En numerosas ocasiones se ha anunciado el final del sistema político de Cuba. A comienzos de los 60, cuando Estados Unidos intento segar por la fuerza el despliegue de la Revolución. En el albor de los 70, cuando empezaron a aflorar las primeras contradicciones del castrismo y fracasos estrepitosos, como la emblemática campaña de la zafra, émulo no declarado de los experimentos de la Revolución Cultural china, aunque los dirigentes de La Habana tomaron partido por Moscú y no por Pekín en el cisma comunista. En los 80, cuando la sangría de las intervenciones solidarias anticolonialistas y antiimperialistas en África drenaron los escasos recursos de un Estado asfixiado por el bloqueo de los Estados Unidos y por los errores encadenados de la planificación y el sectarismo del modelo estatalista. Y, por supuesto, en los 90, después de la caída de la URSS, cuando la Cuba oficial se quedó sin el apoyo cada vez más insuficiente de la solidaridad del lejanísimo y también exhausto comunismo europeo.