A una monja
- Escrito por Belén Sárraga
- Publicado en Poetas
Dime, mujer, la de la blanca toca;
la del ropaje, cual la noche, negro;
la que huyendo del mundo á los azares
se escudó tras la reja del convento.
¿Es tal tu religión, que el egoísmo
se proclama en su dogma, cual precepto?
Pues suspende tus rezos un instante
y escúchame, que para hablarte vengo
¿No sabes que el trabajo es ley de vida?
¿No ves, mujer, cómo trabaja el pueblo
para ganar, con su sudor honrado,
el alimento que precisa el cuerpo?
¿No ves cómo trabajan sin descanso,
más arriba, también, allá en lo inmenso,
millares de astros que en veloz carrera,
girando en incansable movimiento,
lentamente ejecutan esa eterna
continua evolución del Universo?
¿Y eres tú la sola en todo el orbe
que á vivir sin trabajar tienes derecho?
¿Quién te dijo, mujer, tales sofismas?
¿Quién te dijo que puede un ser terreno
Infringir esa ley de la Natura,
una excepción en su favor haciendo?
Si de Dios en el nombre te lo han dicho,
de ese Dios en el nombre te mintieron.
Sin la lucha no ha progreso; tú no luchas.
¿Y aun te figuras de virtud modelo?
Di, ¿no recuerdas cuando allá, en tu aldea,
tu buena madre te meció en su seno?,
la misma, que hoy anciana y achacosa,
aún llora tu abandono y tu despego.
¿No recuerdas jamás aquellos días
En que tu padre, á su trabajo atento,
marchaba con el alba y regresaba
cuando el sol se ocultaba en el otero,
en tanto que tu madre, enamorada,
cuidaba de su hogar, bello y risueño?
¿Y olvidaste también sus sufrimientos
el día en que tú, enferma y moribunda,
respirabas sin vida y sin aliento?
Pues bien, tu madre, sin rezar apenas,
sola, cual bien, su misión cumpliendo,
es el ejemplo de mujer cristiana
la ley moral que guardaba sus preceptos,
reasumidos en estas breves frases:
¡Inmenso amor, trabajo, sufrimientos!
Pero, ¿qué entiendes tú de estas verdades.
Ni á qué evocaren ti santos recuerdos,
Si ya tu corazón el fanatismo,
con su dura coraza lo ha cubierto?
Tú crees justo vivir entre la holganza,
parapetada tras el negro velo,
sin comprender que lo que tú disfrutas
lo arrancas del sudor á todo un pueblo.
¿Y te figuras que con él ayuno,
maceraciones, súplicas y rezos
ganas mejor la gloria, ¡desdichada!,
que al pie di- su taller el rudo obrero?
Pues, escúchame bien; cuando tú sepas
lo que es el puro amor, sagrado y tierno,
de los hijos que velan por sus padres,
su ancianidad amantes sosteniendo;
cuando en el mundo sola, sin amparo,
hayas luchado con valor intenso
por defender de tu virtud el brillo
contra la sed, el hambre y el deseo:
cuando hayas sido madre, y á tu hijo,
pedazo de tu alma, viendo yerto,
el último estertor de su agonía
recojas en tu boca con un beso,
sintiendo que se lleva con su vida
toda la vida que alentó tu pecho;
cuando hayas apurado la amargura
del cáliz de la vida y su veneno,
y sepas cómo inclinan los dolores
hacia la tierra el desgastado cuerpo,
entonces, solamente entonces, no lo dudes,
engrandecida por los sufrimientos,
tendrás ganado, por derecho propio,
los más hermosos y anhelados cielos.
(Vida Socialista, agosto de 1912)