El emigrado de 1823
- Escrito por Alberto Lista
- Publicado en Poetas
Huye, Ernesto infeliz; huye este suelo
que devora sus raros habitantes
y no conoce la virtud; do cubre
alma de tigre máscara alevosa
de religión mentida; do el perverso
en el nombre de Dios mata y sonríe,
y a su víctima insulta; do envenena
el vil error de la moral la fuente.
Ni el trono está seguro, ni la choza
de su furia infernal... ¡Ay del monarca
que en reprimirla piense! Mil legiones
agavilladas de furiosa plebe,
bajo la enseña de la paz, los hurtos
defienden, que a la estúpida ignorancia
un tiempo hicieran la ambición y el dolo;
y el yugo asolador que los oprime,
la noble inteligencia embruteciendo
proclaman ley del cielo sacrosanta.
¿Quién contrasta la infanda tiranía
que a las almas se atreve, do no llega
el dominio del cetro o de la espada?
¿Qué no osará al poder a quien se postra
la mente soberana? No hay afecto
libre de su opresión; el amor gime;
yacen rotos los lazos con que une
el padre al hijo, a entrambos la consorte
benéfica natura; ya vacilan
de la moral con leyes eternales.
Obligación es delatar; dar muerte,
un acto de heroísmo; las ideas,
impiedad y ruina; sólo ensalzan
la estupidez, que, sanguinaria y dócil,
reina de las virtudes se apellida.
¡Desgraciado de aquel que mostrar ose
tu antorcha, ¡oh razón pura! Los puñales,
que rencor y calumnia ya preparan,
al fiero rayo del poder unidos
le herirán indefensos. ¡Muy más triste
quien al público bien se consagrase,
ardida el alma en noble patriotismo!
No hay más artes aquí que echar la garra
al fruto opimo del sudor ajeno
gritando: o libertad, o altar y trono.
¿Qué importa a estos impíos que su patria,
arbitra en otro tiempo de ambos mundos,
pobre, inexhausta e ignorante, sea
ludibrio de las gentes? Si ellos gozan
del artista y colono los despojos
que mil abusos a sus manos llevan,
reinen estos abusos; y el que intente
reformarlos, perezca; que es contrario
de las antiguas leyes venerandas,
protectores del ocio y de la fraude.
Ni el asilo doméstico respetan,
ni dignidad, ni mérito. El esbirro,
en el silencio de la noche oscura,
manto del crimen, su poder despliega
y rompe el blando sueño, que a los hombres,
bálsamo de los males y cuidados
el cielo concedió. Gime el esposo,
de su esposa y su prole dividido,
y en indignas prisiones aherrojado.
Nadie goza el descanso; al inocente
ensueños tristes atormentan; todos
se admiran cuando ven la luz del alba
rayar en el Oriente, no haber sido
despertados al grito de una fiera.
Tal vez a pocos la opresión alcanza,
mas ¿qué vale, si a todos estremece?
El opulento teme sus riquezas,
cebo de los insectos; el que goza
alguna parte del poder, la teme;
que mil y mil a suplantarle aspiran.
Teme el sabio si el bien que ha meditado
sospecha el delator; teme el esposo
si la belleza que feliz le hace
de algún potente irritará el deseo.
Sólo vive tranquilo y descuidado
el que no es poseedor... ni aun de una idea.
Y ¿hay quien quiera morar en este bosque
de bandidos y monstruos? ¿Quien desee,
donde el poder al mérito persigue,
tener parte en el mando?... Ajenos climas busquemos,
do tranquila la inocencia
en venturosa paz logra sus ideas;
do protege la ley sin echar lazos,
y do la autoridad sólo se siente
en el bien que dispensa o mal que evita.
Mas ¡ ay ! que, aunque infeliz, eres mi patria.
¡ oh suelo dulce donde habitan fieras!
Al dejarte, en pedazos dividido
siento mi corazón... ¡Cuántos recuerdos
mi mente asaltan! Este duro roble,
hijo del elevado Pirineo,
reciba en su corteza mis suspiros;
un hijo tuyo, ¡oh patria idolatrada!,
huye de ti, mas sin dejar de amarte:
si le destierra la fortuna airada,
todo su amor te queda cuando parte.
Y tú, Occitania bella, acoge blanda
a tu huésped antiguo, que otro tiempo
moró alegre tu plácida espesura,
y hoy te pide sosiego, no ventura.
(Latomia, 3, 1933)