Apuntes sobre el primer socialismo
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Desde de los comienzos del siglo XIX, distintos intelectuales empezaron a criticar los costes sociales de la industrialización y plantearon modelos sociales y políticos alternativos. El término socialismo comenzó a emplearse en Francia en la Revolución de 1830. Al principio, no cabe duda, su significado fue un tanto impreciso, relacionándose con la idea de la eliminación de la desigualdad social. Este primer socialismo recibió mucha influencia de las ideas ilustradas, pero también del cristianismo.
En los planteamientos de los socialistas utópicos predominaron consideraciones morales sobre las injusticias y los efectos negativos del capitalismo. Como alternativa se planteaban modelos sociales ideales, utópicos, en los que desaparecerían la explotación y la injusticia social.
Donde se desarrolló con más intensidad este tipo de socialismo fue en Francia, con menos obreros, pero donde abundaban los intelectuales herederos de la Revolución Francesa interesados en las ideas políticas frente a una Inglaterra con más proletariado, pero con mayores preocupaciones por los problemas concretos de los obreros, como demostraría Robert Owen. Los más importantes socialistas utópicos franceses fueron Fourier, Saint-Simon, y Cabet.
Estos pensadores no tenían muchos elementos en común, aunque podemos señalar algunos. No solían ser partidarios de la Revolución y sí del empleo de métodos pacíficos para cambiar la sociedad, basándose en el convencimiento progresivo y la aceptación por parte de la burguesía de la necesidad y bondad de los cambios, en una suerte de evidente optimismo. Frente a los conflictos entre las clases sociales abogan por la concordia y el entendimiento. En estos planteamientos parece evidente la influencia ilustrada y de Rousseau, al basarse en la idea de la bondad natural del hombre.
Por su parte, el marxismo sería contundente en su crítica hacia este primer socialismo al considerar no sólo la supuesta ingenuidad de sus planteamientos, sino, sobre todo, porque Marx y Engels consideraban que era un socialismo sin base científica, sin un análisis de la realidad, del origen de la desigualdad. Es verdad que estos socialistas actuaban frente a la inactividad de los filósofos, pero no se podían plantear alternativas que ejercieran una influencia pedagógica en la sociedad. Lo que había que hacer era, después del análisis, actuar, y la actuación pasaba por la destrucción del capitalismo.
Pero regresemos a los socialistas utópicos. Plantearon, como hemos señalado, modelos para una nueva sociedad. Charles Fourier (1772-1837) imaginó una sociedad ideal de comunidades de hombres y mujeres, a la que denominó como falansterios. Serían poblaciones con unos 1.600 habitantes, entre los que se distribuirían las funciones y trabajos alternativamente, para evitar la excesiva especialización. En los falansterios se respetaría la propiedad privada y el derecho de herencia, pero los instrumentos de producción debían ser comunes. Los falansterios eran grandes edificios, que recuerdan la estética de los palacios barrocos, en cuya parte central se encontraban los talleres y almacenes, mientras que en las alas laterales se situarían las viviendas. Se llegaron a organizar algunos falansterios en Francia y en otros países, pero terminaron por fracasar.
Por su parte, Saint Simon (1760-1825) era un noble de ideas liberales que propuso un desarrollo racional de la industria para superar los enfrentamientos sociales. Era partidario de aplicar el progreso técnico a la producción y de la existencia de una élite científica que dirigiera una organización social para proporcionar el bienestar general. Sus discípulos fundaron el monasterio de Ménilmontant, donde cada miembro trabajaba según su capacidad. Seguramente, este grupo tuvo más influencia posterior que el resto de socialistas utópicos porque caló en la sociedad decimonónica, pero también en la posterior, la importancia que otorgaba a la técnica para cambiar el mundo, así como, de los técnicos como supuestos factores “asépticos” en esta tarea. La tecnocracia bebería, en cierta medida, de los seguidores de Saint Simon.
Por fin, Cabet publicó en el año 1842 la obra Viaje a Icaria donde describirá su propio proyecto utópico, con clara influencia de Platón y de Tomás Moro. Cabet defendía un modelo de sociedad con sufragio universal.
Fuera ya del ámbito del socialismo utópico tenemos que aludir a la figura de Auguste Blanqui (1805-1881), que participó activamente en las Revoluciones de 1830 y 1848, convirtiéndose en un referente del espíritu revolucionario. Defendió la creación de una organización conspirativa para fomentar el levantamiento de masas, porque sin ellas no parecía que se produjera una insurrección verdaderamente transformadora. Efectivamente, Blanqui, si se nos permite el término, fue un verdadero profesional de la Revolución y sus ideas terminaron de influir en las de Lenin en relación a la cuestión de la organización de un partido para hacer la Revolución. Por su parte, Louis Blanc propuso la creación de talleres nacionales en la Revolución francesa de 1848 para dar trabajo a los parados.
Una de las figuras más importantes, entre el socialismo y el anarquismo, fue Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). Proudhon participó en la vida política francesa y europea. Fue tipógrafo autodidacta, que denunció la propiedad privada, a la que consideró el origen de la desigualdad. En su principal obra ¿Qué es la propiedad? afirmó que la propiedad era un robo. Sus ideas y ataques contra las instituciones, el poder y el autoritarismo le convirtieron en un precursor del anarquismo.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.