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Belerofonte (III)


  • Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

No se había alejado Belerofonte a gran distancia de las estribaciones de la montaña donde vivía Quimera, cuando desde el aire divisó un poblado sobre el que observó una fina columna de humo, señal inequívoca de que en aquel lugar existía una forja.

Al descender a lomos de su alada montura en el ágora de aquella pequeña ciudad, los habitantes que por allí deambulaban a esa hora, presos del pánico, huyeron a esconderse en sus casas y así, a través de las calles desiertas, se acercó el héroe hasta la fragua donde encontró al herrero que, ajeno a lo sucedido ha poco en el exterior del taller, le dio una cordial bienvenida y le preguntó qué servicio podría por ventura ofrecerle. Belerofonte, rememorando las instrucciones que Hermes le había dado, le pidió que le fabricara una afilada punta de lanza, del plomo más puro, y que la fijara con una abrazadera bien ajustada a la pulida asta de fresno que le mostró.

Con su nueva arma en las manos, remontó de nuevo el héroe el vuelo dispuesto a enfrentarse, esta vez ya a vida o a muerte, a la abominable bestia triforme.

No sorprendió a Quimera la aparición del enojoso rival, antes bien, encaramada a un prominente risco que protegía el acceso a su negro cubil, lo saludó con una prolongada lengua de fuego que rozó los veloces cascos de Pegaso mientras éste, sobrevolando en círculos a la fiera, buscaba el mejor ángulo para que su jinete pudiera arrojar con acierto la pesada pica que ya levantaba en su diestra.

Fue justo entonces, en el instante preciso en que la cabra que sobresalía del lomo se revolvía dispuesta a vomitar otra llamarada mortífera, el momento buscado por Belerofonte para lanzar con todas sus fuerzas el venablo hacia las fauces abiertas de la cabeza de león, la mayor de las tres.

La lanza penetró por la rojiza garganta y fue a clavarse de tal modo en su interior que, cuando Quimera encendió sus entrañas para expulsar otra ardiente bocanada, la combustión empezó a derretir la moharra de plomo que se alojaba en su estómago; y así, entre insufribles estertores rugía, balaba y silbaba aquel horrendo prodigio, al sentir cómo todo su cuerpo, de dentro hacia afuera, se iba abrasando sin poder ponerle remedio.

Y como en un crisol encendido el más duro metal se diluye bajo el soplo violento del fuelle, antes de ser amartillado sobre el yunque vibrante, de un modo semejante Quimera desapareció fundida entre hervores y, de ella, sólo quedó un charco incandescente de lava que, poco a poco, fluyó colina abajo hasta perderse en una sima profunda.

A su regreso, Yóbates no daba crédito a lo que veían sus ojos, pues allá estaba, de pie ante su trono, triunfante, aquel joven que él había enviado a una muerte que creía segura.

Pasados tres días, el rey invitó a Belerofonte a una reunión, de extrema urgencia según se le dijo, a la que sólo asistieron los generales y nobles principales de Licia. En la sala escuchó a uno de los comandantes decir que los Sólimos, una belicosa tribu que poblaban las tierras allende el monte donde había vivido Quimera, envalentonados ahora por la muerte del monstruo, realizaban incursiones al este del reino y convertían en esclavos a cuantas gentes aprisionaban en las cuidades y labrantíos que saqueaban con total impunidad.

Cuando el rey oyó las graves noticias, no dudó en volverse hacia donde el héroe se hallaba sentado y rogarle, con expresión compungida, su amparo inmediato, pues únicamente él, así lo expresó ante todos, podía cruzar en una mañana, a lomos de su portentoso caballo alado, tan largo trayecto y enfrentarse con éxito allí donde habían fracasado las tropas apostadas en aquella lejana frontera.

Tampoco se negó esta vez el joven a ayudar a Yóbates y a su pueblo y, con ese justo propósito, cabalgó a través de los cielos, sobrevoló unas tierras donde observó desconcertado que no existía rastro alguno de saqueo o reciente combate, o al menos eso le pareció desde la altura, y finalmente alcanzó el país de los Sólimos, los cuales, al verlo acercarse desde lo alto y reconocer en jinete y caballo a quienes habían derrotado y exterminado a la invencible bestia de la montaña, pues la fama de tamaña heroicidad ya se había difundido por todas aquellas regiones, emprendieron una rápida huida temerosos de que algún inmortal los hubiera enviado como castigo de alguna ofensa pasada.

A pesar de que el soberano contaba con los Sólimos, un pueblo de reputada fiereza, para acabar con la vida del infame extranjero, cuando supo de la segunda victoria de Belerofonte permaneció inmóvil en su trono, perplejo, asustado y, mal de su grado, admirado. Mas al igual que en un soleado prado un zagal, que con su perro vigila el rebaño, divisa en el horizonte un pequeño nubarrón de tormenta y, al poco tiempo, con el frío soplo de Bóreas, el cielo se cubre de nubes y una niebla grisácea envuelve a pastor y animales, así la admiración momentánea del anciano quedó obscurecida por el recuerdo de la deshonra sufrida por Altea, la mayor de sus hijas.

Con cierta precipitación maquinó el licio otra argucia y, a este fin, despachó un veloz mensajero para que saliera al encuentro del héroe y le informara de que el rey y su ejército se habían vistos obligados a partir hacia el norte, siguiendo el curso del Janto, debido a que un numeroso contingente de aguerridas amazonas había sido avistado cerca del lago Cabalis en dirección a la frontera de Licia. “Es por ello”, le repitió el heraldo a Belerofonte, “que mi Señor te pide que te adentres en su territorio y las ataques por la retaguardia, en tanto que él y sus tropas las frenan en su avance hacia el sur”.

Después de una breve parada, reanudaron Belerofonte y Pegaso el vuelo, esta vez en dirección al río Termodonte, dispuestos a enfrentarse a aquéllas en su propio país e impedir con esta estratagema que invadieran la tierra que ya se había convertido en su hogar.

Sin embargo, y al igual que le había sucedido en su incursión contra los Sólimos, no advirtió movimiento alguno de huestes en toda su ruta hacia el Ponto, sino que, bien al contrario, cuando llegó a Temistria, la capital de las amazonas, Dinómaca, su reina, lo recibió con todos los honores y le aseguró que no había ordenado ninguna expedición contra Licia e ignoraba cuáles podrían ser las razones de su rey para urdir tal mentira.

Durante el viaje de vuelta Belerofonte no dejó de pensar en las siempre apremiantes palabras de Yóbates y en lo que realmente había observado en el curso de las dos últimas misiones, y comprendió así, tras meditarlo, que aquél no sólo le había engañado, sino que, por circunstancias que aún no era capaz de entender, había puesto en riesgo su vida.

Pero entretanto el monarca, enterado del regreso del joven, no perdió ya más el tiempo en tramar un nuevo pretexto con el fin de acabar con su vida, antes bien, temeroso de que esta vez se hubiera dado cuenta de sus insidiosos ardides y que, a su llegada, buscara venganza, despachó con prontitud a un grupo de soldados selectos, aquellos a los que mejor podía confiar su salvaguarda, con el mandato expreso de aguardar emboscados al extranjero en el estrecho camino empinado que discurría entre la muralla de la ciudadela y la que rodeaba al propio palacio: en aquel paso debían sorprenderlo en la noche y matarlo de frente o con una artera puñalada en la espalda.

 


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