Talleyrand. De camino a Brumario. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Tal como le había pedido Barras, la alabanza de Talleyrand a Napoleón, fue una mezcla de tacto y de exageración. De modo que concluyó su “actuación” con un tremendo ataque contra Inglaterra. No hemos de olvidar que la razón principal por la que el Ejecutivo había sacado al general homenajeado, de una Italia que creía dominada, era su intención de hacer de él un arma de éxito seguro contra “la pérfida Albión”, su principal enemiga en aquel momento en el continente. “Ahora un nuevo enemigo llama a Bonaparte, un enemigo famoso por su profundo odio a Francia y su insolente tiranía hacia todos los pueblos de la tierra…”. La fingida rabia de Charles-Maurice en su arenga final antibritánica, fue un brindis al Directorio, que, para ocultar el lamentable estado de la nación, estaba empeñado en galvanizarla de cara a una próxima ofensiva contra la Islas, una campaña que nunca llegó a tener lugar, ni siquiera cuando Napoleón se convirtió en primer cónsul y luego emperador dueño absoluto de los destinos de Francia.
En las semanas que siguieron, Charles-Maurice se convirtió en el cicerone del general, al cual paseo por todos los departamentos ministeriales mostrándole todo lo que creía que podía interesarle y, presentándole a las personas a su juicio más válidas. Las conversaciones mantenidas en aquellos paseos, lo convencieron de que tampoco Napoleón tenía a Inglaterra en su lista de prioridades. El Directorio, fiel a su idea, puso a Napoleón al frente de un ejército “de Inglaterra” que fijaría sus bases en Calais y Boulogne-sur- Mer. El general no pudo negarse a visitar el lugar elegido y, llegó a la conclusión de que el riesgo era excesivo. El nombre que no cesaba de rondar por su mente era otro muy distinto: Egipto.
Tanto Bonaparte como Talleyrand habían puesto sus ojos sobre la tierra de los faraones, aunque por motivos distintos. La idea de una aventura militar en el país de las pirámides encendía la imaginación del general “romántico” y, no solo por sus posibilidades en el terreno comercial, sino porque lo colocaba definitivamente sobre los pasos de sus admirados modelos: Julio Cesar y, sobre todo, Alejandro Magno, el gran rey expedicionario que a punto estuvo de conquistar media Asia. Intuía que “su hora” en Francia, no había llegado todavía, pero que un gran éxito en el exterior, en un país no alejado de Europa lo ayudaría a hacer realidad sus planes en el interior. Charles-Maurice, en cambio, ya se había referido a una eventual colonización. Además, Egipto sería una presa fácil, porque el Imperio otomano, del cual formaba parte, parecía haber perdido el control de sus beys y, además, tenía serios problemas con la vecina Rusia.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.