¿Existe realmente el libre albedrío?
- Escrito por Barış Değirmenci
- Publicado en Masones y Masonería
Hay preguntas que la humanidad persigue desde hace siglos, interrogantes que vuelven a formularse en cada época y a debatirse con cada nueva generación. “¿Existe realmente el libre albedrío?” es, quizá, una de las más inquietantes. En la vida cotidiana rara vez nos detenemos a pensar en ello. Creemos que cada elección que hacemos nos pertenece: desde decidir qué camisa vestir por la mañana o qué camino tomar para ir al trabajo, hasta adoptar decisiones capaces de cambiar el rumbo de nuestra vida. Sin embargo, cuando hacemos una pausa y miramos hacia nuestro interior, descubrimos que esta convicción quizá no sea tan firme como suponíamos. ¿Somos realmente nosotros quienes decidimos, o los innumerables factores que nos han convertido en quienes somos ya han determinado de antemano qué camino tomaremos?
Ni siquiera el primer instante de nuestra vida fue una elección propia. No escogimos la familia en la que naceríamos, la región del mundo que nos recibiría, la lengua que hablaríamos, nuestra herencia genética ni los acontecimientos que marcarían nuestra infancia.
Con el tiempo fue tomando forma eso que llamamos carácter; nuestra familia, nuestros maestros, los dolores vividos, los logros alcanzados y las personas que encontramos en el camino dejaron su huella en él. Si nuestra personalidad es el resultado de un proceso tan prolongado, ¿cuánto de las decisiones que tomamos hoy nos pertenece verdaderamente? Tal vez aquello que llamamos libre albedrío no sea más que el reflejo presente de nuestro pasado.
La ciencia tampoco permanece al margen de esta discusión. En particular, algunas investigaciones en el campo de la neurociencia indican que el cerebro comienza a preparar una decisión poco antes de que la persona crea haberla tomado de manera consciente. Es decir, cuando decimos “Ahora he decidido”, es posible que nuestro cerebro ya se haya puesto en marcha. Esto conduce inevitablemente a una pregunta: ¿es la conciencia quien realmente decide, o es tan solo un testigo silencioso que toma conocimiento de una decisión ya adoptada? Por ahora, no puede afirmarse que la ciencia haya llegado a una conclusión definitiva al respecto.
La filosofía, por su parte, lleva siglos girando en torno a esta cuestión. El determinismo sostiene que todo acontecimiento del universo es la consecuencia necesaria de las causas que lo preceden. Desde esta perspectiva, el universo constituye una inmensa red de causas y efectos, y nada sucede fuera de esa cadena. Si pudiéramos conocer con exactitud todas las variables del universo, quizá incluso sería posible prever las decisiones que tomaremos en el futuro. Bajo esta mirada, el libre albedrío no sería más que una poderosa ilusión creada por nuestra mente.
Sin embargo, existen filósofos que contemplan esta cuestión desde una perspectiva diferente. Los pensadores existencialistas consideran que la libertad constituye la esencia misma del ser humano. Según ellos, el hombre es un ser condenado a elegir constantemente, y esa condición representa tanto un inmenso privilegio como una profunda responsabilidad. Cada decisión lleva consigo sus propias consecuencias. Quizá el ser humano no culpe al destino, a la sociedad o a las circunstancias porque carezca de libertad, sino porque teme asumir el peso que esa libertad implica.
Las tradiciones esotéricas, por su parte, ofrecen una visión más equilibrada de este debate. No sostienen que el ser humano sea completamente libre, pero tampoco aceptan que viva dentro de un destino totalmente escrito de antemano. El hombre comienza su existencia bajo determinadas circunstancias. Tal vez no pueda modificarlas, pero siempre conserva la capacidad de decidir cómo responder ante ellas. Llegamos al mundo como una piedra bruta.
Es posible que la naturaleza de esa piedra no pueda cambiarse, pero la obra que surgirá de ella dependerá de las manos del maestro que la esculpa. Quizá sea precisamente ahí donde nace el verdadero libre albedrío.
La filosofía masónica expresa esta idea mediante uno de sus símbolos más poderosos. Todo masón tiene el deber de desbastar su propia piedra bruta. Nadie puede construir su carácter en su lugar, corregir sus defectos o superar sus imperfecciones por él. Los rituales, los símbolos y las enseñanzas únicamente señalan el camino; recorrerlo depende exclusivamente de la voluntad de cada individuo. Por ello, en la Masonería la libertad no consiste en hacer todo aquello que uno desea. La verdadera libertad reside en gobernar los propios deseos, dominar las pasiones y elegir conscientemente aquello que es correcto.
Quizá, después de todo, estemos formulando la pregunta equivocada. En lugar de preguntarnos: «¿Somos completamente libres?», sería más acertado cuestionarnos: «¿Hasta qué punto utilizamos conscientemente la libertad de la que disponemos?». Porque el ser humano no puede controlar todo cuanto ocurre en su vida; sin embargo, sí puede decidir la actitud con la que enfrentará cada acontecimiento. Un mismo hecho puede transformar la vida de dos personas de maneras completamente distintas. Lo que cambia no es el acontecimiento en sí, sino el significado que cada uno decide otorgarle.
En realidad, el mayor enemigo del libre albedrío no suele ser el mundo exterior, sino nuestros propios hábitos. A fuerza de repetir las mismas acciones, el ser humano termina actuando de manera automática; y cuanto más automática se vuelve su vida, menos se cuestiona a sí mismo. Con el tiempo, llega a creer que está tomando decisiones, cuando en realidad no hace más que repetir patrones de conducta construidos durante años. La verdadera libertad comienza precisamente en el instante en que somos capaces de reconocer ese automatismo.
En la medida en que el ser humano logra observar sus propios pensamientos desde cierta distancia, comienza también a liberarse.
Tal vez el libre albedrío no sea una cualidad con la que nacemos, sino un nivel de conciencia que desarrollamos a lo largo de la vida. A medida que nos conocemos mejor y reconocemos nuestros miedos, prejuicios y pasiones, también cambian nuestras decisiones. Porque quien no se conoce a sí mismo difícilmente puede comprender qué es lo que realmente está eligiendo. La sabiduría no consiste únicamente en acumular conocimientos; consiste, sobre todo, en convertirse en el verdadero dueño del propio mundo interior.
En realidad, la definición más auténtica del libre albedrío quizá no sea tan compleja como solemos imaginar. Muchas personas creen que la libertad consiste en poder hacer todo aquello que desean. Sin embargo, la verdadera libertad podría ser, precisamente, no verse obligado a hacer aquello que no desea hacer. Lo que mantiene encadenado al ser humano no son, la mayoría de las veces, los obstáculos externos, sino sus propios miedos, deseos, iras, hábitos y dependencias. ¿Puede considerarse verdaderamente libre alguien que no es capaz de gobernar sus propios deseos, por muchas opciones que tenga frente a sí?
Es justamente aquí donde aparece la voluntad. La voluntad no consiste únicamente en poder elegir algo, sino también en ser capaz de renunciar a ello cuando sea necesario. Significa tener el valor de escoger el camino más difícil cuando sabemos que es el correcto, ser capaz de decir «no» a lo fácil y permitir que la voz de la conciencia prevalezca sobre el ruido de los propios deseos. Quizá la mayor expresión de la libertad humana no sea elegir entre las opciones que la vida ofrece, sino descubrir las cadenas invisibles que nos gobiernan y encontrar el valor para romperlas.
Cuando el ser humano comienza a descubrir el verdadero origen de sus decisiones, no solo transforma su comportamiento, sino que empieza a reconstruir toda su existencia. Tal vez no pueda cambiar todas las circunstancias que el destino le presenta; pero siempre podrá decidir qué clase de persona será frente a ellas. Es precisamente en ese instante cuando nace el verdadero libre albedrío: cuando dejamos de permitir que el mundo exterior dirija nuestra vida y nos convertimos en los auténticos dueños de nuestro universo interior. Quizá la mayor victoria del ser humano no consista en hacer todo lo que desea, sino en llegar a ser tan dueño de sí mismo que nada pueda obligarlo a inclinarse ante aquello que no ha elegido libremente.