Del florilegio rebelde
- Escrito por Emilio Carrere
- Publicado en Poetas
I
Gomo hosco cortejo de podre y de harapos,
la ciudad en fiesta cruzan los hambrientos,
y sobre los pobres cuerpos, los guiñapos
son como banderas de angustia á los vientos,
El sol, en el triunfo de sus luces magas,
se espeja en las fuentes, enciende las rosas,
riela en los cristales y hierve en las llagas
e las lamentables carnes lacerosas.
Y clama sus cuitas el pálido enjambre:
-¿Por qué, bajo el oro del sol inmortal,
orece en visiones de crimen el hambre
y en llagas la carne doliente y sensual?
Mas ved que la turba se apiña á porfía
y olvida al doliente montón claudicante;
es que entre áureas trompas y clarinería,
pasa, envuelto en oros, el César triunfante,
¡sobre las preseas de altivos donceles
eae lluvia de flores de los miradores,
y huellan los cascos de inquietos corceles,
junto á los mendigos, la alfombra de flores.
Va el César seguido de sus cortesanos,
que son el florido plantel de la raza,
y junto al acervo de harapos humanos
desfila el cortejo. Va el César de caza.
II
Claman unos hombres de caras sombrías
con ojos que brillan igual que puñales:
-¡La vida no es buena; teje nuestros días
negros en las cárceles y en los hospitales!
-¡No es buena la vida; nuestra sangre riega
la cuartilla, el surco: es nuestro dolor
semilla de holguras; pero ella nos niega
un poco de pan y un poco de amor!
-¡La vida no es buena; cuando el alma rota
no siente un divino temblor de ideal,
cada hora que pasa es como una gota
lento y eterno dolor inmortal!
Es un santo día; va la clerecía
envuelta en sus áureas liturgias triunfales;
arde en las custodias la gloria del día
y arrastran su pompa las capas pluviales.
Incensa las almas un soplo eternal;
ciega la apoteosis radiante de luz;
todo ensangrentado su cuerpo trigal
va el divino loco clavado en su cruz.
Después ¡oh, prodigio!... La canalla ignara
cae de hinojos ante tanta majestad.
iComo un regio lirio, bajo la tiara,
pasa el Papa blanco de la cristiandad!
III
La noche, con mano rosada de hada,
flores luminosas borda en los espacios;
sordos á la angustia, su puerta dorada,
en la noche triste, cierran los palacios.
Pero hay en las sombras un rumor de mares
en furia, un hirviente silbar de ciclones.
las vindicativas rachas populares
tienen un magnífico rugir de leones.
Mientras, lentamente, cae desde la altura
con un milagroso fulgor nunca visto,
sobre las entrañas de la tierra dura,
como lluvia estéril, la sangre del Cristo.
(Vida Socialista, agosto de 1910)