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El triunfo de la tolerancia


  • Escrito por Alberto Lista
  • Publicado en Poetas

¡Ay! ¿cuándo brillarás, felice día,

en que estreche el humano

con el humano la amorosa diestra?

¿cuándo será el momento que destierre

a la olvidada historia

el grito funeral de guerra y gloria?

Dulce beneficencia, tú del cielo

el don más delicioso,

del mísero mortal desconocida,

¿adónde, adónde fijarás tus aras,

cuando en tu fuego ardiente

se purifique la malvada gente?

¡Ah! desciende; tu santo trono sean rendidos corazones,

y la virtud tu sacrificio; extiende

el cetro bienhechor que te confía

el Hacedor del mundo,

y llena el orbe de tu ardor fecundo.

¡Oh tantas veces tanto suspirada

de las almas sensibles,

y apenas a sus votos concedida!

ven; contigo la paz, la tolerancia,

y la amistad hermosa

embellezcan la tierra ya dichosa.

Que asaz de sangre retiñó su acero

el fanatismo impío,

de la máscara hipócrita velado;

asaz quemó su antorcha asoladora,

a la ambición prestada,

del inocente la infeliz morada.

Sí; yo los vi: ¡los monstruos! de ira ardiendo,

sedientos de venganzas,

invocaron a un Dios de mansedumbre;

en su sangre de amor fieros mojaron

los agudos puñales,

y a destrozar volaron los mortales.

¡Oh tristes campos de la antigua Albiga!

¡oh cavernas del Alpe!

¡oh noche infanda de delito y muerte,

en que el furor sagrado y la perfidia

y la ambición insana

las Galias inundó de sangre humana!

Y tú ¡oh España, amada patria mía!

tú sobre el solio viste,

con tanta sangre y triunfos recobrado,

alzar al monstruo la cerviz horrenda,

y adorado de reyes,

fiero esgrimir la espada de las leyes.

¡Execrables hogueras! allí arde

nuestra primera gloria;

la libertad común yace en cenizas

so el trono y so el altar. Allí se abate

bajo el poder del cielo

del libre pensamiento el libre vuelo.

¿Dónde corréis, impíos? ¿qué inhumana,

qué sed devoradora

de sangre y de suplicios os enciende?

¿No veis en esa víctima sin crimen,

que la impiedad condena,

de la patria la mísera cadena?

Y ¿qué, grande Hacedor, en nombre tuyo

siempre el mortal perverso

degollará y oprimirá? Creando,

cual es su corazón, un Dios de ira, ¿volará a las matanzas

invocando al Señor de las venganzas?

Mas ¡ay! ¿qué grito por la esfera umbría

desde la helada orilla

del caledonio golfo se desprende?:

«hombres, hermanos sois, vivid hermanos»;

y vuela al mediodía

y al piélago feliz do nace el día.

Sí; que una vez el Hacedor benigno

dijo: «que la luz sea»,

y fue la luz. Tronó sereno el cielo,

y desde el Tajo hasta el remoto Ganges

desplómanse al abismo

las aras del sangriento fanatismo.

Salud, mundo infeliz; ya destruido

ves el imperio horrendo

que levantó el error; ya se oscurece

al celestial aspecto de la lumbre

la abominable hoguera,

que un diluvio de sangre no extinguiera. ¡Ay! que ya del océano saliendo

la lumbre bienhechora,

por los iberos campos se dilata.

¡Ay! que ya las riberas inundando

del levítico Betis,

llega a las playas últimas de Tetis.

Mas ¡oh! ¿dónde se fija? ¡oh santuario

por siempre respetable,

otro tiempo espelunca de furores!

sí, santa luz; do tus reflejos miro,

allí con luz sombría

de la superstición la antorcha ardía.

Ardía, sí; y los hombres engañados,

que deslumbró su fuego,

allí mismo la muerte fulminaban

en tu nombre, oh Señor de las piedades;

allí, allí los insanos

degollar meditaban sus hermanos.

Y la calumnia, como sierpe astuta

que sus vestigios borra,

la víctima inocente sorprendía;

y pérfida de Temis la balanza

oprimió al acusado

con el peso de un Dios de furia armado.

Ese lumbroso oriente, ese divino

raudal inextinguible

de saber, de bondad y de clemencia,

fue trono de feroces magistrados,

cuya justicia impía

vengar de Dios la injuria presumía.

¡Olvido eterno a su crueldad! y sea

castigo a tanto crimen

el perdón, que las víctimas conceden.

Si es posible, tu velo, oh tolerancia,

sepulte sus errores,

y tú, prole futura, los ignores.

Hijos gloriosos de la paz, el día

del bien ha amanecido;

cantad el himno de amistad, que presto

lo cantará gozoso y reverente

el tártaro inhumano

y el isleño del último océano.

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