La gran revolución
- Escrito por Emilio Gante
- Publicado en Poetas
(Fantasía)
I
¿Cuál estridente ruido,
que enardece el oído,
resuena entre la abigarrada gente
que puebla este planeta envejecido?
¿Es polvo, y humo, y fuego...
las negras nubes de matices rojos
que el horizonte ocultan á los ojos?
¿Cuál asfixiante aliento,
de gases, de vapores,
cálido esparce por doquier el viento?
¿Cuál extraños temblores
trepidan en el suelo,
mezclándose á los gritos y lamentos,
al rudo batallar, á las descargas,
á la explosión, que aventa mil fragmentos,
al incendio que en rojas llamas cunde,
al estrago mayor que se imagina,
al nauseabundo olor á chamusquina?...
¡Es la lucha entre dos mundos vivientes,
entre dos ideales el encuentro,
opuestos, diferentes,
cada uno de los cuales
girando en torno de distinto centro:
son de la Humanidad clases rivales,
que en su loco furor, en su demencia,
llegaron á chocar con estridencia!
Alcázares soberbios,
templos, torres, castillos...
deshácense en pedazos
y ruedan por el polvo hechos añicos
al empuje de los curtidos brazos,
ó el fuego les calcina
y en pavesas y escorias les convierte,
¡en tanto que la muerte cadáveres hacina!...
La sangre el suelo encharca,
y por doquier se mire,
vese su ro¡a marca...
¡Y la hirviente multitud no ceja;
que sembrando el pavor y la congoja
entre la clase vieja,
va imprimiendo feroz la marca roja!
II
Horrorizados los hermosos ojos,
contempla los despojos
la reina Leopoldina:
—¡Oh tú, hombre sagrado—
le dice al pontífice más próximo -,
pide un milagro al Dios Omnipotente!
— ¡Cuando falta la fe, me está vedado!—
la responde el jerarca balbuciente.
Y dice á un general:
—¡Tu valor, general, pruébame al punto!
—¡Oh reina Leopoldina,
nada puede el valor sin disciplina!
Y dice á su cajero:
—¡Toma de mis millones
y cómprame la paz á cualquier precio!
—¡Señora, intento necio!
¿De qué sirve el dinero
cuando el trabajador dice: ¡no quiero?...
—¡A ver, mis consejeros!
¿Qué recurso en esta situación?...
—¡Reina; resignación!
III
Prosiguieron su curso los sucesos,
y todo acabó, al fin:
los nublos despejáronse en el cielo,
las auras endulzaron el ambiente,
la libre Humanidad sobreviviente
continuó de la vida en su festín.
La Reina... no lo fué; sus consejeros
dijéronla al oído una lisonja...
á la que ella respondió: ¡EMBUSTEROS!
Y siguió trabajando
en su tela, moderna Penelope.
El sol doró los campos y las mieses;
el gañán continuó tras de sus yuntas;
en los apriscos juntas
el pastor se encontró entre sus reses;
y no interrumpieron
su unísono rumor las grandes fábricas;
los múltiples talleres
siguieron alojando
niños y viejos, hombres y mujeres;
el artista prosiguió artistando,
el sabio no cesó en su empeño...
y la humana colmena,
al verse tan contenta y animosa,
parecía decir con faz dichosa:
¡TRABAJO PARA MÍ, NO PARA UN DUEÑO!
Y tú, ¡oh ex reina Leopoldina!,
la de los ojos como el arco iris,
la de belleza angelical, divina...
que dejas presurosa tu telar
para irte al Teatro Popular
asida á tu amante compañero...
¿La nostalgia del trono no te amohina?
—¡Ca me ha de amohinar; lo que prefiero
es el feliz vivir entre felices...
y no un mal reinar!
IV
Oh tú. Razón humana,
luz que en sí llevan los humanos seres,
un día brillarás, límpida, ufana,
menguando errores para dar placeres-,
la Ciencia y tú, los positivos cielos
que al Hombre se abrirán en lo futuro;
no falaces, cual los de los abuelos,
les colmarán de racional ventura,
y felices á vuestro fiel conjuro,
sentiránse de cuna á sepultura!
(Vida Socialista, agosto de 1912)