La polémica por las relaciones entre la masonería española y portuguesa en el XIX
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Masones y Masonería
El 12 de enero de 1872 se firmaba un tratado masónico entre el Gran Oriente de España y el Gran Oriente Lusitano Unido, algo muy habitual entre obediencias o potencias masónicas y que siempre tiene consecuencias estrictamente en el ámbito de la masonería, como reconocimientos mutuos, colaboraciones, actuaciones conjuntas, etc.
Pues bien, aquel tratado trajo polémica, pero fuera del ámbito masónico y en relación con la cuestión del iberismo. Como es sabido, el iberismo fue un movimiento político defensor del acercamiento entre Portugal y España y que se articuló durante el siglo XIX y parte del XX desde distintos posicionamientos ideológicos y con propuestas de colaboración diferentes, que podrían llegar hasta la unión política pero no necesariamente. Iberistas destacados hubo en ambos países en el ámbito de la cultura y de la política. Supuso un intento muy sugerente de que dos países vecinos, al menos, no vivieran tan de espaldas uno del otro.
El periódico contrario era O Conimbricense. La masonería de Coimbra reaccionó a los planteamientos de esta publicación. Las logias Federación, Academia Liberal y Perseverancia protestaron enérgicamente. Además, el Gran Maestre, conde de Paraty, se dirigió a esas logias para explicar los motivos que habían inducido al Gran Oriente Lusitano Unido para entablar relaciones con la obediencia española, y con el fin de desvanecer recelos producto de la ignorancia o de malas interpretaciones.
Como decíamos, el problema era que la publicación había calificado de “Ibéricos” a los masones implicados.
El Gran Oriente de España, a través de Moisés, grado 30, consideraba que dicho periódico había planteado dos dimensiones, una política y otra masónica. El mismo se preguntaba sobre el propósito de nombrar a los masones al hablar de iberismo o de unión ibérica. Parecía clara la contestación, para colgar el sambenito de traidores a los masones portugueses y acusar a los masones españoles de “perturbadores, ambiciosos y rapaces”. Pero el periódico, siempre a juicio del masón español, confundiría una logia con un club político, considerando que todo masón era un conspirador.
Moisés consideraba que el medio portugués buscaba explicaciones de ciertos fenómenos políticos en centros que desconocía, guiado por una suspicacia que le conducía al error. La España del presente no era la de 1580 cuando Portugal se independizó de la Monarquía Hispánica de los Austrias.
Pero lo importante era señalar que entre los masones portugueses y los españoles no existían diferencias, pero como tampoco las había con masones de otros países, porque la patria de la masonería no era un país o región determinada sino todo el mundo. Para los masones no existían en los mapas líneas divisorias que los hombres con sus privilegios y ambiciones habían creado. Para la masonería no había “naturales y extranjeros”, porque todos eran hermanos.
Pero, además, se avisaba al periódico que en los templos estaban prohibidas las discusiones sobre puntos concretos en política, y cabían todas las opiniones y religiones. En la masonería no podía existir la intolerancia tan común en el mundo, y muy especialmente las “religiones positivas”.
En relación con la unión ibérica Moisés expresaba que la idea había sido como una manzana de la discordia entre los estadistas. Los recelos y las discordias entre dos pueblos hermanos habían sido fomentados desde hacía mucho tiempo por políticos torpes que habrían puesto al servicio de sus ambiciones el bienestar de sus conciudadanos. Los masones no tenían nada que ver con eso, se avisaba, por fin, al periódico luso.
Hemos trabajado con el número del primero de julio de 1873 del Boletín Oficial del Gran Oriente de España.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.