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Breve historia del discurso de aceptación


El presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo. El presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo.

El Tribunal Supremo propinó el pasado viernes, 11 de diciembre, el que parece ser el golpe definitivo a la estrategia trumpista de proclamarse vencedor de unas elecciones que declaró fraudulentas antes de que el primer votante estadounidense, un aldeano de Dixville Notch, Nuevo Hampshire, depositara su voto en la urna.

El Tribunal Supremo rechazó el viernes una demanda impulsada por el fiscal general de Texas para anular los resultados electorales de cuatro estados que fueron claves en la derrota del actual inquilino de la Casa Blanca y dejó prácticamente muerta la cruzada legal elaborada para revertir los comicios agitando el espantajo del fraude. La resolución se suma a la del martes anterior, que también rechazó un intento republicano en Pensilvania en la misma dirección, y deja claro que la más alta instancia judicial del país, de mayoría conservadora, no participará en la insólita campaña del mandatario para intentar permanecer en la Casa Blanca.

Si Donald Trump, convertido en el quinto presidente estadounidense que no ha sido reelegido en las urnas en los últimos 100 años, se niega a reconocer el resultado de las elecciones, será el primer candidato presidencial en romper con una tradición centenaria, la del llamado “Deliver Concession Speech”, la declaración de aceptación de resultados.

Quien es derrotado siempre habla primero y después habla el vencedor. Desde 1900, 32 candidatos derrotados en treinta elecciones presidenciales han aceptado de viva voz o por escrito la victoria de su rival.

 

«Hemos presentado la cuestión al pueblo estadounidense y su voluntad es la ley», escribió el demócrata William Jennings Bryan (en una foto de la campaña electoral) en un telegrama de 1896 al republicano William McKinley. (Dominio público). / Foto coloreada por El Obrero.

Aunque este reconocimiento de la derrota no tiene fundamento legal alguno, resulta crucial para demostrar un compromiso continuo con las transiciones pacíficas del poder y para indicar a sus votantes que deben aceptar la derrota y apoyar al candidato electo. La tradición de esa alocución se remonta a 1896, cuando el demócrata William Jennings Bryan reconoció la elección del republicano William McKinley a través de un telegrama en el que escribió: «Hemos presentado la cuestión al pueblo estadounidense y su voluntad es la ley».

Dos días después, el 5 de noviembre, el político de Nebraska, que luego presentaría su candidatura dos veces más con el mismo resultado, felicitó a McKinley mediante una carta personal. El mensaje conciliador de Bryan sentó un precedente fáctico en las elecciones modernas: el discurso de aceptación.

Desde entonces, los candidatos derrotados han reconocido la victoria de su oponente a través de comunicados públicos o de cartas privadas, incluso en el caso de los presidentes derrotados en el ejercicio del cargo. En 1912, por ejemplo, el presidente republicano William Howard Taft reconoció la victoria de Woodrow Wilson la misma noche de las elecciones, mientras que en 1932 el presidente republicano Herbert Hoover telegrafió sus felicitaciones y ofreció su ayuda al demócrata Franklin Delano Roosevelt el día después de que el gobernador de Nueva York ganara las presidenciales.

Con la llegada de la radio y la televisión, algunos candidatos emplearon las nuevas posibilidades que ofrecían esos medios. El demócrata Al Smith fue el primero en felicitar por radio al republicano Herbert Hoover después de perder las elecciones de 1928. Veinticuatro años después, al reconocer el triunfo de Eisenhower, Adlai Stevenson abrió el camino para la televisión.

En 1960, Richard Nixon, que como vicepresidente con Eisenhower presidía el recuento en el Senado de los votos de los colegios electorales que proclamaron la victoria final de John F. Kennedy, tomó la palabra para decir: «Confío plenamente en que nuestro pueblo, republicanos y demócratas, apoyarán a nuestro próximo presidente», antes de felicitarse por el éxito del proceso democrático y de concluir con la promesa de seguir luchando por las ideas de su partido.

En las elecciones presidenciales de 8 de noviembre de 1916, el republicano Charles Evans Hughes creyó haber ganado las elecciones, como informaron erróneamente algunos periódicos, entre otros este, de Portland, Maine. Hughes tardó dos semanas en reconocer la victoria de Woodrow Wilson. (Colección de Eric C. Caren).

Algunos candidatos perdedores adoptaron un tono menos conciliador. Por ejemplo, en 1916, el republicano Charles Evan Hughes tardó dos semanas en conceder la victoria al ya presidente Woodrow Wilson. De hecho, como está haciendo Trump estos días, Hughes acusó de fraude a su rival antes de declarar a regañadientes: «A falta de una evidencia de fraude, no se debe denunciar tal cosa para enturbiar el mandato del próximo presidente de los Estados Unidos».

Otro candidato perdedor poco amable en la primera de sus tres derrotas, la de 1944, el republicano Thomas Dewey, desafió la tradición al negarse a felicitar personalmente al presidente Franklin D. Roosevelt. El ya presidente demócrata se enteró de la concesión de su oponente a través de la radio. En respuesta, Roosevelt envió a Dewey un telegrama lacónico en el que decía: «Le agradezco su declaración, que me trajo el aire hace unos minutos».

Quizás el ejemplo más prolongado de un discurso de concesión presidencial data de 2000, cuando Al Gore llamó a George W. Bush para admitir la derrota; horas más tarde, Gore se retractó después de enterarse de que los medios de comunicación habían dado por definitivos los resultados de Florida. La impugnación terminó a mediados de diciembre, momento en el que Gore pronunció lo que puede considerarse el paradigma de los discursos de aceptación. Su discurso lo tenía todo: broma inicial, felicitaciones, aceptación del resultado, una oración, una llamada a curar las heridas y ni un solo lamento.

En su alocución, Gore escribió: «Hace casi siglo y medio, el senador Stephen Douglas le dijo a Abraham Lincoln, quien acababa de derrotarlo por la presidencia: “El sentimiento partidista debe ceder ante el patriotismo. Estoy con usted, señor presidente, y que Dios le bendiga”. Bien, con ese mismo ánimo le digo al presidente electo Bush que ahora lo que queda del rencor partidista debe ser dejado de lado, y que Dios bendiga su administración de este país».

Al día siguiente de su toma de posesión, Donald Trump confesó que no tiene tiempo para leer libros. Sería bueno que alguien le leyera algunos de los conciliadores ejemplos de otros candidatos que le precedieron en circunstancias similares, recogidos en Almost President: The Men Who Lost the Race But Changed the Nation (Lyons Press, 2011), un libro en el que Scott Ferris traza el perfil de una docena de hombres que se postularon para la presidencia de Estados Unidos y perdieron, pero que, incluso en la derrota, tuvieron un mayor impacto en la historia de Estados Unidos que muchos de los ostentaron la Presidencia, porque ayudaron a sostener los cimientos de la democracia estadounidense.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.