Un hecho
- Escrito por Ricardo Olarte
- Publicado en Poetas
Queríamos que el mísero salario
se aumentase unos céntimos;
que la brutal jornada
de aquel trabajo abrumador, horrendo,
disminuyese al día unos minutos
por dar algún descanso á nuestros cuerpos.
Estas más que mezquinas peticiones,
corteses elevamos á los dueños
de aquella inmensa fábrica, que ha sido
como un monstruo voraz y gigantesco
cuyo vientre insaciable ha devorado
varias generaciones de los nuestros.
No fuimos escuchados. Como siempre,
á nuestras peticiones el desprecio
tan sólo respondió. Que los patronos
son gente que no tienen sentimiento;
viven en otro mundo, en otro ambiente,
y no comprenden, en su orgullo ciego,
que un poco de lo mucho que nos quitan
á exigirles lleguemos á atrevernos
Ante la negativa patronal, nosotros
á la calle nos fuimos, prometiendo
no volver á la fábrica
hasta que la victoria consiguiésemos.
Pero las deserciones
de algunos miserables impidieron
el triunfo, y juntamente con el hambre
que abatió los espíritus más tensos
hicieron que perdiéramos la huelga;
hicieron fracasar un movimiento
en el que hubimos de poner nuestra alma
y nuestra voluntad. Fueron volviendo
uno tras otro hacia la odiosa fábrica,
al trabajo otra vez, mis compañeros.
Algunos—pocos—jóvenes, robustos,
de carácter entero,
antes que claudicar, abandonaron
esta tierra, á su patria maldiciendo
por ser cobijadora
de ladrones sin freno,
y en cambio estéril, infecunda y áspera
para todos aquellos
que, trabajando sin descanso, riegan
con amargo sudor su ingrato suelo.
Yo no pude partir, ¡que estaba atado
á esta tierra maldita por el nexo
de un hogar de dolor y de miseria,
donde estaban muriendo
mis pobres chiquitines, parecidos
á polluelos hambrientos
de una infeliz nidada
que aun no podían levantar el vuelo,
y la hembra, mi mujer, la compañera
de los días adversos,
la que unió á mí el amor con un grillete
que remachó el dolor y el sufrimiento,
febril, exangüe, las pupilas turbias
de sus ojos, que un tiempo
tuvieron, ¡ay, la clara transparencia
de un lago en calma; que eran el espejo
donde se reflejaban mis amores,
mis alegrías, mi pasión, mi anhelo!...
También fuéme preciso ir á la fábrica
á demandar el puesto
que ocupaba antes de estallar la huelga.
Volví triste, humillado, macilento,
con la actitud doliente del vencido,
en la forma sumisa con que un perro
se presenta ante el amo que le hiere
á cambio de un mendrugo ó de algún hueso.
Mi triste situación conté al patrono;
debí de suplicar... Sólo recuerdo
que la estridencia de un reir sarcástico
y que el burlón acento
de estas crueles palabras, en mi oído
causaron la impresión de un choque eléctrico:
—Para ti no hay trabajo. ¿No decías,
azuzando á los otros, altanero,
que erais la fuerza, que era de vosotros
la razón y el derecho,
y que al cabo saldríais vencedores
en vuestro loco empeño?
¿Y hoy pretendes que yo te dé trabajo?
¿Que me apiade yo de tus hijuelos?
Pues no hay trabajo, amigo, te repito.
¿Qué se me importa á mí de tus muñecos?
Si sois muchos en casa y tenéis hambre,
pues... comeos alguno... al más pequeño...
Al oir tal infamia
vibró todo el cordaje de mis nervios,
se inyectaron en sangre mis pupilas,
sentí que se erizaban mis cabellos,
y por todo mi ser, como un torrente,
corrió de lava hirviendo,
y cual si el odio en ignición brotase
por el cráter abierto
en mí, por las palabras miserables
del miserable aquél, púsome un velo
de sangre por delante de los ojos,
armó mi brazo con impulso fiero
y, tan sólo de un golpe, mi cuchillo
hasta el mango le hundí dentro del pecho.
Cayó pesadamente,
y al chocar con el duro pavimento
su cuerpo resonó con un son lúgubre
que distendió mis nervios.
Pero no tuve lástima
ni me turbó el menor remordimiento,
porque fué él quien se busco la muerte;
él fué quien temerario, idiota, ciego,
el rayo provocó que fulminóle;
despertó en mí la fiera que hay adentro
de todo ser humano, adormecida,
y ésta le trituró sin miramiento;
hostigó mi iracundia, el ruin, burlándose
de mi debilidad, y ya estáis viendo
que fui más fuerte que él, que cayó inerte
y sin vida á mis pies, ¡pues que aún aliento!
Este hecho de mi vida
puede servir de ejemplo
á patronos que créense intangibles,
que suelen, despectivos y soberbios,
burlarse de la clase proletaria.
Sepan que al brazo obrero
aunque débil está, sobrante fuerzas
para empuñar el hierro
que dé sanción á torpes vejaciones
sus vidas infecundas destruyendo.
(Vida Socialista, junio de 1911)