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Arquitectura: Aldo Rossi y Sevilla, una relación fecunda


  • Escrito por Victoriano Sainz Gutiérrez
  • Publicado en Historalia
Proyecto para la Residencia de estudiantes de Chieti (1976), realizado junto a Gianni Braghieri y Arduino Cantafora, donde utilizó las casetas de la Feria de Sevilla como motivo para las habitaciones de los estudiantes. Aldo Rossi/Studi Umbri Proyecto para la Residencia de estudiantes de Chieti (1976), realizado junto a Gianni Braghieri y Arduino Cantafora, donde utilizó las casetas de la Feria de Sevilla como motivo para las habitaciones de los estudiantes. Aldo Rossi/Studi Umbri

Entre los arquitectos contemporáneos que han alcanzado mayor resonancia internacional se encuentra el italiano Aldo Rossi (1931-1997). Desde que en 1966 publicara su célebre libro La arquitectura de la ciudad, el impacto de sus ideas y de su arquitectura fue en progresivo aumento, primero dentro de Italia, luego en Europa y finalmente en América, hasta convertirse en una figura de carácter global, lo que le permitió trabajar en países tan alejados de nuestro entorno como Japón.

Fruto de todo ello fue la concesión en 1990 del Premio Pritzker, el más importante reconocimiento a la trayectoria de un arquitecto moderno vivo, siendo el primer italiano en recibir esa distinción.

Una concepción renovada de lo urbano

Con su libro Rossi quiso volver a conectar el urbanismo y la arquitectura, que en los años sesenta discurrían por caminos diversos y separados. El urbanismo se había convertido en una actividad excesivamente técnica y a menudo ajena a los problemas reales de los habitantes de la ciudad, mientras que la arquitectura parecía haber olvidado que la razón de ser de los edificios se halla en la ciudad de la que formaban parte.

Bonnefantenmuseum, diseñado por Aldo Rossi. Maastricht, 1990-1994. © Eredi Aldo Rossi

Rossi propuso entonces redescubrir el papel que la arquitectura jugaba en la construcción de la ciudad, posibilitando con ello la vuelta a lo que se llamó un “urbanismo de los arquitectos”, que debía atender más a los aspectos cualitativos que a los cuantitativos en la ordenación urbana.

Este enfoque, denominado “morfologismo” porque se ocupaba de manera preponderante de cuestiones relacionadas con la forma de la ciudad –es decir, con su condición física–, sirvió para plantear de otro modo la planificación urbana, que hasta entonces había incidido de manera preponderante en aspectos de naturaleza socioeconómica.

Muchos de los planes urbanísticos que se redactaron y aprobaron en la España de los años setenta y ochenta, coincidiendo con la transición política a la democracia, fueron en gran medida deudores de este modo de entender el urbanismo. No en vano en esos años se intensificaron las relaciones de la cultura arquitectónica española con la italiana, y en especial con Rossi y el movimiento creado en torno a él, la Tendenza.

Durante los años setenta Rossi viajó a menudo a España y, a través de actividades organizadas por las comisiones de cultura de los Colegios de Arquitectos (conferencias, exposiciones y seminarios) estableció numerosas relaciones, sobre todo con Cataluña, País Vasco, Galicia y Andalucía.

Aldo Rossi en Santiago de Compostela con un grupo de asistentes al I SIAC de 1976, entre ellos algunos arquitectos sevillanos. © Eredi Aldo Rossi

En esos años, además, Rossi comenzó a ser conocido no sólo por sus teorías, sino también por sus proyectos de arquitectura, que empezaron a tener un amplio reconocimiento internacional. Cabría mencionar a este respecto el edificio Gallaratese (1969-73), situado en la periferia de Milán, la ampliación del cementerio de Módena (1971-76) o el Teatro del Mundo (1979), construido para la Bienal de Venecia.

Aldo Rossi en Sevilla

Rossi visitó Sevilla por primera vez en 1975, invitado por el Colegio de Arquitectos, para dar unas conferencias. A partir de ese momento inició una relación con la capital andaluza que le llevó a hacer frecuentes viajes. Durante estos años también tuvo allí un proyecto, la rehabilitación del Corral del Conde, que sin embargo no llegaría a ejecutar.

El alma de esta ciudad le caló muy hondamente y siempre habló de Sevilla con una admiración y un entusiasmo que manifestaban la profunda sintonía que llegó a establecer con su arquitectura y con la cultura andaluza. De otra parte, su presencia en la ciudad significó una contribución a la formación de una brillante generación de arquitectos sevillanos que entonces iniciaba su andadura profesional.

Interior del Teatro del Mundo (1979). Las galerías situadas sobre el graderío daban al interior un indudable aire sevillano por su alusión a los corrales de comedias. © Eredi Aldo Rossi

Esas estancias sevillanas permitieron a Rossi profundizar en la cultura local y no tardaron en convertir a la capital andaluza en fuente de imágenes y de claves de lectura para su personalísima obra. Él mismo lo reconoció en una conferencia pronunciada en 1977: «En realidad, no me siento extranjero en Sevilla; al contrario, el estudio de Sevilla ha sido muy importante en mi arquitectura y en mi teoría de la arquitectura».

Las casetas de la Feria, la Semana Santa, los corrales de vecinos e incluso las corridas de toros le proporcionaron determinados elementos formales que pueden ser reconocidos en sus arquitecturas de esos años, junto a otros motivos provenientes de diferentes contextos culturales, pues Rossi siempre tuvo una gran capacidad para integrar aspectos aparentemente distantes entre sí en un mismo proyecto.

Una nueva generación de arquitectos sevillanos

Pero de ese doble encuentro –de Sevilla con Rossi, de Rossi con Sevilla– cada parte obtuvo su fruto. Los arquitectos sevillanos con quienes se relacionó tuvieron en La arquitectura de la ciudad el referente teórico que les permitió entender la condición urbana de la arquitectura y les proporcionó una línea argumental para muchos de sus proyectos.

A ello habría que añadir una idea más o menos artesanal del oficio, mantenida incluso por aquellos que luego tuvieron una cierta proyección internacional, como Antonio Ortiz y Antonio Cruz o Guillermo Vázquez Consuegra, así como una decidida voluntad de reivindicar un lugar propio en la arquitectura española, cuando su obra construida era todavía muy reducida, pero ya de suficiente calidad, coincidiendo además con un momento en el que la crítica internacional comenzaba a dirigir su atención a lo que se hacía en nuestro país.

Ahora que se vuelve a despertar el interés por la obra del arquitecto italiano, con diversas exposiciones, publicaciones y congresos sobre el significado de su figura, resulta oportuno recordar también su contribución a la renovación de determinados enfoques en la arquitectura y el urbanismo españoles de unos años particularmente activos en lo cultural de nuestra historia reciente, como fueron los de la transición a la democracia.The Conversation

Victoriano Sainz Gutiérrez, Profesor de Urbanismo, Universidad de Sevilla

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.