El impacto de la Gran Guerra en Rusia
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La Gran Guerra con su intensidad y su prolongación en el tiempo, fue un factor clave que terminó por desarticular un sistema político que ya llevaba mucho tiempo paralizado y donde no habían calado los intentos de reformarlo. La Primera Guerra Mundial impactó de forma brutal en la población rusa. En primer lugar, tenemos que tener en cuenta que aproximadamente un 10% de la población fue reclutada, es decir, millones y millones de hombres en edad activa. Pero, sobre todo, se calcula que unos dos millones de soldados murieron, con otros dos millones hechos prisioneros, además de generarse cuatro millones y medio de mutilados y heridos. La sangría de la contienda fue especialmente dura con los rusos. Y esas muertes tuvieron mucho que ver no sólo con la extrema violencia que se desencadenó en esa contienda, sino también con el hecho de la falta equipamiento adecuado, de las evidentes carencias en la alimentación y combatiendo en circunstancias mucho más lamentables que las que se dieron en las trincheras del frente occidental. Los jóvenes rusos fueron como la “carne de cañón” que salvó a Rusia de ser arrollada por la maquinaria bélica de los Imperios Centrales, infinitamente más poderosa y eficaz, pero, precisamente, por el único hecho de ser millones. A Rusia le salvó su inmensa geografía, pero, sobre todo, su demografía, y el sacrificio de millones de soldados.
Pero si desde el punto de vista humano la contienda fue un desastre, en lo económico la situación no fue mucho mejor, influyendo en cómo se llevó la contienda. La crisis de producción de carbón incidió de lleno en la industria bélica. Además, Rusia seguía con sus déficits en infraestructuras, en el transporte, especialmente, sin olvidar que siempre combatió muy aislada de sus más potentes aliados occidentales.
A estos problemas, se unió el hecho de que el Estado ruso volvió a demostrar su ineficacia para hacer frente a la magnitud que supuso la contienda mundial. Pero esa ineficacia, falta de flexibilidad y de altura de miras incidió en el ámbito interno porque el zarismo no quiso darse cuenta de la necesidad de incorporar al sistema a los sectores reformistas de la burguesía y del liberalismo como un medio de intentar emprender una mejor gestión y liberalizar un tanto el régimen. A eso se unía una verdadera “corte de los milagros” con personajes tan siniestros como Rasputín. El descrédito del zar y de su corte llegó a tal extremo que algunos sectores del propio zarismo comenzaron a no comprometerse en apoyar al mismo. Pero el problema fue que esos sectores no supieron o no pudieron articular una transición contactando con esos sectores liberales al margen del sistema que, sin ser revolucionarios o de corte popular, podían aportar sus fuerzas e ideas. La falta de flexibilidad en un clima de intensa crisis, de derrotas militares y de penurias, creó un caldo de cultivo que precipitaría la revolución.
Fuera de los ámbitos del poder y de la oposición liberal, la Gran Guerra también incidió de forma evidente. El pacifismo no era la única opción de la oposición radical. Plejánov defendía la necesidad de defender a Rusia, en una suerte de socialpatriotismo, y para ello había que intentar pactar de alguna manera con el zarismo. En este sentido, esta postura podría recordarnos la de gran parte de la socialdemocracia occidental que se unió con los Gobiernos de sus países para el esfuerzo bélico, eso sí, generando importantes debates internos como en el caso alemán, y menores en Francia y Reino Unido.
Pero frente a la postura de un Plejánov, otro sector de la izquierda creía que, aunque se podía entender la necesidad de luchar para defender a Rusia del imperialismo alemán, no se podía olvidar la lucha contra el zarismo. Por fin, el socialismo más revolucionario, es decir, mencheviques, bolcheviques, los socialrevolucionarios y los anarquistas, rechazaron la guerra.
En el conocido Manifiesto de Zimmerwald de 1915 se criticó contundentemente el concepto de guerra para la defensa nacional, reforzando tanto el odio hacia la guerra como había actuado el internacionalismo socialista. Pero en la Conferencia que se celebró en la localidad de Zimmerwald, cerca de Berna, se enfrentaron dos posturas entre los socialistas más radicales asistentes. Lenin afirmó que la Segunda Internacional estaba muerta por su incapacidad para evitar la guerra. Por eso había que crear otra organización formada por los socialistas contrarios a la guerra y que convirtieran la contienda en una lucha internacional de clases. En todo caso, la mayoría de la Conferencia optó por otra postura. La misma, siendo contraria a la guerra, buscaba reconstituir la Segunda Internacional para trabajar por el establecimiento y mantenimiento de la paz.
Precisamente, en relación con la Guerra y lo que se discutió en Suiza, Lenin aportó una obra fundamental, El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). Lenin realizó una adaptación del marxismo a la realidad del momento histórico. Las ideas de Marx se habrían elaborado en unas circunstancias históricas concretas que eran las de la Europa occidental de la primera Revolución Industrial, donde eran más determinantes los aspectos industriales que los financieros en la economía. En la obra del imperialismo Lenin consideraba que el capitalismo había pasado de una etapa casi exclusivamente industrial a otra financiera, por lo que a la lucha de clases se habría añadido la lucha política entre los Estados por las materias primas, las colonias y el mercado. Si Marx había planteado las contradicciones del capitalismo en su época, Lenin lo hacía en la suya, en la del triunfo de la Segunda Revolución Industrial, la de la escala mundial. Por eso, pensó que debía modificar algunas de las teorías del primero.
La primera modificación tiene que ver con los protagonistas de la Revolución. Ya no serían los proletarios de la Europa occidental o del mundo rico los que portarían la bandera de la revolución porque habrían alcanzado un nivel de vida que les impedía llevar a cabo esa tarea. Si había un capitalismo podrido habría un socialismo podrido, de ahí las críticas a los socialistas alemanes y europeos, en general, por aceptar las reglas del juego del capitalismo y participar en las instituciones. El testigo de la Revolución pasaría al proletariado de los países atrasados. La Revolución ya no podría estallar en un país rico e industrializado como presuponía Marx, sino en un país pobre, en un país proletario en la división de países del mundo. Pero no sería un país paupérrimo, sino que tendría que tener algún grado de desarrollo industrial y, por lo tanto, contar con obreros. Ese país sería, sin lugar a dudas, Rusia, atrasada, pero con núcleos de fuerte desarrollo industrial.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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