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EL PERIÓDICO
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Actuación de la Reina Victoria Eugenia en la lucha contra la tuberculosis


Victoria Eugenia con mantilla, por Joaquín Sorolla. / Wikipedia. Victoria Eugenia con mantilla, por Joaquín Sorolla. / Wikipedia.

En 1895, se celebró en París el Primer Congreso Internacional contra la tuberculosis, poco después del descubrimiento del agente microbiano responsable de la terrible “peste blanca”, que segaba vidas desde hacia mucho tiempo, desde las familias reales hasta las humildes casas de labradores.

En dicha reunión científica, se acordó sistematizar la lucha médico-social correspondiente por parte de todos los países participantes. El representante español fue el doctor Espina, médico del Hospital Provincial de Madrid, que firmó las conclusiones del Congreso y sus acuerdos. Sin embargo, los tiempos de inquietudes políticas agravados por las guerras de Cuba, Puerto y Filipinas, supusieron una serie de medidas gubernamentales que impusieron restricciones económicas. Ello supuso un serio impedimento para crear nuevos organismos como aquellos especializados en esa terrible enfermedad. Por ello, las iniciativas de los sanitarios españoles pretendiendo dar cumplimiento a los acuerdos del I Congreso Internacional contra la tuberculosis no tuvieron respaldo económico del Estado, hasta que el 6 de febrero de 1906 el liberal conde de Romanones, ministro de Gobernación, sometió a la firma del rey Alfonso XIII un Real Decreto por el que se creaba la Liga Popular Antituberculosa.

A partir de entonces emergió un grupo de médicos liderados por el doctor Espina -Verdes Montenegro, Codina, Hergueta, Mariani, Gimeno- que realizaron intensas campañas en las que defendieron la fundación de dispensarios y sanatorios en los que descubrir casos incipientes y facilitar cura de aire y de reposo a los tísicos avanzados. Pero este grupo se desanimó y desalentó al observar que los poderes públicos -locales, regionales, estatales- no dejaban de concebir grandes esperanzas respecto a la consecución de sus ideales pero no prestaban suficiente dinero.

Cuando los sanitarios tisiólogos se encontraban más desorientados, la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, se dio cuenta de la enorme gravedad humana que significa no dar cumplimiento a lo firmado por España. En 1912, ella -junto a su marido- asistió al II Congreso Internacional contra la tuberculosis que se celebró en el sanatorio de Nuestra Señora de las Mercedes, construido en el monte Ametzagaña del barrio de Loyola, en San Sebastián, tomando conciencia del problema. Allí escuchó al representante uruguayo defender la idea de realizar una cuestión pública para conseguir fondos, conocida como la fiesta de la Flor. A partir de entonces, y asesorada por su suegra la reina María Cristina, creó un comité para organizar ese tipo colectas públicas como la citada celebración. La Fiesta de la Flor se celebró el 21 de diciembre de 1913, con el apoyo del alcalde de San Sebastián José Elósegui, siendo la primera en organizarse en toda España, imitándola al año siguiente Madrid y Bilbao.

En la capital, se levantaron altares artísticos en todos los distritos y en las calles inmediatas que comprendían el radio de acción de cada uno de ellos, chicas jóvenes vestidas con trajes de tonos claros se acercaban a los transeúntes en demanda de donativos para los enfermos pobres y la dotación de los sanatorios antituberculosos. Muchas de ellas estaban ataviadas con mantillas blancas y negras, de blonda o de madroños, para destacarse de la gente y llamar la atención. En los barrios populares también se organizaron altares y mesas muy decoradas, las muchachas lucieron vistosos mantones de Manila, de largos flecos y bordados de colores.

Y así, poco a poco, con el patronazgo de la reina, se fueron celebrando en todo el país, de manera que el apoyo de Victoria Eugenia motivó a las clases altas a participar en su organización y donaciones, al tiempo que se recogían los donativos de personas de clase media y popular. Por ejemplo, en 1916 se realizó la primera fiesta de la Flor en Sevilla, participando en su organización participó el gobierno civil, destacando la generosidad del farmacéutico Escolar que, con el apoyo de los doctores Ríos Sarmiento y Centeno, lograron instalar un dispensario modesto pero especializado.

La esposa del rey también impulsó y apoyó la creación en Madrid de los dispensarios públicos de María Cristina, en la calle de Goya; Príncipe Alfonso, en el paseo Imperial, y Victoria Eugenia, en la calle del Tutor. Este último, que llevaba su nombre, fue visitado por la reina con mucha frecuencia, alentando a sus directores -los doctores Espina, Iglesias y Palacios Olmedo- así como a sus primeros jefes de servicio en su importante labor sanitaria. Las colonias marítimas, la fundación de los sanatorios de Humera y Valdelatas, así como la enfermería de tuberculosos avanzados del Hospital del Rey, fueron consecuencia también del impulso regio. Se trató no sólo de conseguir fondos sino de concienciar a la sociedad española de la importancia de su contribución al esfuerzo de la lucha antituberculosa.

Victoria Eugenia también se interesó por el impulso y patronazgo de otras obras de asistencia social como la fundación del Instituto de Reeducación para los Inválidos, de la guerra y del trabajo; la Acción Católica de la Mujer; los Talleres del Trabajo de la Mujer, las Casas-Cuna, las Juntas de Protección a la Infancia y otros centros que recibieron su constante apoyo. En muchas ocasiones llevó con sus propias manos el socorro al lugar donde era necesario, pues la reina recibió numerosos donativos de entidades y personas privadas para finalidades sociales. Sus actividades caritativas no fueron el ejercicio representativo de su rango en reuniones y asambleas, sino una activa e inteligente promoción de iniciativas, un serio trabajo de una reina sensible a las necesidades de su pueblo, a quien siempre quiso agradar.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.