Talleyrand. De camino a Brumario. VIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La empresa que se había propuesto Talleyrand de construir un triunvirato, no dejaba de ser peligrosa, porque las garras de los miembros del Directorio aún funcionaban. A demás, habían colocado como ministro de Policía a un hombre extremadamente peligroso: Joseph Fouché (1759-1820), oratoriano y profesor de matemáticas en su origen que, tras votar a favor de la muerte del rey, se había pasado al jacobinismo más radical. Como agente de la Convención y propagador fanático de su intento de descristianización, había decretado la muerte de casi 2.000 personas el Lyon en 1793, ganándose el nada honroso apodo de Mitrailleur de Lyon. Cierto que, con su falta de escrúpulos (es famosa la frase de Napoleón: “Si la traición tuviera un nombre, se llamaría Fouché”), se había apuntado, junto a muchos otros, al golpe de Termidor, pero su temperamento y habilidad como espía del poder (de cualquier poder) seguían incólumes. Se había puesto al servicio de Barras, si bien se decía que estaba empezando a virar hacia Napoleón, aunque los conspiradores no tenían ninguna seguridad, de que aquel feo diablo de lívida faz y ojos de pescado, no se hubiera olido algo de lo que se estaba cociendo y anduviera tras sus pasos, para hacer méritos ante el Gobierno, ciertamente tambaleante, pero aún en pie, del Directorio.
No cabía esperar más y el plan se puso en marcha. El principal problema era Barras, hasta hacia muy poco el “hombre fuerte” del Directorio. Para asegurar el golpe, cuando Talleyrand fue al palacio del Luxemburgo, para firmar su cese en el cargo ministerial, la mañana del 9 de noviembre de 1799 (18 de Brumario, año VIII de la República), llevaba, dicen, en el bolsillo, un par de pistolas y un millón de francos en papel bancario, para obtener la colaboración (o la no interferencia) de Barras en lo que iba a ocurrir. Puso en manos del mismo su carta de dimisión, para que este también la firmara, detalle que le iba a permitir dejar su cargo con honor. Y le recordó que Napoleón se había hecho cargo de facto de las tropas de la ciudad. Barras firmó y Charles Maurice le besó la mano, declarándole “el salvador de Francia”.
Aquel mismo día había sido convocado con carácter de urgencia el Consejo de los Ancianos, para tratar de una presunta conspiración de los jacobinos contra el Gobierno. El Consejo acordó trasladar ambas Cámaras a Saint-Cloud por motivos de seguridad y nombrar a Napoleón Bonaparte jefe de la fuerza pública, una decisión que legalmente correspondía al Directorio.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.