¿Amnistía? ¿Y ahora qué?
Después de lo ocurrido en el parlamento con la ley de amnistía, hay que plantearse cuál será la próxima jugada de cada protagonista y, sobre todo, quién ha ganado con este resultado.
- Publicado en Opinión
Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.
Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)
Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.
Articulista en la revista digital Sistema Digital.
Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.
Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)
Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.
Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.
Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.
Después de lo ocurrido en el parlamento con la ley de amnistía, hay que plantearse cuál será la próxima jugada de cada protagonista y, sobre todo, quién ha ganado con este resultado.
Una de las noticias más llamativas ha sido la “minicumbre” de presidentes autonómicos realizada delante de las cámaras de televisión. Entre risas, con buena sintonía, compartiendo problemas territoriales (especialmente la infrafinanciación), haciendo ostensible la posibilidad de acordar entre autonomías por encima de la imposibilidad de negociar de los dos grandes partidos estatales, PSOE y PP, así hemos visto a cuatro presidentes autonómicos: tres del PP y uno del PSOE.
Frases, reflexiones y refranes múltiples se han escrito sobre la soberbia. Decía Miguel de Cervantes que “La ingratitud es hija de la soberbia”. Y parece que aprendemos poco porque si hay algún vicio que se extiende como las bolitas de plástico por nuestras costas españolas (la contaminación de los plásticos en tierras y mares es uno de nuestros peores daños como humanos) es justamente la soberbia.
Suelo ser muy optimista al pensar que el tiempo pasado nunca fue mejor. De hecho, solo hay que preguntarse en qué época histórica nos gustaría vivir para ser conscientes de que la historia de la humanidad está más bien llena de sufrimiento, violencia, guerras, explotación, miseria, .., y hasta entrado el siglo XX no conseguimos un acuerdo universal de Derechos Humanos, que nos sirva como una brújula para orientar nuestras acciones individuales y sociales. Y se consiguió tal Declaración después de habernos sumergido en el infierno.
La entrada del gobierno español en Telefónica comprando el 10% tiene muchas lecturas interesantes en la economía globalizada.
Aunque nos parezca mucho tiempo, 75 años no son nada si lo comparamos con los muchos siglos precedentes que nos constó elaborar un texto universal que protegiera a todos los seres humanos sin excepción.
Resulta recurrente la proliferación de libros de pensamiento y ensayo en relación a los problemas de la democracia. Se habla de fatiga democrática, falta de confianza en las instituciones y en sus representantes, sensación de ineficacia, que la democracia no soluciona problemas, y un largo etcétera.
Solo han bastado 9 años y un enorme cúmulo de errores para desmontar un partido y echar por la borda lo que fue un proyecto político ilusionante para millones de españoles. Errores que, en la mayoría de los casos, tienen que ver más con las formas, con la manera excluyente de entender la democracia, con la creencia de poseer la verdad sin más matices ni opiniones divergentes o complementarias, con el abuso de gestionar solo bajo un prisma (“el propio”). Formas que denotan, y me sabe muy mal decirlo, falta de cultura democrática, porque el diálogo democrático es complicado.
Ya se ha producido la investidura y el resultado, aunque se conocía de estos últimos días, no deja de ser asombroso.
Mucho se ha hablado, se habla y se hablará de la amnistía, pero hay una situación que me preocupa mucho más: el trumpismo español.
No hay época histórica-social sin convulsiones. Ahora bien, desde que empezó el siglo XXI, y llevamos ya casi un cuarto, no ganamos para sobresaltos, cada vez más profundos y amargos. Parece como si estuviéramos dentro de un furioso huracán.
El siglo XXI ha sido calificado con múltiples adjetivos para advertir los factores de riesgo que se acumulan en un haz de problemas superpuestos.
Pese a los montajes escénicos y las frases mitineras del PP y su líder Feijóo durante todo este mes, en el supuesto Debate de Investidura ha ocurrido lo que era absolutamente previsible. Feijóo no ha alcanzado la mayoría absoluta, no tiene votos suficientes para ser presidente. Pero él ya lo sabía.
Se acerca la investidura de Feijóo. Será los días 26 y 27 de septiembre, y como bien ha dicho el portavoz del PNV, Aitor Esteban, “se está haciendo largo” para todos. Efectivamente se está haciendo larguísimo, y creo que principalmente para el PP y su líder Feijóo que, en vez de actuar como protagonista de la investidura, ha asumido su papel de oposición sin plantear ni en una sola ocasión propuestas de negociación política, de diálogo social ni su programa de gobierno.
Aún no ha terminado el verano y los primeros días de septiembre llegan con polémica debido a las críticas por la alerta meteorológica.
Las elecciones del 23 de julio han sido una lección para todos los que daban por supuesto unos resultados incontestables y para quienes, tanto partidos políticos como medios de comunicación, hablaban en nombre de todos los españoles, como si tuvieran tras ellos la razón y el claro conocimiento de lo que la ciudadanía española pensaba.
Se habla mucho de las dificultades de gobernar con minoría, teniendo que llegar permanentemente a acuerdos, consensos, negociaciones. Pero nos olvidamos que nuestro sistema democrático es parlamentario y que, una mayor representación de partidos políticos, con toda su complejidad, representa mucho mejor las distintas opciones electorales de los españoles.
Estábamos tan preocupados por la entrada de Vox en las instituciones y lo que eso supone (censuras, anulación de la violencia de género, subidas de sueldos de sus alcaldes y cargos, cocktail de prepotencia e ignorancia, pérdida de derechos sociales, etc), que no vimos cuál sería la estrategia que realizaría el PP bendecida por Feijóo.
Resulta sorprendente una campaña electoral donde la derecha y la ultraderecha no hablan de educación, sanidad, cultura, transporte, industria, medio ambiente o vivienda, entre otras cosas. Qué difícil es conocer el programa que tienen.
En los grandes partidos nacionales como el PSOE o el PP es lógico que existan diferentes sensibilidades dentro de la misma organización. También pasa en partidos más pequeños. Incluso en cualquier organización, asociación o institución.
Imagino que cada persona verá lo que ocurre en su territorio como lo más significativo, pero me permitirán que, en este caso, valore lo que ocurre y significa en mi Comunidad Valenciana.
Los resultados electorales son siempre imprevisibles. Ahora mismo nos encontramos subidos a una noria de emociones y contrastes, realizando análisis rápidos porque los acontecimientos se precipitan.
Cuando he visto a la candidata del PP en Madrid, Isabel Díaz Ayuso, proponer su medida estrella para combatir el cambio climático: ¡¡una maceta en cada balcón de Madrid!!, he soltado una sonora e impulsiva carcajada como si estuviera en el Club de la Comedia.
A puertas de unas elecciones municipales y autonómicas, cuando estamos inmersos en propuestas y debates, también nos conviene ver qué ocurre fuera de nuestras fronteras como aprendizaje político.
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