La Masonería Brasileña: entre la tradición de los ideales y los desafíos de la modernidad
- Escrito por Rubem Chaves Barreto Júnior
- Publicado en Masones y Masonería
La Masonería siempre ha ocupado un lugar singular en la historia. A lo largo de los siglos, ha sido reconocida como una escuela de perfeccionamiento moral, filosófico e intelectual. En sus templos se reunían hombres dispuestos a reflexionar sobre la sociedad, cultivar virtudes, defender la libertad, fortalecer la fraternidad y construir una vida guiada por la ética. Muchos de los grandes movimientos en favor de la independencia de los pueblos, de la libertad de pensamiento y de la dignidad humana contaron, en distintas épocas, con la influencia de masones comprometidos con estos principios.
Sin embargo, una inquietud crece entre muchos hermanos brasileños: ¿se está alejando la Masonería nacional de su verdadera esencia? En diversas Logias, existe la impresión de que el estudio filosófico, el debate de ideas y el perfeccionamiento interior están cediendo espacio a reuniones sociales, confraternizaciones acompañadas de bebidas y relaciones orientadas principalmente al networking profesional. Aunque la convivencia fraternal constituye una parte importante de la Orden, jamás debería sustituir su misión principal.
Es importante aclarar que esta percepción no representa a toda la Masonería Brasileña. Existen numerosas Logias que preservan con excelencia el estudio ritualístico, la formación filosófica y el desarrollo moral de sus miembros. Sin embargo, negar que este fenómeno existe en parte de los talleres sería cerrar los ojos ante una realidad que muchos hermanos observan y comentan en los pasillos de los templos.
La Masonería nunca fue creada para ser un club social. Tampoco nació como una asociación empresarial destinada al intercambio de favores profesionales. Su propósito siempre fue mucho más elevado: transformar hombres comunes en hombres mejores. El simbolismo masónico no fue concebido para decorar reuniones; existe para provocar profundas reflexiones sobre la vida, los vicios, las virtudes y la construcción constante del carácter.
Cuando un candidato era recibido en la Orden, iniciaba un viaje de autoconocimiento. Cada grado presentaba nuevos desafíos intelectuales y espirituales. Los trabajos en Logia estimulaban la investigación, la lectura, la elaboración de planchas y el debate respetuoso de ideas. El objetivo no era únicamente transmitir conocimientos, sino desarrollar hombres capaces de pensar críticamente, actuar con justicia y servir a la sociedad.
Hoy, sin embargo, se observa un cambio de prioridades en algunas Logias. El tiempo dedicado al estudio ha disminuido. Las sesiones se reducen, en muchas ocasiones, al simple cumplimiento del ritual, mientras que el verdadero entusiasmo parece surgir únicamente durante el ágape que tiene lugar después de la clausura de los trabajos. En muchos casos, la confraternización se convierte en el punto culminante de la noche, mientras que la instrucción pasa a ocupar un papel secundario.
Naturalmente, confraternizar no es un error. La amistad fortalece los lazos fraternales y crea un ambiente acogedor. Compartir una comida o celebrar momentos importantes forma parte de la vida de cualquier institución humana. El problema surge cuando estos momentos dejan de ser una consecuencia de los trabajos masónicos para convertirse en su principal finalidad. Cuando un hermano asiste a la Logia únicamente por la cena, la bebida o la compañía social, algo esencial se ha perdido.
Otro aspecto frecuentemente debatido es la creciente visión de la Masonería como una red de contactos profesionales. Es innegable que la confianza entre hermanos puede generar oportunidades de negocios o asociaciones. Esto ocurre de manera natural en cualquier comunidad basada en la confianza mutua. Sin embargo, cuando alguien ingresa en la Orden buscando exclusivamente ampliar su cartera de clientes, obtener contratos o fortalecer intereses comerciales, se produce una inversión completa de los valores masónicos.
La fraternidad nunca ha sido sinónimo de favoritismo personal. El verdadero espíritu masónico enseña que debemos reconocer el mérito, la competencia y la honestidad. La ayuda entre hermanos debe surgir de la solidaridad y la confianza, jamás de la expectativa de obtener beneficios económicos o ventajas particulares.
Tal vez una de las causas de este distanciamiento se encuentre en la propia sociedad contemporánea. Vivimos en una época marcada por la inmediatez, el exceso de información y la valorización de la imagen en detrimento de la reflexión. La lectura de extensos textos filosóficos se ha vuelto menos común. El estudio exige disciplina, mientras que el entretenimiento ofrece recompensas instantáneas. Naturalmente, este cambio cultural también alcanza a las instituciones tradicionales, incluida la Masonería.
Otro factor puede estar relacionado con la forma en que algunos candidatos son presentados a la Orden. En lugar de conocer su dimensión filosófica e iniciática, muchos reciben la impresión de que encontrarán un ambiente de influencia social o de oportunidades profesionales. Cuando esta expectativa se crea desde el principio, resulta difícil despertar posteriormente el interés por el verdadero trabajo interior.
También corresponde a los líderes masónicos una parte de la responsabilidad. Una Logia que incentiva la producción de trabajos, promueve ciclos de estudio, valora el simbolismo y estimula el pensamiento crítico tiende a formar hermanos más comprometidos con la esencia de la Orden. Por el contrario, cuando la administración concentra sus esfuerzos únicamente en la organización de eventos sociales, inevitablemente transmite a los nuevos miembros un mensaje equivocado sobre las prioridades de la institución.
Recuperar la esencia de la Masonería no significa abandonar la modernidad ni eliminar los momentos de convivencia. Significa devolver a cada elemento su lugar correspondiente. La confraternización debe continuar existiendo, pero como consecuencia de la fraternidad construida dentro del templo. Los contactos profesionales pueden surgir de manera natural, pero jamás deben constituir la razón principal para vestir un mandil.
La Masonería continúa poseyendo un extraordinario patrimonio filosófico. Sus símbolos siguen siendo actuales porque tratan sobre la naturaleza humana, la búsqueda de la verdad, la lucha contra los propios defectos y la construcción permanente del carácter. En una sociedad cada vez más polarizada, superficial e inmediata, quizás su misión sea hoy más necesaria que en siglos anteriores.
La pregunta que cada masón debería hacerse no es si su Logia ofrece una buena cena, un excelente bar o una amplia red de contactos. La verdadera pregunta es mucho más profunda: al salir del templo, ¿me estoy convirtiendo en un hombre mejor que aquel que entró?
Si esta respuesta vuelve a orientar nuestras acciones, la Masonería Brasileña podrá recuperar plenamente aquello que siempre ha constituido su mayor riqueza: formar hombres libres, conscientes, estudiosos, virtuosos y comprometidos con los grandes ideales de la humanidad. Después de todo, una Orden que nació para pulir a los hombres no puede permitir que el brillo de sus principios sea opacado por la comodidad de la superficialidad.