En 1898 perdimos nuestras últimas colonias de ultramar, y gran parte del pueblo, empobrecido, pasaba hambre. La enseñanza, a finales del siglo pasado, se encontraba en un estado caótico. Según la legislación debía ser obligatoria y gratuita, para los que no pudieran pagarla, pero la precaria economía no permitía atender las necesidades escolares. Faltaban escuelas, y las que había, instaladas en locales deficientes y sin patio para recreo, no reunían las mínimas condiciones higiénicas ni pedagógicas. Los maestros carecían de la debida preparación pedagógica y estaban mal pagados económicamente y mal considerados socialmente. Se veían obligados a recurrir a los métodos tradicionales de la enseñanza muy criticados por los nuevos postulados de la Escuela Nueva, pues, debido a la falta de espacio, los alumnos permanecían hacinados en un ambiente perjudicial para la salud, durante las horas de clase. Se carecía del material didáctico necesario, por lo que, en muchas ocasiones, el maestro era casi el único recurso disponible. Los políticos, conocedores de la situación se veían impotentes para resolver el problema. Como consecuencia de ello más de la mitad de la población era analfabeta, ocupando España, junto con Rusia, los peores lugares entre los países europeos.1