Sobre el maestro Giacomo Bonavía. Fingimientos, mutaciones, tramoyas y tercianas
- Escrito por Adoración González Pérez
- Publicado en Historalia
“las fiebres terzianas han dejado en su salud su huella”
Giacomo Bonavía nació en el año 1705 en la ciudad de Piacenza, en el ducado de Parma y trabajó al servicio de los reyes Felipe V y Fernando VI en España. Había llegado a España en fecha 1 de noviembre de 1728, en calidad de ayudante del pintor Juan Bautista Galluzzi, e inició su carrera como pintor de arquitecturas fingidas junto a su compatriota Bartolomé Rusca, siguiendo la formación que en ese momento se impartía en el estilo de los hermanos Bibiena. Ferdinando Bibiena escribiría su Architettura civile preparata sulla geometría e ridotta alle prospettive, y el mismo decorador Galluzzi publicaba su Architecturae civilis teórico practicae. En la ciudad de Piacenza (conquistada por León X y entregada después por Paulo III a Luigi Farnesio en 1545) y en el entorno de regiones como la Lombardía, Toscana y el Véneto fueron surgiendo talleres artísticos de gran influencia para la formación de estos artistas. La proyección de Giacomo en la Corte de Madrid vendría de la mano de Isabel de Farnesio y del marqués de Scotti, personaje cuyo mecenazgo fue decisivo para artífices como Vigilio Ravaglio con los que se impuso un debate de estilo y representación decisivo para el arte cortesano de ese siglo.
Se le encomendó en 1729 una obra muy curiosa y de estilo próximo al decorativismo rococó, el Gabinete de la Reina del nuevo Palacio de Aranjuez, para trabajar junto al propio Galluzzi y al maestro Esteban Marchand, y realizar entre todos las labores de pinturas, fingimientos y tramoyas, a la moda de los quadratturistas expertos en el ilusionismo óptico. Su carrera hacia los proyectos más importantes de ese tiempo comenzó así como escenógrafo, dando a conocer interesantes diseños de tramoyas y entramados teatrales que le sirvieron de inspiración a la hora de elaborar proyectos de mayor calado en la planificación espacial propia del espíritu del Barroco. En general, dentro del grupo nobiliario y de la realeza, se expandió un gusto por la decoración ambientada en escenarios teatralizados, tramoyas, telones, mutaciones y transformaciones visuales que enriquecían la prestancia e imagen de sus casas y palacios
A partir de ahí fue teniendo más encargos en las nuevas obras de la Corte y llegó en 1741 a conseguir el nombramiento de Maestro Mayor de las obras del Buen Retiro, llegando a ser Director Principal de las de Aranjuez desde 1744. Cuatro años más tarde figuraba como miembro de las juntas de facultativos del Palacio Real madrileño y, como arquitecto de Corte, a los preparativos para la Academia de San Fernando. Su trabajo fue ingente en todo tipo de encargos tanto dentro de la arquitectura en general, como en proyectos de urbanización, diseño de espacios ajardinados, obras religiosas y civiles, ingeniería hidráulica, conducción y canalización, estudios de terrenos y muchas más de las que quedan bellos ejemplos en nuestro patrimonio cultural.
Dedicado con exclusividad a la creación de una nueva ciudad Real en Aranjuez, al tiempo que combinaba con otros encargos, sorprende la capacidad de este hombre para desarrollar a la vez funciones de gestor y administrador; con una meticulosidad extrema controlaba no solo el desarrollo de las obras sino el comportamiento de los operarios, los problemas de abastecimiento de materiales, las complicaciones económicas o cualquier mínimo detalle, de lo que hacía registros, memorias e informes diarios al Marqués de Scotti, entre otros. En sus cartas reflejaba la gran entrega y dedicación, además de los problemas de salud que iba acumulando por sus largas estancias en este Sitio. Allí enfermó varias veces de una dolencia típica de la época, hasta el punto de que podemos considerar que en Aranjuez se dejó la vida. Si bien una placa conmemorativa en una calle de Madrid reza que allí murió este maestro, todo apunta a ser el lugar de Aranjuez su destino final, con solo 65 años, puesto que la partida de defunción se custodia en la parroquia de San Antonio.
Tratemos ahora de las citadas fiebres que este maestro padeció varias veces en su vida. Las nombradas terzianas no eran más que las manifestaciones propias del paludismo típico del siglo XVIII, que se había estado padeciendo desde la antigüedad en Oriente, confundiendo los síntomas con el desarrollo de la enfermedad y tardando tiempo en identificar las causas: aguas, aires y lugares encharcados podían ser provocantes del mal, no descartándose otros orígenes según zonas. Se acostumbraba a usar el término de tercianas, cuartanas o dobles, si los episodios febriles duraban varios días en el individuo. Durante los siglos de la colonización de tierras americanas se difundió entre las gentes el remedio con el uso de la quina, como es sabido, extraída del árbol del Perú con el que los indígenas combatían sus fiebres y temblores (parece estar arraigado el uso en mitad del siglo XVII, los famosos “polvos de la condesa”, y que fueron los jesuitas los que más aconsejaron el uso por algunos países de Europa contra el recelo de los protestantes). Sirva de ejemplo la Historia del Nuevo Mundo, de Bernabé de Cobos, que escribió sobre la quina, cuyo árbol […] tiene la corteza como de canela, un poco un poco más gruesa y muy amarga; la cual, molida en polvos, se da a los que tienen calenturas y con solo este remedio se quitan […] Otros médicos hablaban también de sus eficaces efectos febrífugos, para hacer contraste contra los que no lo veían tan claro.
Parece haber sido una enfermedad constante en el siglo XVIII hasta mediados del XIX, tal como se documenta en registros por zonas entre los años 1751, 1780, 1783, cuando las tercianas se extendieron de forma epidémica por casi toda España, y 1802. Se determina, además, la circunstancia de sitios en cuyas inmediaciones hubiera río o curso fluvial concreto que, desde luego en Aranjuez, se prestaba a la causa en épocas estivales o en primavera, además de las inundaciones que siempre dejaban base para la infección. Las obras de canalización y empresas de este tipo, sobre todo la conducción del Jarama y nivelación de terrenos para un mejor saneamiento, formó parte de la política de la Corona, que se fue extendiendo por diferentes lugares del territorio español, según lo han analizado Rico Avelló y otros investigadores, con el deseo de evitar y episodios esporádicos de estas fiebres que, progresivamente irían remitiendo, acompañado también de futuras medidas y ordenamientos entre la población para garantizar su seguridad (la información está registrada en muchas fuentes, destacamos las referencias a datos antiguos por el Doctor C. Rico-Avelló y Rico, en Aportación española a la historia del paludismo, 1947, Revista de Sanidad e Higiene Pública, Año XXI; o las más actuales sobre Paludismo en España en los siglos XVIII-XIX: Distribución espacial y erradicación, de G. Castejón Porcel, en 2015, Universidad de Zaragoza, entre muchas aportaciones más).
Es probable así, que con este panorama al mismo Giacomo Bonavía le sirviese el dicho de tener cara de Aranjuez, tal como lo describía en 1755 José Alsinet, médico de la real familia, según lo cita […] este real sitio es deliciosísimo pero en los meses de julio, agosto y septiembre es poco saludable. La lentitud de las aguas del Tajo[…] dan motivo a que el sitio se esperimente achacoso en los referidos meses, a que ayuda mucho el ser dominado del aire solado y estuosísimo por su situación en un valle hondo y angosto, siguiendo con su relato la el detalle de que entre los habitantes era carácter el mal color, el mal hábito, la caquexia; tanto que corría como proverbio: este tiene cara de Aranjuez para ponderación de algún mal hábito.
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Pudo con su ayuda y conocimientos mejorar la suerte de los vecinos, pero no sabemos que le afectara el bien al maestro Bonavía. Sus dolencias no fueron jamás impedimento para el servicio y la generosidad de sus obras, con las que contribuyó a dar identidad al arte español del siglo XVIII.