Kautsky sobre la unidad del Partido y la libertad de opinión de los afiliados
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
El destacado socialdemócrata Kautsky señalaba que en el Partido existían criterios contradictorios sobre cuestiones importantes, y afirmaba que eso no era una desgracia, una afirmación harto sugerente, creemos, y que no deja de tener actualidad, además. Pero, es más, también afirmaba que eso siempre había ocurrido en las filas socialistas, divergencias de todo tipo, hasta puramente teóricas. Los militantes jóvenes serían los más ardorosos y pensaban de forma distinta que los viejos, de temperamento reposado y tranquilo. Pero los socialistas bávaros no tenían el mismo criterio que los sajones, y los hamburgueses discrepaban, por su pate. Eso mismo ocurriría entre mineros y obreros de la industria, o entre militantes absorbidos por el movimiento societario o cooperativista frente a los que les interesaba más la lucha política. Y lo mismo pasaba con los que se habían hecho socialistas estudiando a Marx y Engels, con los que habían empleado otros autores.
Tales diferencias serían, por lo tanto, inevitables y hasta necesarias porque de ese modo la vida intelectual del Partido se hacía cada día más activa. Pero también había que advertir que el Partido era como un ejército en lucha, no un club de discutidores. Eso obligaba a los miembros del mismo a evitar que las divergencias de opinión generasen conflictos que hicieran perder el tiempo y paralizasen la acción. Los socialistas estarían obligados a manifestar sus opiniones de forma que en ningún caso se imposibilitase la colaboración de todos en la obra común. El crecimiento del Partido no debía hacerse nunca a expensas de su unidad. Lo esencial de la táctica sería la unidad, la cohesión de las diversas fuerzas que concurrían a la acción común.
Kautsky insistía en el gran valor de la unidad porque allí estribaría la superioridad del Partido sobre las muchedumbres desorganizadas. La unidad era la que hacía que un Partido organizado fuera más fuerte que las masas de los indiferentes.
Por otro lado, no había que confundir la táctica con la propagada. Ésta debía adaptarse a determinadas condiciones locales o individuales. En la propaganda había que dejar al propagandista que cumpliera su cometido utilizando los recursos intelectuales que tuviera. La labor de propaganda dependería tanto del público como del propagandista. Éste debía hablar en forma que se hiciera comprender por los que le escuchaban, empleando materias y asuntos que fuesen más conocidos por el auditorio en el que se encontraba. No se podía hablar igual al obrero de la industria que al del campo, por ejemplo. Pero que la propaganda debía variar no significaba que también debía hacerlo la táctica o la acción política. La táctica siempre sería una porque allí descansaría la tan valorada unidad del Partido.
La unidad de táctica sería la unidad de acción. Y esa unidad no excluiría las divergencias de pensamiento y de puntos de vista teóricos. La unidad de pensamiento solamente se daría en las “sectas religiosas”, y sería incompatible con la originalidad.
La acción del Partido, como toda acción colectiva, exigiría del individuo el sacrificio de una parte de la individualidad. Los anarquistas y los teóricos del individualismo despreciaban a los afiliados al socialismo por eso, por haber realizado ese sacrificio. Pero no podían negar el hecho de que su acción colectiva no había podido llevar ninguna empresa grande en la práctica. Pero también es cierto, afirmaba nuestro autor, que el sacrificio que se exigía al afiliado en su individualidad no podía ser excesivo porque si así ocurría el Partido se terminaba convirtiendo en una horda de esclavos o en una manada de borregos. Estaría probado que cuando existían dentro del Partido mayores divergencias de criterio en las cuestiones teóricas, más grande era el sacrificio que tenía que hacer de su individualidad el militante en interés de la unidad de acción, pero también lo estaba que cuanto era mayor el sacrificio, el entusiasmo y la actividad del militante por el Partido decrecían, y los peligros para la unidad aumentaban.
No parecía conveniente poner excesivas cortapisas a los militantes que tenían opiniones contrarias a las que tenía la mayoría porque eso les impedía trabajar con eficacia por el Partido. Era importante trabajar para intentar conciliar la unidad del Partido con la independencia de los militantes. Por eso, había que fijar los límites de esa independencia porque con eso el Partido Socialista formulaba el fin que perseguía y exponía los motivos en que descansaban sus reivindicaciones en un programa útil. En dicho programa había que señalar no solamente las reivindicaciones fundamentales por las que se luchaba, sino también los principios que aseguraban la unidad del Partido.
Kautsky le daba mucha importancia al programa, porque eso era lo que diferenciaba a los socialistas de otros partidos y a los diletantes “inciertos y tímidos” que acompañaban a ratos. La parte general del programa no podía ser declarada indiscutible ni sustraerla a toda crítica. El programa, además, no podía estar en contradicción con la realidad porque perdía su valor práctico, y el Partido perdía cohesión, con lo que se caía en el peligro de que afluyese todo tipo de gente y los principios dejaran paso a las fluctuaciones de la opinión y las influencias de los demagogos, en fin, la disgregación y la atomización sustituirían a la cohesión y a la unidad.
Nuestro autor creía que el programa debía ser sometido a examen cada cierto tiempo, no ante la primera crítica que apareciese, y no se podía hacer más que de forma seria.
Hemos trabajado con un texto de Kautsky en castellano en el número del primero de febrero de 1908 de El Socialismo.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.