La limpieza de sangre en el siglo XVIII
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Judíos del siglo XV, representados atravesando el Mar Rojo. Retablo de la catedral de Barcelona pintado por Jaume Huguet (1412-1492) / Wikipedia.
Ni la Ilustración ni el Despotismo ilustrado pretendieron socavar los principios fundamentales de la sociedad estamental, porque no defendieron nunca ningún principio basado en la igualdad ante la ley, pero sí combatieron algunos excesos derivados de los privilegios y de mentalidades tradicionales que impedían avances económicos o planteaban rutinas que iban contra el principio de la Razón, bajo un acusado sentido utilitarista del momento. La Ilustración criticó, además, ciertos planteamientos de la religiosidad popular que hacían hincapié más en cuestiones de milagros y reliquias, consideradas como supersticiones.
En relación con el fenómeno de la limpieza de sangre, tan presente en los siglos anteriores, hay que señalar que los estatutos de limpieza de sangre no fueron abolidos, aunque la filosofía ilustrada fuera claramente contraria a los mismos porque se basaban en la tradición y no en la razón, y porque eran un obstáculo al desenvolvimiento del mérito personal, tan caro para la nueva filosofía. El odio hacia los judíos y judeoconversos permaneció en el siglo XVIII a pesar de que, realmente, ya no había en la España de aquella centuria y de los intentos de algunos pensadores en desmontar mitos y prejuicios. Los recelos siguieron rodeando a las familias de las que se sospechaba un origen judío o que tuviesen un antepasado penitenciado por la Inquisición, como ocurrió en el caso de los chuetas. Algunos gobernantes abominaban de la persistencia de la obsesión por la limpieza de sangre, como Carvajal. Floridablanca, por su parte, propuso pedir un Breve a Roma para terminar con los estatutos, pero, en general no se emprendió ninguna política clara al respecto, al contrario de lo realizado para revalorizar las profesiones consideradas infamantes con la famosa Real Cédula sobre la honorabilidad de todos los oficios. Por un lado, parece como si no se quisiera luchar contra una opinión muy arraigada, pero también era verdad que el paso del tiempo había conseguido borrar muchos orígenes familiares y no abundaban casos en los que el pretendiente a un cargo o prebenda fuera desairado por sus antecedentes familiares. Curiosamente, no hubo muchos escrúpulos morales a la hora de aceptar en puestos de relieve a extranjeros de origen judío, como fue el caso del pintor Mengs, máxima autoridad artística durante mucho tiempo en la España de Carlos III, aunque si se averiguaba que un español tenía ese origen se exponía a no conseguir su objetivo o a perder su posición.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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