmente, se hizo con Gibraltar y Menorca para controlar el Mediterráneo occidental, y Terranova cedida por Francia con importancia pesquera y posición estratégica para adquirir Canadá. Menorca terminaría volviendo a manos españolas en tiempos de Carlos III, pero no así Gibraltar, a pesar de los repetidos intentos militares por lo lograrlo.

Por su parte, España fue la gran perdedora. A cambio del reconocimiento de Felipe V como rey de España perdía los territorios europeos: Sicilia para Saboya; y para Carlos de Austria Flandes, Milán, Nápoles y Cerdeña. Austria cedería, por su parte, Cerdeña a Saboya a cambio de Sicilia.

El Tratado de Utrecht supuso, por lo demás, un verdadero hito en la historia de las relaciones internacionales porque no sólo marcó el fin de la Guerra de Sucesión y de las posesiones europeas de la Monarquía Hispánica, quedando España como una potencia de segundo rango, sino que también generó cambios profundos en el concierto internacional europeo. Estableció el fin de la hegemonía francesa, sustituida por un nuevo concepto de equilibro entre las tres grandes potencias rivales. Francia conservaría la primacía cultural, y como demostraría con la eclosión futura de la Ilustración, pero iniciaba un nuevo siglo agotada. Los Habsburgo dominarían el territorio más extenso, pero padecían una profunda debilidad interna por la falta de unidad de su imperio, y que se arrastraría hasta el final del mismo en el siglo XX. Por fin, Inglaterra adquiría la primacía marítima y comercial, de tantas consecuencias futuras. En todo caso, para afianzar ese dominio de los mares todavía tendría que luchar porque ni Francia ni España estaban dispuestas a aceptarlo en principio. Con Trafalgar, justo un siglo después, Londres sí sellaría esa primacía, que no perdería hasta el período de entreguerras.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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