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La Casa del Pueblo


  • Escrito por Ricardo Olarte
  • Publicado en Poetas

Los obreros compramos una Casa del Pueblo.

Solos, con nuestro esfuerzo y con nuestra constancia,

poco á poco, pudimos juntar para ello, como

forman granos de arena, unidos, las montañas.

De lo que la unión logra, podéis ver en este hecho

una prueba rotunda, concluyente, palmaria:

En los viejos salones donde se oyera un tiempo

la voz de grandes proceres y linajudas damas,

que seres inviolables y omnímodos creíanse,

que en esclavizar gente solamente pensaban,

hoy, potente, resuena la voz de los obreros

que, enérgica y vibrante, la libertad proclama

de todos los dolientes, de todos los que sufren

la inicua tiranía que dividió á las razas,

que sojuzgó á los hombres, que obscureció su espíritu

y que, por modos múltiples, atormentó las almas.

Ved cómo ahora un vetusto caserón solariego,

que ha sido patrimonio de rancia aristocracia,

á poder nuestro viene, en él nos instalamos;

sobre él posar podemos nuestras plebeyas plantas;

y por los mismos ámbitos, de enrarecido ambiente,

donde flotaban antes ideas anticuadas,

flotan ideas nuevas, ideas redentoras

que, con fuerza invencible, por el mundo se expandían,

'levando á todas partes torrentes de energía

que adéntranse en el ánimo y el corazón inflaman

de todos los que tienen anhelos de justicia,

de todos los que alientan la grandiosa esperanza

de enterrar para siempre los odiosos regímenes

que hoy mantienen, por fuerza, la esclavitud humana.

El hombre ha construido edificios innúmeros

para ofrendar á dioses de religiones varías:

Los milenarios, magnos, pétreos templos egipcios

que aún su grandiosidad reflejan en las aguas

del caudaloso Nilo; los templos babilónicos;

las índicas pagodas donde se adora á Brahma;

los templos de la Hélade, donde raza de artistas

elevó el Arte á altura después no superada;

las árabes mezquitas; las catedrales góticas

que elevan al espacio sus agujas gallardas...

También ha construido edificios magníficos,

albergues de magnates, de reyes ó de papas.

Pero no pueden, de ellos, ninguno compararse

con nuestros Centros, horros de galas suntuarias,

que son como crisoles donde bullentes fúndense

al fuego de la idea las proletarias ansias

de igualdad, de justicia, de amor, de los que tienen

la conciencia de absurdos prejuicios libertada.

Aquí de la moderna religión del trabajo

el rito se celebra por la ruda palabra

de los rudos obreros que modela conciencias,

que forja voluntades, que los cerebros talla

con el cincel sublime del ideal fecundo

en que comulgan todos los que serenos marchan

hacia su redención. Y que la verdad muestra

gritando de este modo á los eternos parias:

«¡Alzaos, proletarios! ¡Un hálito rebelde

impúlseos con firmeza á romper ya las trabas

con que os han sujetado tanto tiempo á su arbitrio

esos detentadores de la labor humana,

gigantescos parásitos que á costa vuestra viven;

que su voraz estómago nutren de vuestra savia

y luchad con denuedo, que el triunfo será vuestro

si la unión, la firmeza, y la fe os acompañan

en la entablada lucha! Que si una casa vino

á manos de vosotros, también las demás casas

vendrán. Vendrán los campos, las ciudades, talleres,

los medios de transporte, las fábricas, las máquinas,

los instrumentos todos de producción. ¡Y entonces

la Humanidad veráse del todo emancipada!

Que nuestro Centro sea campo donde germinen

las semillas fructíferas que el pensamiento lanza

y de él salga un ejército de bravos luchadores

que aporten su concurso á la final batalla,

en que su muerte encuentre por fin la burguesía

y los obreros logren la redención humana.»

 

(Vida Socialista, mayo de 1911)

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