El ladrón
- Escrito por Francisco Pezoa
- Publicado en Poetas
Es una tarde invernal:
cesó la lluvia inclemente,
í se ajita levemente
un vientecillo glacial.
La campiña se alboroza
al fulgor de la escampada,
i tras la recia nubada
surje el arco de oro i rosa.
El pueblo afluye contento
a la calle, i algún carro
rueda salpicando barro
por el ancho pavimento.
I cuando todo parece
animación i alegría
una figura sombría
el panorama entristece.
Trémulo el paso, delante
de un polizonte montado,
marcha un pobre maniatado,
ñaco, i pálido el semblante.
Lleva el andrajo en jirones,
i estila un sudor dé hielo,
doblegándose al flajelo
de sus cien desolaciones.
Deja un sangriento reguero,
qué con lodo se confunde,
su pié que desnudo se hunde
en el fangoso, sendero.
La brisa helada le azota,
salta el barro i le escarnece,
i su cuerpo se estremece,
i su andrajo se alborota.
Inspira gran compasión,
tanta miseria contrita,
i entre la turba se ajita
este rumor: «El ladrón!»
I entre tanto, piensa él
en una historia ignorada,
i en la sed de su jornada
bebe lágrimas de hiel.
Piensa en su rancho lejano,
en su prole abandonada,
en su esposa tan amada,
i en su padre tan anciano.
Piensa que fué el mas honrado
entre los mozos del fundo,
donde abrió el surco fecundo,
i segó el trigo dorado.
Piensa en sus rudos empeños
por conquistar el cortijo,
que regaron padre e hijo
en provecho de sus dueños.
Piensa también que llegó
una estación mui lluviosa,
que faltó pan en su choza,
i vino al pueblo i robó.
I piensa, en fin, con quebranto
en tantos dias sin calma,
i en tantos hombres sin alma
que acaso burlan su llanto.
Mas, no piensa que vendrán
otros hombres i otros días,
que en un mar de rebeldías
los pueblos enmendarán...
I que entonces, sublevados,
muchos honrados ladrones
habrán de colgar millones
de los ladrones honrados.