¿Cuento o historia?
- Escrito por Francisco Baygorri
- Publicado en Poetas
Empiezo confesando francamente
que no sé si esto es cuento ó si es historia.
¿Qué más da? Lo esencial es que lo cuente.
Y así, pues, os diré, que allá en Oriente,
y en un reino llamado... ¡qué memoria!
¡Vaya, que no me acuerdo! En fin, decía
que en un reino de Oriente, existió un día
un monarca temido y poderoso,
sanguinario, tirano y ambicioso.
¿Os sorprende? Fué rey porque esa diosa
voluble y caprichosa
que llaman la Fortuna, protegióle,
y el don de la realeza
en cuanto vino al mundo concedióle,
poniendo una corona en su cabeza
y en sus manos un cetro, y es sabido
que igual que ese fué rey, ¡lo han sido tantos
de los monarcas que en el mundo ha habido!...
Su Consejo y su Corte
era una turba vil de aduladores
como él, sin dignidad, sin otro norte
(pues en esto los tiempos no han cambiado)
que alcanzar de aquel monstruo los favores
que prodigaba osado
á costa de su pueblo que sufría
su tiránico yugo, resignado,
ansiando ver al fin nacer el día
en que cambiando su perversa suerte,
pudiera á todos condenar á muerte,
haciendo así cesar tal tiranía.
Y dicen que una tarde en que se hallaba
solitario el monarca y aburrido,
hallóse sorprendido
por la entrada en la cámara en que estaba,
de un hombre casi enano, jorobado,
de semblante grotesco,
que vestido con traje arlequinesco
de cien mil cascabeles salpicado
que al aire daban su vibrar sonoro,
acercóse hasta él pausadamente,
y después de sentarse á estilo moro
quédesele mirando irreverente.
No pudo el rey disimular su enojo
al verse interrumpido
por aquel personaje estrafalario,
y con tono altanero, autoritario,
que hubiera hecho temblar al más valiente,
le dijo enfurecido:
—Ridículo bufón, monstruoso ente,
¿quién te ha dicho que vengas?
—¿Quién? Yo mismo.
Contestóle el bufón con gran cinismo.
Quiso el rey de valor hacer alarde;
mas como era tirano y sin conciencia
y nos ha demostrado la experiencia
que todo el que es tirano es un cobarde,
dirigió al pavimento su mirada,
rehuyendo la que, con osadía,
como daga acerada
el deforme bufón le dirigía.
Calláronse los dos: reinó un instante
en la estancia un silencio pavoroso,
y fué un cuadro sublime, emocionante,
ver á un rey tan soberbio y orgulloso,
sumiso ante aquel ser raro, monstruoso,
de cuerpo enteco y corazón gigante.
AI fin dijo el bufón con ironía:
— Gran monarca, sabia
que estabas aquí solo, entristecido,
y he querido venir para contarte
un cuento que yo creo que es vivido,
y el cual no sé si llegará á agradarte.
Yo pondré cuanto pueda de mi parte
á fin de hacer que cese vuestro enfado.
Es el caso, señor, que en la Bengala,
que es de !a India región feraz y hermosa,
cuyo ambiente está siempre perfumado
con el aroma embriagador que exhala
su flora lujuriosa,
un cazador indígena famoso
tenía aprisionado un tigre hermoso
de piel con rayas negras y amarillas,
que cazó en un junglar situado á orillas
del Ganges caudaloso.
Aun cuando él lo cogió siendo pequeño,
sólo pacientemente
y á fuerza de trabajo y de destreza
dominó su fiereza
haciéndole sumiso y obediente,
y ya tan manso fué, que diariamente
en su prisión
sin prevención entraba,
y lo mismo que á un perro acariciaba.
Y cuando el tigre se mostraba Inquieto
sintiendo renacer algo adormido,
y lanzando un rugido
miraba al cazador en son de reto,
mordiendo, con fiereza, de su encierro
los barrotes de hierro,
entraba el cazador con valentía
en la jaula, llevando solamente
una barra candente,
y allí solos los dos, con sangre fría,
esquivando sus garras afiladas
cual púas aceradas,
tras de breve luchar le sometía.
JVlas según un refrán nos ha ensefl.ii'.o,
sebemos que es muy fácil que peligre
aquel que es sumamente confiado;
asi, pues, sucedió que un día el tigre,
al ser con gran exceso castigado
con la barra candente
sin motivo para ello, solamente
por el placer de someterle luego
al sentir del castigo la dureza,
recobró su fiereza,
y sediento de sangre, echando fuego
por sus grandes pupilas dilatadas...
—¿Qué fué lo que hizo?—preguntó el monarca
con las manos crispadas
y que nervioso, sin cesar movía;
y el bufón contestó: —Lo que debía.
Arrolló al cazador, y á dentelladas
terribles y zarpazos,
con furor sin igual hizo pedazos.
intentó hablar el rey; mas un estruendo
que en el mismo palacio resonaba
y que á cada momento Iba creciendo,
impidió que lo hiciera, y aturdido,
en tanto que empuñaba
su daga bien templada y de valía,
preguntóle al bufón: --¿Qué es ese ruido?
Y el bufón respondió con voz sombría:
— Es el tigre; es el pueblo que, furioso
porque tú sin cesar le has maltratado,
el palacio ha asaltado,
y quiere darte muerte, rey odioso.
Y apenas dijo tal, dio un salto enorme
aquel hombre raquítico y deforme,
y clavó su puñal con pulso cierto
en el pecho del rey, que cayó muerto.
Así acabó aquel rey tan poderoso
de funesta memoria,
sanguinario, tirano y ambicioso.
Decid: ¿Será esto cuento? ¿Será historia?
(Vida Socialista, mayo de 1912)