Retazos de la vida cotidiana en la Barcelona del XVIII
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
El barón de Maldà, es decir, Rafael de Amat y de Cortada nos ha legado Calaix de Sastre (Cajón de Sastre), es decir, en su diario personal de cincuenta y dos volúmenes, que escribió entre 1769 y 1819, un texto fundamental del costumbrismo catalán y una fuente interesantísima para conocer la Barcelona de la segunda mitad del siglo XVIII, y que podemos consultar en el Archivo Histórico de Barcelona. En todo caso, el diario del barón refleja la vida de las clases altas de Barcelona, y no de los grupos humildes, con alguna excepción, pero siempre en relación con los criados que constituían el colectivo con el que esas clases elevadas tenían más contacto.
En todo caso, además de las tertulias, fiestas, recepciones y saraos de los poderosos, sí dejó explicado que en Barcelona había muchos pobres, pidiendo a las puertas de las iglesias y en las calles. La visión de Maldà es la de un poderoso porque explicaba que la gente desconfiaba de los pobres porque se pensaba que mentían, haciéndose pasar por indigentes cuando, en realidad vivían mejor. En este sentido, debemos recordar que el despotismo ilustrado desarrolló una intensa política para terminar con “vagos y maleantes”, intentando diferenciar los pobres reales de los que, al parecer, no lo serían, para intentar ponerlos a trabajar. En algún texto el barón hablaba de que eran muy molestos. Precisamente, en relación con lo que decimos, el capitán general Agustín de Lancaster y Araciel puso en marcha un sistema para emplear a los pobres y vagos. Su idea era ajardinar parte de la Ciudadela y de las Ramblas.
Al final del siglo XVIII el número de pobres aumentó, es decir, que artesanos, trabajadores y campesinos cayeron en esta condición cuando se padeció la crisis en relación con la Guerra contra la Francia revolucionaria. Eso motivó que las autoridades civiles intentaran paliar la situación con lo que se conocía como la “olla pública”, entre 1797 y 1799. Se atendía a unos quinientos pobres, pero hubo que ampliar la asistencia a más de dos mil personas. Dicha “olla podrida” estaba compuesta de carne, verduras y arroz. Pero debió haber picaresca, y la misma, unida a la tradicional suspicacia del poder sobre los necesitados, derivó en que se generalizasen verdaderas redadas. Maldà llegó a decir que los presos en la Ciudadela eran vagos y pillos, y que habían sido detenidos en las rondas nocturnas, que se organizaban con soldados, pero vestidos de paisanos. Las detenciones, y eso no deja de llamar la atención, se hacían sin alharacas porque se realizaban en los domicilios, cuando se dormía. El despotismo ilustrado siempre tuvo esa ambivalencia, entre el interés por el progreso y el bienestar junto con una evidente obsesión por el control social.
Por su parte, el barón nos relata las comidas como un ejercicio donde podía haber hasta cinco platos y con un gran predomino de la carne. El pescado casi quedaba circunscrito a la época de la Cuaresma. La leche de vaca no fue un alimento de mucho consumo, solamente como un remedio prescrito por los médicos en determinadas enfermedades. En cambio, los helados y los sorbetes sí se consumían en casi todas las recepciones. El arroz y las tortillas tenían un lugar de honor en las excursiones. En todo caso, las clases elevadas solían comer demasiado, hasta el empacho, mientras que las clases bajas solamente podían acceder al pan, a las cebollas y a las patatas, cuando en este siglo comenzó a darse su consumo, no sin dificultad, aunque habría que esperar al siguiente siglo para que la ingesta de patata se generalizase.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.