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EL PERIÓDICO
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Unamuno y la renovación cultural católica a principios del siglo XX


A comienzos del siglo XX, la intelectualidad española continuaba estando muy influenciada por el krausismo, movimiento filosófico que, si bien adoptó un universo moral cristiano, lo vacío de todo tipo de dogmas. Para Krause y Renan, Jesucristo había sido un líder religioso decisivo en la historia del ser humano, pero no había sido nunca Dios. Por lo tanto, lo importante era su enseñanza y ejemplo moral, legado por el transcurrir de los siglos. Lógicamente, desde el campo católico esta idea krausista tuvo su réplica teológica, argumentando que, evidentemente, el sueño de la razón generaba monstruos, como había dibujado Francisco de Goya. Cristo era hijo del hombre e hijo de Dios.

En todo caso, esta polémica fue un buen ejemplo de la lucha cultural que existía en numerosos países europeos, incluida España, ante la consolidación del Estado nacional liberal. Los intelectuales ligados a esa triunfante modernidad se atrevieron a plantear el desmantelamiento de todo tipo de creencias y valores tradicionales, entre ellos la presencia y persistencia de la religión en la cultura, la ciencia y la vida cotidiana. Sin embargo, esa brillante civilización europea moderna entró en una profunda crisis a comienzos del siglo XX y, de forma definitiva, con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. Fruto de la misma fue la reproducción del hombre-masa, carente de proyecto y de horizonte vital ante el aparente fracaso de esa sociedad europea que se había suicidado en la plenitud de su poder e influencia mundial. Ese ser humano-masa fue retratado por el filósofo José Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las masas (1930) en medio de un contexto caracterizado por la aparición de los profetas de las nuevas religiones políticas (comunismo, fascismo, nazismo).

Sus líderes intentaron convencer a la Humanidad que era Dios y que, por lo tanto, ella misma tenía la capacidad de salvarse a sí misma tras el caos de la crisis económica de 1929 y de los sistemas parlamentarios. Apelaron tanto al sentimiento como a la ciencia para armar sus argumentos. Junto a estas visiones paganas de la política, paradójicamente, aumentaron en la sociedades europeas y americanas los seguidores del hermetismo, el ocultismo, el espiritismo y la teosofía.

Algunos intelectuales católicos decidieron dar una respuesta ante la crisis de la modernidad, pues, en su opinión, la Iglesia podía ser una fragua en la que forjar los argumentos más punzantes para acometer los nuevos desafíos del siglo XX. Denunciaron los intentos de convertir al hombre en un monstruo o un superhombre, afirmando la validez del dogma, proponiendo la reforma de la misma pero no su negación como hacían los krausistas. En España, destacó una figura, que se inserta en la renovación cultural católica: el escritor Miguel de Unamuno (1864-1936), principal vocero de la fe cristiana en la Edad de Plata de la cultura española, el cual manifestó a las claras su querencia hacia el cristianismo. A través de sus escritos quiso mantener la esperanza y hacer partícipes a sus lectores de la buena noticia de los Evangelios. Realizó un “viaje interior” en su madurez que le condujo a la defensa del patrimonio cultural y espiritual español, frente a las influencias francesas y europeístas. Y en ese amor hacia lo español y castizo, fustigó a sus conciudadanos por sus carencias espirituales que se manifestaban en los llamados “vicios nacionales”: envidia, pereza mental, clericalismo o ateísmo obtusos.

Unamuno, desde una etapa de acercamiento al socialismo y el progresismo pasó, tras su crisis religiosa de 1897, a rechazarlos, sin por ello llegar al tradicionalismo. Frente a la mitificación exagerada de la ciencia defendió el valor de la sabiduría, cuyo objeto debía ser la muerte, pues había que saber morir y buscar los medios para hacerlo. Y en este arte de buen morir -de proporcionar sentido a nuestras vidas esencialmente- revalorizó a los místicos españoles de los siglos de Oro. En su opinión, la regeneración de la sociedad no debía pasar por modificar solo los factores de producción, sino que resultaba preciso atender a una concepción espiritual y cordial que tuviera en cuenta el factor religioso, como se aprecia en su obra El Cristo de Velázquez (1920).

Tuvo una relación epistolar con Unamuno otro escritor que se inserta en esa renovación católica: Joan Maragall (1860-1911). Defensor, frente al nacionalismo catalán, de la voluntad de hermanamiento, cabe destacar su sed de Dios, de avidez de absoluto. A través de sus escritos, abanderó un catolicismo más vitalista, un optimismo existencial cuya mejor muestra fue su Elogio del vivir (1911). En su opinión, la salud de la sociedad no residía sino en la familia y en cada persona. Lo que verdaderamente importaba era la lucha moral de cada individuo, el cultivo de la libertad interior y la responsabilidad que llevaba aparejada. Pero si no se educaba bien antes a cada persona, si no se lograba dilatar su espíritu para que pudiera acoger un sistema político más igualitario, todo cambio sería artificial, automático, visto por los ciudadanos como algo impuesto desde el exterior, y condenado a morir por ello. La educación era la base de todo desarrollo espiritual.

Maragall se atrevió a poner en tela de juicio ciertas afirmaciones de los historiadores, al negar la existencia de una Cristiandad en la historia de Europa, pese a la conocida definición de la Edad Media occidental como tal, puesto que, en su opinión, durante esa época había habido demasiada violencia y desigualdad como para definirla así. Lo que había habido en los siglos medievales era una Iglesia peregrinante, una comunidad de creyentes, santos y pecadores.

Sin embargo, fue mucho más conocida la petición de este poeta español a los católicos para que jamás cerraran sus puertas, su ayuda a los pobres, retornando a los principios y formas de la Iglesia primitiva. Una comunidad de creyentes perseguida por el poder político pero libre, solidaria y ardiente de amor, que era lo que realmente debía importar a un católico. Ya lo había dicho San Agustín: "ama y haz lo que quieras".

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.