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Aquel abril en Guadalajara. Memoria de la proclamación de la II República 1931-2021


El alcalde de la conjunción republicano-socialista Marcelino Martín, rodeado de los concejales electos, posa en el Sotillo tras la celebración del 1º de mayo de 1931. Fila superior: Ricardo Calvo, Santiago Abad, Francisco López Moratilla, Santiago Alba  y Miguel Bargalló. Fila del centro  Felipe Gálvez,  Diego Bartolomé,  Marcelino Martín (alcalde) Antonio  Cañadas y Federico Ruiz. Fila inferior: Francisco Canalejas, Crispín Ortega,  Gervasio Gamo, Facundo Abad    y Vicente Pascual. Foto Copyright: Foto-Estudio José  Reyes El alcalde de la conjunción republicano-socialista Marcelino Martín, rodeado de los concejales electos, posa en el Sotillo tras la celebración del 1º de mayo de 1931. Fila superior: Ricardo Calvo, Santiago Abad, Francisco López Moratilla, Santiago Alba y Miguel Bargalló. Fila del centro Felipe Gálvez, Diego Bartolomé, Marcelino Martín (alcalde) Antonio Cañadas y Federico Ruiz. Fila inferior: Francisco Canalejas, Crispín Ortega, Gervasio Gamo, Facundo Abad y Vicente Pascual. Foto Copyright: Foto-Estudio José Reyes

La voluntad del pueblo se manifestó el pasado domingo de una manera aplastante

Flores y Abejas (19/4/1931)

Fue un día profundamente alegre (...), un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños.

Antonio Machado

A nuestra querida Emilia Cañadas, niña republicana aquel abril, presidenta hoy del Foro por la Memoria de Guadalajara, cuya sonrisa e ilusión siguen alumbrando el día.

Fue, como todos saben, un día de primavera, el 14 de abril de 1931 hace ahora 90 años. Fue una fecha muy singular en la historia de España. Caía un régimen político agotado, decadente y corrupto, abandonado incluso por aquellos que lo sostenían, y el pueblo llenaba las calles de forma masiva, ordenada y alegre, celebrando con esperanza e ilusión un nuevo día, una promesa hecha realidad y que llegaba con toda naturalidad, como si fuese lo más normal. El mundo entero asistió estupefacto a aquel espectáculo de civismo, ciudadanía y alegría colectiva. El viejo tocón milenario de España revivía con brotes jóvenes y hermosos que alumbraban al aire cuando ya no se les esperaba, como el poema de Walt Whitman dedicado a la República de 1874 había recordado en su día. La bandera tricolor de España, la de la nación española sin la intromisión de la dinastía, ondeaba en todo el país, desde Cataluña a Andalucía, desde Asturias a Canarias, desde el País Vasco a Andalucía. La bandera tricolor era acompañada por las otras banderas españolas; había sido una larga lucha compartida y se vivía un triunfo compartido. España se reconocía en su pluralidad, unida por la ilusión de una República que nacía del corazón del pueblo, limpia, pura, sin mácula alguna.

En Guadalajara no fue distinto. Las elecciones municipales se habían celebrado dos días antes. El Conde de Romanones, el ilustre prócer local cuyo poder e influencia en la provincia era enorme, había empleado su presencia en los gobiernos de la monarquía para extender su influencia cabildeando, colocando, haciendo favores y comprando el voto en las elecciones si era preciso, había acabado por encontrarse ante un gran problema que no podía remediar. La monarquía de la Restauración se basaba en el falseamiento de las elecciones, en el turno pactado entre dos grandes partidos, era la corrupción institucionalizada: pese a todo el país, gracias a una cierta estabilidad lograda desde 1876 y las libertades formales reconocidas en una Constitución donde la soberanía era compartida entre el Rey y la nación, se había transformado. Las ciudades prosperaban, la opinión publica nacía, periódicos, telégrafo, agencias de noticias, alfabetización, cierto desarrollo industrial, el cuerpo de la nación crecía y el traje ajustado de la Restauración estaba quedándose pequeño; la España urbana se modernizaba y se agudizaba el contraste con las zonas rurales o más alejadas. Un pueblo entero deseaba crecer, respirar, trabajo digno, participar. El movimiento obrero se desarrollaba y unas incipientes clases medias ilustradas y formadas en valores republicanos disputaban el espacio a los poderes tradicionales. Y en Guadalajara también.

Romanones, en cierto modo un liberal que había sabido vivir a caballo del viejo régimen y sus trucos caciquiles para lograr votos en las elecciones, en la diputación o en los ayuntamientos, cada día tenía más dificultades para lograr apoyo a sus candidatos. Los republicanos de Guadalajara le disputaban los votos en las elecciones desde hacía ya años y había tenido que emplearse a fondo contra ellos, pero le resultaba cada día más difícil; en paralelo a la cuestión política, en el mundo social, el movimiento obrero se extendía al campesinado y las secciones sindicales se multiplicaban, tanto las de UGT como las de CNT. Cuando Alfonso XIII y Primo de Rivera suspendieron la Constitución, lo que lograron fue desprestigiar todo el régimen y se enajenaron a muchos sectores sociales que pudieron haber seguido apoyando la monarquía si el Rey hubiera tenido la generosidad y las luces para seguir otro camino. No lo hizo, y a sus inmoralidades sumó errores que le llevaron al total descrédito. Agotada la llamada “dictablanda”, el Rey nombró al general Berenguer presidente del gobierno y su pretensión era hacer lo que fuese preciso para intentar que todo siguiera igual que antes de la suspensión de la constitución de 1876. Ortega y Gasset llamó a aquel intento tan imposible como fallido, “El error Berenguer” en un artículo de prensa que reflejó a la perfección el sentir dominante en la nación. Ante la imposibilidad de seguir por esa senda, Berenguer dimite y el Rey nombra un nuevo presidente del consejo de ministros, el Almirante Aznar, con el cometido de ganar tiempo hasta que se pudieran convocar nuevas elecciones generales. De Aznar se dijo que geográficamente procedía de Cartagena y políticamente de la Luna, y desconectado como estaba de lo que se sentía en la calle, decidió convocar unas elecciones municipales en la convicción de que el viejo aparato caciquil del régimen aseguraría el triunfo a los candidatos monárquicos. Vana ilusión.

Romanones y sus candidatos en Guadalajara no lo tenían fácil, a ese descrédito de una Monarquía que dejó a España sin Constitución, suspendida ilegalmente, se sumaba el malestar social en la ciudad. La fábrica de motores y aviones, la Hispano Suiza, la joya de Guadalajara que Romanones había logrado atraer en su día a la capital alcarreña, arrastraba una larga crisis y el empleo estaba amenazado. Pero sobre todo se enfrentaban a una coalición de los socialistas con los republicanos, trabajo organizado y sociedad civil democrática, siguiendo el modelo coetáneo de la Tercera República Francesa y el ejemplo de éxito de anteriores elecciones a Cortes, una unidad que sería determinante.

En Guadalajara, el catedrático de Física y Química del Instituto, D. Marcelino Martin, era la cabeza visible de la muy activa agrupación socialista, cuya Casa del Pueblo era centro de una activa vida cultural, deportiva y sindical. Por parte republicana, el abogado Serrano Batanero, de Cifuentes, conocedor a la perfección de las necesidades de la provincia, alguien que conocía a las personas pueblo a pueblo, había logrado unir a todas las tendencias republicanas que eran en realidad la expresión de un sentimiento ilustrado, fraterno y patriótico entre una parte cada día más importante de las clases medias, empleados, funcionarios, maestros, profesiones liberales. No había en realidad enfrentamientos en la ciudad, los conservadores y monárquicos, con el peso de los sectores católicos, lo que estaban era desconcertados tras los virajes del Rey y el desfondamiento del régimen constitucional de 1876. Había inseguridad e incertidumbre en aquella Guadalajara, pero no miedo y lo que se abrió paso al final fue la esperanza.

Y la esperanza llenó de votos las urnas aquel día 12 de abril.

Con los recuentos y resultados primeros se vio un resultado inesperado. En ciudades importantes, en comarcas decisivas, en múltiples lugares considerados feudos tradicionales de la derecha monárquica, las candidaturas republicano-socialistas ganaban.

El gobierno quedó estupefacto con las noticias que llegaban al despacho del ministerio de la Gobernación en la puerta del Sol. Barcelona, perdida, Sevilla, Bilbao y Madrid, por todas partes. Habían planteado las elecciones para ganar tiempo y se encontraban con una derrota catastrófica. La coalición ganadora, la alianza republicano-socialista, tenía un comité permanente, habían planteado las elecciones como un plebiscito y acudieron a las elecciones con un discurso claro y explícito. Y habían ganado. Tan claro fue el resultado, que el Rey y su gobierno entendieron perfectamente el mensaje. Solo cabía mantenerse por la fuerza, pero el Rey no encontró los apoyos para seguir ese camino y comprendió que no tenía mas remedio que marcharse.

El gran temor era el vacío de poder, pero no lo hubo, pues con un gran sentido de la responsabilidad y un sentido de estado a la altura del momento, el comité republicano se erigió en gobierno provisional; Maura, Azaña y Alcalá Zamora marcharon a pie entre la multitud hasta la Puerta del Sol y al llegar ante la guardia del Ministerio de la Gobernación, allí, con toda naturalidad y con firmeza, pidieron se abriera paso al gobierno provisional de la República, las puertas se abrieron y ya el en el despacho del ministro, donde los telegramas que anunciaban que multitud de ayuntamientos electos izaban la bandera tricolor de la España que asumía su destino en sus propias manos, anunciaron que España tenía gobierno y que la República garantizaría la libertad de todos. Salieron al balcón e izaron la bandera ante una multitud entusiasmada, donde solo había sorpresa, alegría y un sentimiento de fraternidad que llevaba a abrazarse entre lágrimas y canciones.

El día 14 de abril en Guadalajara.

En Guadalajara el día 14 amaneció con la noticia del resultado tras acabarse el escrutinio local. La candidatura republicano-socialista había más que duplicado en concejales a la conservadora monárquica. Queden los nombres para la historia.

Fueron electos 14 concejales republicanos (6) y socialistas (8): Marcelino Martin, Diego de Bartolomé, Antonio Cañadas, Felipe Gálvez, Federico Ruíz, Rafael Alba, Eladio Mauricio, Facundo Abad, Gervasio Gamo, Crispín Ortega, Ricardo Calvo, Miguel Bargalló, Francisco Canalejas y Saturnino Pedroviejo.

Los concejales electos conservadores y monárquicos fueron 6: Daniel Carretero, Rafael González, Juan Gallo, Eugenio Gil Lamparero, Antonio del Vado y Francisco López Moratilla.

Eran todos hombres. Habría que esperar seis años a que las primeras mujeres fueran electas como regidoras, ya en 1937. Pero en aquellos días de abril, como en los años inmediatos anteriores, las mujeres estaban en todas partes, en primera fila, haciendo que todo aquello fuera posible.

Ante tal resultado, quedaría acreditado el impacto emocional sufrido por el Conde de Romanones, quien al comprobar que en su feudo tradicional quedaba laminado él mismo, comprendió que la suerte sufrida por los monárquicos en toda España iba a seguir el mismo destino.

La mañana del 14 quedó llena de expectación, reuniones, corrillos y llamadas. En Eibar, reunidos los concejales electos en pleno municipal el día 13 habían proclamado la República, siendo los primeros en alzar la Tricolor y comunicarlo a España entera. De muchos otros ayuntamientos llegaba la misma nueva. En Guadalajara, como siempre, las miradas se centraron en Madrid. ¿Qué está pasando en Madrid?

II

A las cuatro de la tarde, Unión Radio informaba oficialmente de que la bandera tricolor de España ondeaba en el Ministerio de la Gobernación en la Puerta del Sol y en el Palacio de Telecomunicaciones en Cibeles y que el gobierno provisional de la República llamaba a la tranquilidad de todos.

Ante tales noticias, el comité republicano de Guadalajara, reunido de forma permanente en la Casa del Pueblo, salió a la calle y bajó desde la Plaza de Marlasca (hoy Santo Domingo) por la calle Mayor hasta la Plaza del Ayuntamiento (entonces Plaza Mayor). El ambiente era festivo y expectante, bajaron con banderas tricolores y guiones de los sindicatos, con el comité abriendo la marcha. La plaza se llenó rápidamente.

En el ayuntamiento, el alcalde D. Francisco de Paula Barrera, se comportó de forma correctísima. Los candidatos electos fueron recibidos en el despacho del alcalde al que expusieron educadamente que conocida la proclamación de la República, procedía el izado de la bandera tricolor en el balcón del Ayuntamiento.

El sr. De Paula Barrera explicó que sin ordenes expresas del gobierno no podía admitir tal acción de buen grado. Los concejales electos le rogaron cediera al acto simbólico del izado de la bandera de la República pues tal había sido la voluntad expresada por el pueblo y el caso es que minutos después, sin mayor problema, en el balcón ondeó al viento la bandera tricolor. Barrera era abogado y periodista y del partido de Maura —quien en 1931 era parte de la alianza republicana—, Cuando había sido nombrado por el gobierno como alcalde en 1930, había coincidido con el sr . Fluiters en una visión crítica de la dictadura de Primo de Rivera y su grupo Unión Patriótica que le había ayudado a sostener el régimen en los años con la constitución suspendida. Esta visión, conservadora, sin duda, pero moderada y constructiva en esas horas del sr. De Paula Barrera, unida al civismo de los concejales republicano socialistas, facilitaron el momento.

Marcelino Martin y otros concejales se dirigieron a la multitud desde el balcón del ayuntamiento. Martín comunicó que la República había sido proclamada y llamó a todos a conducirse con respeto y mesura. Entre las aclamaciones que siguieron, se alzó la voz del concejal Jorge Moya. Recordó a todos el sacrificio de los capitanes Galán y García Hernández y glosó sus figuras, pidiendo en aquellos momentos de triunfo y alegría un minuto de silencio en su memoria. La multitud guardó respetuoso silencio, pasado el minuto sonaron el Himno de Riego y la Marsellesa socialista tocados por la banda de la Casa del Pueblo y cantados con gran emoción por la mayoría de los presentes. Acabado el acto, en el ayuntamiento, se acordó proceder al traspaso de poderes lo antes posible, disponiéndose la formación de la nueva corporación municipal cuatro días después, el día 18 de abril.

El día 15 de abril

El gobierno provisional ya gobernaba. El gobernado civil saliente Sr. Goyanes recibió su destitución y se nombró como gobernador interino al Presidente de la Audiencia Provincial el magistrado D. Napoleón Ruíz Falcó, en tanto llegase el nuevo, el periodista sevillano Sr. D. González Taltabull.

Se declaró festiva la jornada y el cierre de fábricas, escuelas y comercios. En la mañana la gente ya llenaba las calles. Los obreros de la fábrica de motores y aviones Hispano-Suiza salieron del barrio de la estación y subieron la calle Mayor hasta la Casa del Pueblo donde ya se concentraban muchas personas. Era una curiosa mezcla. Los obreros, organizados por sus secciones sindicales con sus guiones rojos, vestidos con sus ropas de domingo, mezclados con los empleados de comercio, los obreros urbanos, los funcionarios, los maestros, los profesores del instituto, los burgueses republicanos, abogados, médicos, los estudiantes y por todas partes los jóvenes y las muchachas, las familias con los niños, las pequeñas con lacitos en el pelo, una multitud unida, que era ahora pueblo.

Salió el comité republicano, ahora concejales del ayuntamiento, y marcharon juntos abriendo el paso por la Carrera abajo, la calle que marcaba la antigua muralla de la ciudad, lindera con el Parque de la Concordia, y que bajaba hacia la plaza de Bejanque donde estaban los restos del viejo Torreón y la Puerta de la ciudad. Tras los concejales iban los obreros, con sus gorras y sus chaquetas y pañuelos de domingo, marchando por oficios en grupos nutridos, con los tipógrafos socialistas los primeros, orgullosos de su Guadalajara que viera formada la primera agrupación del PSOE en toda España. Pero junto a los obreros, fueran de la UGT o de la CNT, marchaban una multitud muy plural y eso era lo nuevo y hermoso, era un día para todos, pues la República era una promesa incluyente, la de una patria española compartida. Aquellos árboles de la libertad plantados hacía ya dos generaciones habían dado fruto.

Se sumaban a la manifestación grupos venidos en coche de otros pueblos de la provincia, engrosando la multitud y llenando con sus banderas y guiones el aire. De Fontanar vino la agrupación republicana Galán y García Hernández. La marcha era alegre, no era compacta, sino similar a un paseo del pueblo por una ancha avenida un día de primavera. Algunas muchachas, cogidas entre sí del brazo como hacen las adolescentes, portaban sus mejores galas con escarapelas prendidas en el pecho o con gorros frigios. Y banderas muchas banderas. Varias bandas de música (la de la diputación, la de la Casa del Pueblo, la del Ateneo Instructivo del obrero) acompañaban el paso poniendo música al aire de la mañana.

La marcha siguió por Ingeniero Mariño —Mariño había sido un ingeniero de la diputación que junto a mi pariente el Dr. Julio Freijanes, director provincial de Sanidad, había diseñado el tendido de agua corriente a toda la ciudad unos años atrás—, y tras dar toda la vuelta volvió a subir por la calle Mayor hasta de nuevo la plaza de Marlasca (San Ginés), donde desde el balcon de la Casa del Pueblo, los concejales Cañadas, Vera, Gálvez y Ramos se dirigieron a la multitud cerrando la marcha. Este sería el mismo itinerario seguido por el camión que paseó a los presos detenidos en Alicante en 1939 y traídos desde el campo de concentración de Albatera, que como si fuera un auto de fe de la Inquisición, los expuso al escarnio público, infamándoles así, antes de pasar por el tribunal militar faccioso que los condenaría a muerte.

Pero aquel día, el mañana no estaba escrito y tras recogerse a comer y descansar, en la tarde la ciudadanía tuvo una nueva cita en la Plaza de la Concordia. La banda de música de la diputación ofreció un concierto con música española popular, la Marsellesa socialista y el Himno de Riego, rescatado como Himno Nacional, algo que tal vez alguno de los presentes recordara, era guiño histórico de justicia a los liberales José Marlasca y Julián Antonio Moreno, asesinados en Guadalajara por los realistas en 1823, pues en los años del trienio liberal, la canción de marcha de la columna del general Riego había sido ya himno nacional.

Pasaron los días

El nuevo ayuntamiento se formó el día 18. El alcalde saliente cedió la vara de mando. Se sometió a votación el puesto de Alcalde.Presidente de la Corporación Municipal de Guadalajara, siendo elegido el catedrático de Física y Química del instituto, Sr. D. Marcelino Martín.

En sus palabras al recibir la vara de alcalde, Martín, muy consciente de que Guadalajara había sido ciudad comunera en 1520, dirá: Los Comuneros de Castilla fueron los primeros en luchar contra el poder absolutista de los reyes (...) hoy habéis derribado [la monarquía] con vuestros votos. [...] Soy alcalde del Pueblo, los otros lo eran del Rey.

Y así sería. Marcelino Martín, haciendo coherencia con su afirmación de que se debía por encima a la Justicia y a la voluntad del pueblo, llevó su compromiso hasta el final de sus días. La tarea ante él y su generación era inmensa, se entregaron en cuerpo y alma a la tarea de consolidar la República, cuyo éxito sería el de lograr que el libre juego y ejercicio de la democracia marcasen el devenir de la Nación. Romanones en los años siguientes respondió participando con las nuevas reglas constitucionales y dando batalla política, pero ese ejercicio era parte del juego democrático y a la postre contribuía a normalizar las cosas. Y surgieron otras voces, que dejaron atrás a Romanones al que tildaban de liberal, que lo que temían no era el fracaso, sino la consolidación de la joven república, pero la intensidad de la emoción y sentir democrático que el pueblo español mostró aquellos días de abril, la sinceridad y hermandad mostrada en las calles de Guadalajara por su ciudadanía fueron tales que no sería nada fácil la tarea de acabar con aquella esperanza. Aquellos días de abril quedarían para siempre en la memoria colectiva como ejemplo de lo que los españoles llevaban en el corazón.

Antonio Machado, quien estuvo entre quienes alzaron la bandera en el ayuntamiento de Segovia aquel día 14 de abril de 1931, lo resumió así: Fue un día profundamente alegre —muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños.

Y así fueron aquellos días de abril en Guadalajara en 1931, en el que un pueblo, al decir del semanario Flores y Abejas (19/4/1931) se había comportado con sensatez, cordura y patriotismo, como lo había hecho en toda España. El futuro aparecía lleno de esperanza. ¿Qué podría salir mal?

Foro por la Memoria de Guadalajara.