Talleyrand. Tal para cual. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
En su carta de felicitación a Napoleón por el tratado de paz de Campo Formio, el ministro Talleyrand sugirió a su futuro “pupilo” (un rebelde como pocos) que hiciera todo lo posible por mantener a los austriacos fuera de Italia y, si no había más remedio, les permitiera resarcirse de las pérdidas en tierras alemanas. En su carta de agradecimiento, Napoleón reconocía a Talleyrand “su gran talento, su puro espíritu cívico y su distanciamiento de las aberraciones que habían deshonrado a la Revolución” y se comprometía a mantener con él una correspondencia frecuente. Las palabras del general fueron recibidas como agua de mayo por el antiguo abbé, pues los neojacobinos seguían sospechando de él. Le creían un agente secreto de Inglaterra o de los Borbones y, lo atacaban siempre que tenían ocasión. Después de la última carta parecía evidente que contaba con la confianza de Napoleón y, que este quería colaborar con él.
No tardaron en mantener una doble correspondencia: una oficial y otra privada y secreta. El ministro admiraba la audacia y el “descaro” de Napoleón. Era un hombre dispuesto a correr riesgos (como él mismo, jugador empedernido, sobre el tapete verde). Enseguida empezó a imaginar planes basados en las esperanzas que el joven Marte había despertado en él, unas esperanzas que le impidieron ver que, aunque Bonaparte se consideraba un perfecto republicano, tenía ideas propias sobre la democracia, que no coincidían exactamente con las suyas y que, tarde o temprano, acabarían envenenando su relación.
Le sorprendió el interés de Napoleón por la política, excesivo, a su juicio, en un militar. Era evidente que aquel hombre no se iba a limitar a disparar cañones y examinar mapas de campaña. En el fondo, pensaba como un estadista. Stendhal lo acusó en su Vida de Napoleón de ser “sumamente ignorante del arte de gobernar porque, imbuido de ideas militares, la deliberación le ha parecido siempre insubordinación”, pero se equivocaba. El auténtico problema de Napoleón radicaba en su carácter, no en su ignorancia. Bonaparte había leído a los grandes romanos, en especial a Julio Cesar, al que citaba de memoria en latín, a Maquiavelo y también a Montesquieu. Hombre de su tiempo, también se había visto contagiado por el reciente romanticismo y le encantaban los poemas del Pseudo Ossian, con su mundo nebuloso de leyendas que ensalzaban el valor y la abnegación.
En última instancia, lo que Napoleón deseaba era un Ejecutivo fuerte capaz de relegar a un segundo plano al Legislativo, del cual no se fiaba. A diferencia de tantos líderes revolucionarios, Bonaparte no fue nunca un populista, no idealizaba al pueblo. Se lo reprocha Stendhal en la obra ya citada: “Sus errores en política pueden explicarse en dos palabras: tuvo siempre miedo al pueblo y no tuvo jamás un plan”. A sus ojos, el pueblo era un mal necesario con el que había que lidiar satisfaciéndolo dentro de lo posible, aunque sin excederse.
Pues eso.
(Continuara)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.