Bárbara Tuchman. Los cañones de agosto. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
“En el terreno de la historia, al principio es suficiente con saber que ocurrió – dijo Bárbara Tuchman – sin tratar de responder demasiado pronto, al “porqué” de las cosas. Creo que es más apropiado dejar el “porqué” al margen, hasta el momento en que se hayan, no solamente reunidos los hechos, sino en que se hayan dispuestos en una secuencia lógica; para ser precisos, en frases, párrafos y capítulos.
El problema que entraña la investigación, por supuesto, es saber cuándo debe uno parar. “Uno se debe parar antes de haber acabado – explica Tuchman - porque, de lo contrario, uno nunca se parará, y nunca terminará.
El proceso de escribir, afirma igualmente Tuchman, es “laborioso”, lento, a menudo doloroso y, a veces, agónico. Requiere reformular las ideas, revisar el texto, añadir nuevos fragmentos, cortar, volver a escribir. Pero eso proporciona una sensación de excitación, casi un éxtasis, un momento en el Olimpo. Sorprendentemente, a Bárbara Tuchman le llevó años perfeccionar su famoso estilo. Finalmente dio con la fórmula adecuada: “Mucho trabajo, un buen oído, y practicar continuamente”.
“En primer lugar, soy una escritora, cuyo objeto de estudio es la historia -afirmó -. El arte de escribir me interesa en igual medida, que el arte de la historia… Me siento seducida por la sonoridad de las palabras, y la interacción de sus sonidos, y sus sentidos”.
El lenguaje elegante y dominado con precisión, le parecía el instrumento más adecuado, para darle voz a la historia. Su objetivo final era “conseguir que el lector prosiga con la lectura”.
En una época marcada por la cultura de masas, y la mediocridad, Bárbara Tuchman era una elitista. En su opinión, los dos criterios esenciales de calidad eran: “un esfuerzo intenso, y una actitud honesta, en cuanto al propósito”.
La relación que mantenía con los académicos, los críticos y los reseñadores, era de cautela. No estaba doctorada. “Pienso que es lo que me salvó”, dijo, pues creía que los requisitos, de la vida académica convencional, pueden embotar la imaginación, minar el entusiasmo, y malograr el estilo. “El historiador académico – afirmó – padece las consecuencias, de tener un público cautivo, primero con el director se su investigación, y después, con el tribunal examinador”. Su principal preocupación, no era lograr que el lector pasase a la siguiente página. Para Tuchman, el lugar que debe ocupar un escritor, es la biblioteca, o el terreno donde va a realizar la investigación, o en su mesa de trabajo, escribiendo. Como afirmó, Heródoto, Tucídides, Gibbon, MacCauley y Parkman, no poseían el título de doctor.
Pues eso.
Continuará
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.