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EL PERIÓDICO
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La conquista del oeste norteamericano


A comienzos del siglo XIX, los Estados Unidos todavía sufrían tres frenos principales que impedían una rápida industrialización: el dominio económico de la antigua metrópoli, la escasez de mano de obra cualificada y la ausencia de vías de comunicación. Gran Bretaña se había esforzado por limitar el desarrollo manufacturero de sus colonias de Nueva Inglaterra, con el objeto de mantener estos territorios como abastecedores de materias primas. Con la independencia desapareció este freno, pero durante varias décadas la joven nación no estuvo en condiciones de competir con los artículos de su antigua metrópoli. Los impedimentos se fueron venciendo con el incremento de población y la llegada de mano de obra experimentada europea, bien entrado ya el siglo XIX, cuando una política gubernamental enérgica decidió favorecer el avance de las comunicaciones.

Los Estados Unidos, hacia 1790, tenían un población de cuatro millones de habitantes, pero cuarenta años después alcanzaron ya los trece millones. Fue un acontecimiento beneficioso que su constitución como solar nacional coincidiera con la revolución demográfica europea, pues los excedentes poblacionales del Viejo Mundo comenzaron a llegar a su territorio. Los cambios demográficos europeos y la revolución industrial británica viabilizaron este vertiginoso despliegue por un continente aparentemente semivacío. Sin embargo, la contrapartida de este fuerte incremento de población fue el genocidio de los pueblos nativos -las naciones indias- que vieron masacrada su población por los avances coloniales desde el este. Esta población original del continente americano jamás se volvió a recuperar. En cambio, la población descendiente de los esclavos africanos, pese a sus malas condiciones de vida en los Estados del Sur, no dejó de progresar.

La corriente inmigratoria europea matriz se inició en 1840. En veinte años la población pasó de 17 millones de habitantes a 32. La mayoría de los inmigrantes eran británicos, presbiterianos del Ulster, católicos irlandeses e ingleses y algunos alemanes luteranos. Si bien eran personas pobres, su audacia les llevó a la conquista de las nuevas tierras hacia el Oeste. La mayoría eran jóvenes y prolíficos, estaban acostumbrados a vivir en el campo o en pequeños núcleos de población y se acomodaron con facilidad a la vida rural en las nuevas tierras. Algunos se quedaron en la costa de Nueva Inglaterra y otras comarcas del Este, donde las ciudades crecieron de forma sorprendente. Para los Estados Unidos constituyó una fortuna la franca asimilación de estos dos núcleos de nuevos habitantes: campesinos duros y audaces pioneros, buscadores de nuevos horizontes, en el Oeste; comerciantes y hombres de negocios en el Este. Se constituyó remisamente en Norteamérica una sociedad original, con algunas élites aristocráticas en el Sur, pero mayoritariamente burguesa y campesina.

No obstante, la extensión de la soberanía americana hacia el Oeste no obedeció a un plan preconcebido. La expansión territorial se efectuó mediante diversos procedimientos, como la compra. Tal fue el caso de La Luisiana (1803)- o la conquista disfrazada posteriormente de una adquisición obligada, sistema que fue esgrimido en la anexión de la Florida española, ocupada en una campaña y disimulada con la entrega de cinco millones de dólares al gobierno de Madrid en 1819. Veinte años más tarde, Washington adquirió Fort Ross, en la costa californiana, al Imperio ruso por esta fórmula. Otra fórmula fue la guerra, más conocida en la Historia. El ejemplo más claro fue la conquista de Texas. Territorio codiciado por los plantadores sudistas, a la búsqueda de nuevas tierras algodoneras, se provocó una lenta colonización por población anglosajona en amplias zonas de este territorio mexicano. Cuando en 1835 solicitó su incorporación a la Unión, el presidente Jackson decidió no admitir estas pretensiones de los colonos. Así, se dejó patente los temores de los estados norteños a admitir a un estado esclavista de enormes proporciones y magnitud. Diez años después, un presidente sudista –Polk- pensó no sólo en Texas sino también en integrar a California, con el objeto de llegar hasta las costas del Pacífico. Esta expansión de los territorios del Sur provocó la guerra con México. Con este fin, un ejército al mando del general Taylor venció a los mexicanos en Angostura, Churubasco y, finalmente, Chapultepec. W. Scott ocupó la ciudad de México en 1847. Por el tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848), el Ejecutivo mexicano se vio obligado a reconocer su derrota militar, cediendo Texas, la parte continental de California y Nuevo México a su rival. Y, finalmente, el tercer método fue el poblamiento, al existir zonas semivacías, muchas de ellas ocupadas por población india a la que se expulsó. Se convirtieron en nuevos estados con la llegada de colonos, aunque esta expansión produjo las llamadas “guerras indias”. Tras su establecimiento y reparto de tierras, los pioneros se constituyeron en estado, solicitando su integración en la Unión, como así hizo Oregón en 1859.

La llegada de colonos en el Oeste estuvo avivada por los descubrimientos de riquezas -sobre todo por las grandes praderas, las minas- y el rumor de la existencia de oro y piedras preciosas, las cuales provocaron verdaderas oleadas humanas y el nacimiento de poblados mineros en pocas semanas. Pero la penetración no hubiera podido ser tan rápida sin el ferrocarril, compañero habitual de los pioneros. La marcha hacia el Oeste fue un acontecimiento primordial en la génesis de la nacionalidad estadounidense. La existencia de tierras libre potenció el colosal individualismo, la fe en la propia capacidad y la defensa de un ideal político democrático, que caracterizaron a los Estados Unidos. A la vez fue una válvula de escape para las tensiones sociales y el excedente de población, con lo que se evitaron los conflictos laborales que sufrieron los reinos europeos en ese mismo tiempo. Poco a poco, los nuevos estados se especializaron en la producción agropecuaria y minera, paralelamente al nacimiento de un lento proceso de industrialización.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.