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Factores desencadenantes del anticlericalismo en la edad contemporánea


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

El anticlericalismo surgió desde los mismos inicios del desarrollo de un clero cristiano organizado y definido jerárquicamente en la Edad Media. Sobrevivió durante la Edad Moderna y en los albores de la Edad Contemporánea, los revolucionarios franceses de 1789 lo consideraron una actitud ideológica que -dentro de su cosmovisión particular- definía a la Iglesia católica como el principal representante del Antiguo Régimen, al que se pretendía derribar, y, por ello, resultaba ser el principal enemigo de ese paraíso laico llamado Modernidad, meta de sus aspiraciones políticas.

Paralelamente, a partir del Renacimiento europeo, surgió un proceso de secularización, por el cual sus partidarios creyeron que los diversos ámbitos de la vida humana o su totalidad debían dejar de estar determinados por el hecho religioso. A partir del siglo XVIII, toda ideología que se consideró “modernizadora” (Ilustración, liberalismo, anarquismo, socialismo…) defendió una política secularizadora en mayor o menor medida, en algunos aspectos o en todos los posibles, utilizando herramientas de todo tipo para lograr su objetivo.

Cuando algunos pensadores pusieron esa secularización al servicio del anticlericalismo saltaron las alarmas en la Iglesia católica, que aumentaron cuando la revolución liberal ambicionó lograr otro objetivo: el Estado laico que excluiría a la Iglesia de absolutamente todas las cuestiones sociopolíticas. Eso significaba la expulsión de los católicos de la vida pública, lo que motivó su reacción en contra.

Los revolucionarios del siglo XIX y XX vieron en el Estado uno de los instrumentos ideales para llevar a cabo la tarea de secularizar conciencias, de ahí su interés por su conquista y nueva estructuración. De esa manera se produjeron conflictos decisivos para entender la Edad Contemporánea, cuando el límite entre lo público y lo privado se difuminó a la hora de secularizar.

Entre los factores desencadenantes del anticlericalismo los historiadores, además de las circunstancias ideológicas anteriormente citadas, han apuntado a las tradicionales luchas por el poder político y el control social. Indudablemente, la retórica anticlerical buscó los errores del contrario, de tal manera, que en sus denuncias contra el clero hubo una variada mezcla de verdades, tópicos y exageraciones.

Tras una primera mitad del siglo XIX con intensas luchas entre revolucionarios liberales y católicos, la resistencia de estos últimos, si bien no pudo impedir el triunfo del Estado liberal, hizo que sus constructores -en algunos casos- aceptaran ciertos acuerdos con la Iglesia. De esta manera, la adaptación final del catolicismo en ciertos países liberales (España, Portugal, Italia, zonas del Imperio Alemán, Bélgica, las repúblicas hispanoamericanas…) hizo que la oposición política a esos regímenes (anarquistas, comunistas…) considerase a la Iglesia como parte de los mismos a comienzos del siglo XX. Los nuevos revolucionarios no perdonaron su adaptación, el paternalismo de sus instituciones, la creación de un sindicalismo católico -considerado un rival importante-, el crecimiento de su red de colegios e instituciones educativas… definiendo a los católicos, finalmente, como aliados del capitalismo liberal.

Por ello, en la primera década del siglo XX, el anticlericalismo continuó siendo un punto de los programas revolucionarios o de aquellos partidarios de evolucionar desde el liberalismo a la democracia parlamentaria. Se mantuvo el debate sobre eliminar la confesionalidad del Estado o la misma Iglesia como institución de derecho público. Los medios que los anticlericales utilizaron para la lucha fueron, en primer lugar, la prensa, además de asociaciones como los círculos de librepensamiento, la divulgación de filosofías ligadas al materialismo científico como el positivismo, el darwinismo, el materialismo histórico… Más adelante, utilizaron los instrumentos derivados de la conquista del poder estatal.

El estallido de nuevas revoluciones políticas y sociales (Rusia y México en 1917; España en 1936; China a partir de 1949) desencadenó una nueva oleada de anticlericalismo violento, llegando a la persecución y muerte de miembros del clero y creyentes no sólo católicos sino también de otras ramas del cristianismo. La secularización en esos países fue un pretexto de los grupos revolucionarios para negar a la Iglesia toda actividad pública y orientación de las conciencias. Nuevos intelectuales secularizadores intentaron, con su explicación total de la vida y el apoyo del Estado, sustituir a los sacerdotes como intermediarios entre la verdad y los seres humanos. Sin embargo, la Iglesia católica no se manifestó dispuesta a ceder una primacía doctrinal que sostenía la convicción de poseer la verdad.

Junto a los historiadores, algunos antropólogos interesados en el estudio del anticlericalismo han subrayado la importancia de otros factores para su expansión y mantenimiento durante la Edad Contemporánea. Entre ellos, la idea de que la pervivencia de rituales y símbolos religiosos era mala, al ser considerados signos de un mundo que debía liquidarse de raíz, o la visión de que el universo religioso es una sociedad sacralizada y tradicional frente a otros modelos, más liberadores y modernizadores. También tuvo éxito la teoría que presentó al anticlericalismo como una manifestación de un machismo agraviado por un clero afeminado rodeado de devotas y beatas. Así, toda idea contra el mismo era, en esencia, un programa viril que se enfrentaba a manifestaciones de dominio femenino. Algunos pensadores anticlericales divulgaron el pensamiento de que la mujer estaba relacionada con el sentimiento, el costumbrismo, el exhibicionismo y la superstición del rito católico. Por el contrario, el hombre era la ciencia, la razón, la fuerza y la política.

La quema de imágenes, iglesias, catedrales, conventos, bibliotecas y libros religiosos que comenzó en la Europa contemporánea a partir de 1789, como manifestación violenta del anticlericalismo contra el mundo material religioso, fue interpretado por los antropólogos como una herencia secular relacionada con el supuesto carácter purificador del fuego. De esa manera, se “depuraba” lo malo, nacía un mundo nuevo y sin fuego no había, además, auténtica revolución, no se visibilizaba, no se rompía con lo anterior. Si se llegaba al asesinato de católicos o de su clero se explicaba por el carácter justiciero del asesinato, mientras la blasfemia se relacionaba con el primitivo carácter de protesta atribuido al sacrilegio. Y si bien la imagen que tenemos, incluso hoy día, asociada a las manifestaciones más violentas del anticlericalismo está protagonizada por grupos humanos de clase baja, no puede obviarse que éstos actuaron impregnados -en muchas ocasiones- por los discursos y manifiestos de pensadores y líderes más acomodados.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.


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