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Don´t look up: un breve tratado de la estupidez humana


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Terminada la visión de Don’t look up (No mires hacia arriba), la película de Netflix de la que se volverá a hablar probablemente en la ceremonia de los Óscar y con toda seguridad en la de los Globos de Oro, me acuerdo de dos libros: La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, y de Las leyes básicas de la estupidez humana, de Carlo Maria Cipolla.

¿Una película sobre un cometa que se precipita hacia la Tierra y nadie hace nada al respecto? No mires arriba es una sátira. Pero, para abrir los ojos a la gente y evitar la destrucción del planeta, es también la herramienta más acertada que conozco para difundir la terrible falta de respuesta de la sociedad a la emergencia climática.

Valiéndose de un elenco pluri galardonado con varios óscares (Meryl Streep, Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence, Cate Blanchett, Mark Rylance en una especie de Steve Jobs/Elon Musk), algún Grammy (la cantante Ariana Grande) y secundarios más que sobrados (Tyler Perry, Timothée Chalamet, Ron Perlman, Jonah Hill, Scott Mescudi, Melanie Lynskey, Chris Evans), el polifacético Adam McKay (guionista ganador del Oscar por La Gran Apuesta) y el columnista de The Guardian David Sirota han rodado No mires hacia arriba con el que parece ser un único objetivo: ridiculizar todo tipo de ideologías y figuras de poder, al capitalismo y al militarismo… hasta llegar a exponer que la estupidez humana, idiotizada por las redes y manipulada por los intereses económico-políticos de los medios, no tiene límites.

«En la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón», escribió Mario Vargas Llosa. Conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, la mayoría de los pensadores ha optado por la discreción o la abstención en el debate público.

Los estúpidos perjudican a los demás sin obtener a cambio ningún beneficio. Esa es la regla de oro que el economista italiano Carlo Maria Cipolla enunció a mediados de los años setenta, pero que sigue vigente hoy: la estulticia es atemporal. Su breve texto, Las leyes básicas de la estupidez humana, una de las grandes piezas de filosofía satírica de la segunda mitad del siglo XX, avisaba a los lectores sobre el gran peligro social que suponen los estúpidos. Se entiende, claro está, que ni Cipolla ni el propio lector serán uno de ellos, aunque las estadísticas digan lo contrario.

Esos libros y la película van dirigidos contra todo aquello que nos impide pensar, discurrir, dudar y razonar. En tiempos del más obtuso populismo y de las frivolidades de la posverdad, unos y otra son muy oportunos y actuales, pero sobre todo inteligentes y con grandes dosis de sentido del humor. Satirizan bien la realidad en la que vivimos, no dejan de dar puntada sin hilo sobre el tipo de sociedad nihilista, pasiva, caprichosa, egoísta e indiferente que campa en todos los niveles de la vida real, y se ceban también con las grandes corporaciones, los medios de comunicación, las redes sociales, los poderes económicos y la clase política.

La película aparece anunciada como una continuación del “nuevo humor” del cine estadounidense, pero es mucho más que eso. Puede ser cómica si se convive con lo sardónico y cruel, pero es realista y creíble en todos sus gags y diálogos. Es una comedia con una crítica a nuestra sociedad en general, no solo a la clase política. Se puede hacer una perfecta equivalencia entre ese meteorito y la actual pandemia con la misma conclusión: ¡estamos vivos y hay que aprovecharlo!

Atravesada por todo el cinismo del siglo XXI que nos toca vivir, la película pone en solfa toda la cultura estadounidense, desde la Casa Blanca y sus ocupantes hasta el mundo de los científicos, los militares, las corporaciones de nuevas tecnologías y, también, los ciudadanos comunes, jóvenes, maduros, ancianos, todos ellos protagonistas directos o indirectos del fin de mundo. En la película hay estacazos para todos, para la política, para los medios de comunicación, para los que sitúan la creación de empleo por encima de cualquier otra consideración y sobre todo para las redes sociales, sus insoportables dueños y también para quienes las consumimos, es decir...nosotros.

Por momentos todo es tan absurdo y frenético que la película parece la parodia de sí misma. No es la contaminación, el virus o las hambrunas; es simplemente un meteorito que se estrellará contra la tierra y como nadie, desde los que habitan las sedes de poder hasta los jóvenes marginales y marginados que malviven en callejones sórdidos, cree en ello, se dedican a ver programas inanes en la televisión y a bombardear las redes sociales con simplezas.

En esa visión del apocalipsis el director se burla de nuestra obsesión por los quince minutos de fama, de la incapacidad de escuchar a la voz contundente de la ciencia, del derroche de corrupción e imbecilidad de políticos, periodistas y de cualquiera que se muestre incapaz de “mirar hacia arriba” o en cualquier otra dirección donde la verdad esté mostrando su rostro. En un derroche de humor negro muy bien construido, al final, los que sí miran hacia arriba terminan en la eterna dicotomía de no saber si reír o llorar.

La película trae consigo también el eco de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú de Stanley Kubrick y Peter Sellers, que desconcertó y fascinó por igual en 1964, exactamente como se divide el público ahora por esta película, mordaz, crítica, comprometida y además divertida. Una de esas notables películas estadounidenses como Ciudadano Kane, Espartaco, The company men, Wall Street. El dinero nunca duerme o Senderos de Gloria, que expresan, que transmiten, que te hacen reflexionar, que van más allá del simple entretenimiento fácil y comercial.

Está claro que es una gran producción y que funciona dentro del sistema como un producto más, pero hay que saber ver que esta película, como todas las películas y todas las obras de arte, están diseñadas finalmente, en el fondo o en la superficie, para el entretenimiento. La vida real siempre es más descarnada y brutal. No se trata de una película sobre cómo respondería la humanidad a un cometa que podría acabar con el planeta. Es una película sobre cómo está respondiendo la humanidad al cambio climático que está acabando con el planeta.

Está también muy claro que a mucha gente no le gustara porque simplemente refleja la realidad de nuestra sociedad moderna, aunque con otro tipo de catástrofe, porque el letal meteorito que sostiene la película es realmente una metáfora del cambio global que vemos venir e incluso sabemos cuándo llegara y lo que sucederá. La animadversión que genera en algunos es precisamente eso: a nadie le gusta ser criticado por lo que cree, lee o consume; nadie quiere escuchar que su vida no tiene sentido.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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