Alarde de empatía (o las comparaciones son odiosas)
- Escrito por Sergio Iborra
- Publicado en Poetas
Actos solemnes, misas,
declaraciones oficiales,
funerales de Estado,
minutos de silencio,
banderas a media asta,
saturación en las noticias,
desplazamientos a la zona
para seguir minuto a minuto
curioseando en lo íntimo,
en los proyectos e ilusiones
de esas ciento cincuenta vidas
truncadas por un loco
-ahora todos dicen que era un loco
y se hurga impunemente en sus cajones-
sacrificadas
inmoladas
en medio de los Alpes,
entre las yermas cumbres
que vieron su silencio roto
por un horror inconcebible;
y en un alarde de empatía
pensamos que cualquiera de nosotros
podría haber sido uno de ellos,
y nos espanta comprobar
lo frágiles que somos
y cuánto de azar rige nuestras vidas.
Pero pasan los días, la noticia aburre
y nuestra angustia se diluye
como también lo hicieron
la gripe A
y el ébola.
Poco a poco, sin darnos cuenta,
los días son semanas,
ya un mes casi.
Sumidos en las aguas de la indiferencia,
engullidos sin piedad por las olas,
se ahogan setecientos en la fosa
común donde África se arroja
un día
y otro día
y otro
desesperada.
Aquí no hay empatía, ni actos solemnes,
ni misas, ni minutos de silencio,
ni vergüenza, ni un mísero euro.
Aquí nos encogemos de hombros
y sin rubor miramos para otro lado
buscando la evasión en las pantallas,
en un nuevo capítulo de Juego de Tronos
o en la enésima entrega del Madrid-Barça.
Ahora no habla nadie de locos.
Ahora no habla nadie.
Aquí no se hurga. No interesa hurgar
en el pasado de estos desgraciados.
Solo eran negros, putas, moros.
No eran personas.
No como nosotros.
Ésos no merecían un futuro,
aunque sus ganas de tener futuro
fuesen mayores que su miedo.
No eran personas.
Eran escoria.
Basura. Mierda.
Europa debe protegerse de ellos.
Si no mirase nadie muchos tirarían
de la cadena;
a muchos otros les daría igual
que los mirasen.
(Del libro El Arpa de Ur)
Sergio Iborra
De la biografía de Sergio Iborra (1975), madrileño afincado en Rivas-Vaciamadrid desde hace más de tres lustros, cabe destacar que es licenciado en Economía y funcionario de la Comunidad de Madrid; dos rasgos circunstanciales pese a los cuales ha conseguido ser dramaturgo (y ocasionalmente actor teatral y de cortos cinematográficos), y ver publicados un par de poemarios (Discurso del Polvo, 329, Ed. Endymion; y El Arpa de Ur, 790, Ediciones Vitruvio), con los que espera no haber sido indigno de la milenaria tradición literaria en castellano.