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La Guerra dels Segadors


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Las tensiones entre las pulsiones absolutistas de los Austrias, muy desarrolladas con el conde-duque de Olivares, y el sistema pactista de la Corona de Aragón se enconaron en el siglo XVII, especialmente en el caso catalán.

Las actuaciones políticas en el interior de Olivares se basaron en una serie de reformas con vistas a fortalecer la Monarquía y evitar su decadencia. Con la conocida como “Unión de Armas” pretendió la formación de un ejército permanente de ciento cuarenta mil hombres reclutados en todos los reinos y territorios en proporción a su riqueza y población. De ese modo, se podría crear un ejército poderoso y eficaz, distribuyendo el coste entre todos los reinos, y estableciendo una especie de principio de solidaridad entre unos y otros. Pero esta Unión provocó el rechazo de las Cortes de Aragón y Valencia, aunque aportaron dinero; Cataluña, por su parte, nada. Este plan entrañaba una concepción absolutista del poder y pretendía crear una estructura centralizada del Estado, pero su aplicación era casi imposible, tanto por las dificultades económicas de la Monarquía como por la clara oposición de los reinos de la Corona de Aragón, celosos de sus fueros e instituciones.

Además, las necesidades financieras de la Monarquía producidas por la Guerra de los Treinta años obligan a aplazar las reformas planteadas y recurrir a medidas de urgencia que, terminan por agravar la crisis social y económica de Castilla: nuevos impuestos, ventas de cargos públicos, venta de tierras de realengo para ser señoríos jurisdiccionales, etc.

Esta situación provocó descontento social y generó una clara oposición a Olivares desde varios frentes. Por un lado, los reinos de la Corona de Aragón reafirmaron su rechazo a las pretensiones unitarias y centralistas, miembros de la alta nobleza se quejaron del escaso protagonismo que concedía el autoritarismo del valido y, por fin, los grupos populares estaban sufriendo la crisis económica y la presión fiscal. En consecuencia, estallaron distintos conflictos y protestas: Vizcaya (1632), Andalucía (1641 y 1647-1652), y Sicilia en 1647. Pero el momento crítico se dio en 1640 cuando estallan las rebeliones de Cataluña y Portugal. La impopularidad del valido aumentó de forma exponencial. En 1643, el rey le apartó del poder. Murió a los pocos años, pero su caída no consiguió traer la paz social ni frenar los conflictos.

Cuando Francia entró en el conflicto de la Guerra de los Treinta Años en su búsqueda de quebrar la hegemonía de los Austrias, la guerra llegaría a Cataluña donde se desplegaron las tropas de los tercios, generando un evidente malestar social. El conde-duque concentró una fuerza cuarenta mil hombres, y buscaba que Cataluña aportara unos seis mil. En 1638 nombró como virrey al conde de Santa Coloma para conseguir sus propósitos. En la Generalitat en ese mismo año entraron en la Generalitat dos personajes muy celosos de las leyes catalanas, Pau Claris, a la sazón canónigo de Urgel, y Francesc de Tamarit.

La causa inmediata de la rebelión tiene que ver con los desmanes cometidos en la población por los soldados castellanos e italianos destinados en Cataluña por la guerra con Francia. Se produjeron enfrentamientos con los campesinos en distintos lugares y las quejas se multiplicaron porque abundaron los saqueos y los robos. En Palafrugell sufrió un duro saqueo, y la Generalitat, en consecuencia, protestó ante Olivares, que se caracterizó por ser poco comprensivo con la situación, además de ser muy crítico con los catalanes y con su legislación, instando al virrey a actuar para imponer la presencia militar. En consecuencia, durante el año 1640 Santa Coloma presionó y amenazó con fuertes sanciones a quienes no alojasen tropas, llegando a castigar a distintas poblaciones que no habían acogido como se esperaba a las tropas. El propio diputado Tamarit llegó a ser detenido. La tensión llegó a un nivel muy alto, estallando la rebelión en distintas regiones de Girona, para extenderse como la pólvora por el resto del Principado.

Los campesinos acudieron a Barcelona en el mes de mayo y a ellos se unieron los segadores en junio, por eso se conoce la rebelión de los catalanes como la Guerra dels Segadors. El 7 de junio fue la fiesta del Corpus Christi, siendo el momento en el que la violencia estalló en la ciudad. Los insurrectos atacaron a los funcionarios reales. El propio virrey llegó a ser asesinado en la playa cuando pretendía huir. Veamos que nos dice Francisco de Melo sobre la muerte del virrey:

“96. Á este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas y voces; cada casa representaba un espectáculo, muchas se ardian, muchas se arruinaban, á todas se perdia el respeto, y se atrevia la furia: olvidábase el sagrado de los templos, la clausura é inmunidad de las religiones fué patente al atrevimiento de los homicidas: hallábanse hombres despedazados sin exminar otra culpa que su nacion, aun los naturales eran oprimidos por crimen de traydores; así infamaban aquel dia a la piedad, si alguno abrió sus puertas al afligido, ó las cerraba al furioso. Fuéron rotas las cárceles, cobrando no solo libertad, mas autoridad los delincuentes.

97. Habia el Conde ya reconocido su postrer riesgo, oyendo las voces de los que le buscaban, pidiendo su vida; y depuestas entónces las obligaciones de Grande, se dexó llevar fácilmente de los afectos de hombre: procuró todos los modos de salvacion, y volvió desordenadamente á proseguir en el primer intento de embarcarse: salió segunda vez á la lengua del agua; pero como el aprieto fuese grande, y mayor el peso de las aflicciones, mandó se adelantase su hijo con pocos que le seguian, porque llegando al esquife de la galera (que no sin gran peligro los aguardaba) hiciese como lo esperase tambien: no quiso aventurar la vida del hijo, porque no confiaba tanto de su fortuna. Adelantóse el mozo, y alcanzando la embarcacion, no le fué posible detenerla (tanta era la furia con que procuraban desde la ciudad su ruina): navegó hacia la galera, que le aguardaba fuera de la bateria. Quedóse el Conde mirándola con lágrimas disculpables en un hombre, que se veia desamparado á un tiempo del hijo y de las esperanzas; pero ya cierto de su perdicion, volvió con vagarosos pasos por la orilla opuesta á las peñas que llaman de San Beltran, camino de Monjuich.

98. A esta sazon, entrada su casa y pública su ausencia, le buscaban rabiosamente por todas partes, como si su muerte fuese la corona de aquella victoria: todos sus pasos reconocian los de la tarazana: los muchos ojos que lo miraban caminando como verdaderamente á la muerte, hiciéron que no pudiese ocultarse á los que se le seguian, era grande la color del dia, superior la congoja, seguro el peligro, viva la imaginacion de su afrenta: estaba sobre todo firmada la sentencia en el tribunal infalible, cayó en tierra cubierto de un mortal desmayo y donde siendo hallado por algunos de los que furiosamente le buscaban, fué muerto de cinco heridas en el pecho. 99. Así acabó su vida D. Dalmau de Queralt, Conde de Santa Coloma, dándole famoso desengaño á la ambicion y soberbia de los humanos, pues aquel mismo hombre en aquella region misma, casi en un tiempo propio, una vez sirvió de envidia, otra de lástima. ¡Ó grandes!, que os parece nacisteis naturales al imperio, ¡qué importa, sino dura mas de la vida, y siempre la violencia del mando os arrastra tempranamente al precipicio!” (Francisco Manuel de Melo, Historia de los Movimientos, separación y guerra de Cataluña, en tiempo de Felipe IV, 1645).

La rebelión sorprendió a Olivares, enfrascado en la guerra y sin tropas para poder acudir a Barcelona. La propia Generalitat se vio desbordada por los rebeldes que llegaron a tomar Tortosa. La situación de la Monarquía empeoraba por momentos porque Portugal inició su propia sublevación con el fin de separarse después de ochenta años de pertenencia a la misma cuando Felipe II se hizo con dicha Corona alegando sus derechos dinásticos.

En el contexto de la rebelión, Pau Claris presentó a la Junta General de Brazos el 16 de febrero de 1641 un proyecto que pretendía que el Principado pasara a ser un Estado independiente, pero bajo la protección del rey de Francia, en una suerte de República típica de la época moderna, gobernada por una oligarquía. El proyecto fue aceptado por los Brazos y por el Consell de Cent, pero encontró un obstáculo insalvable. El representante del rey de Francia, Du Plessis-Besançon, no era partidario de este paso porque no convenía a los intereses de su señor, el cardenal de Richelieu. De hecho, se ordenó la retirada las tropas francesas que ayudaban en la defensa de Barcelona frente a las tropas del rey Felipe IV. El cardenal buscaba la integración total de Cataluña en Francia. Claris y las instituciones catalanas tuvieron que renunciar a su proyecto y aceptar las condiciones francesas de integración. Se proclamó a Luis XIII como conde de Barcelona.

Pero en Cataluña terminó por desarrollarse un evidente descontento con los franceses que tampoco fueron muy respetuosos con la realidad catalana, sin olvidar que la peste hizo su propia aparición para complicar más aún la situación. Esta situación fue aprovechada por el rey Felipe IV para atacar en 1651 con un ejército al mando de su hijo Juan José de Austria, que inició un asedio a Barcelona. Al final la ciudad se rindió en 1652 y reconoció como rey a Felipe IV. Juan José de Austria pasaría a ser el virrey. Francia conservaría el control del Rosellón y el rey Felipe juró el acatamiento a las leyes de Cataluña. La guerra fue desastrosa para Cataluña, aunque no se alteró su ordenamiento jurídico. Tampoco fue buena para España, en general. Francia por su parte, como luego se vería en el Tratado de los Pirineos de 1659 se consolidó como potencia hegemónica y se quedó con el Rosellón y parte de la Cerdaña. Este hecho caló mucho tanto en esos territorios como en Cataluña. El Tratado, en realidad, fue negociado sin que los catalanes supieran nada de lo que trataban España y Francia. Por su parte, la población de los territorios cedidos conspiró en distintas ocasiones con el fin de intentar volver al Principado que, por su parte, aunque fue consciente de lo que había pasado, no aceptó la situación hasta bien entrado el siglo XVIII. En todo caso, siempre quedó en la memoria de Cataluña el territorio perdido.

Al menos, durante el reinado de Carlos II las relaciones entre la Monarquía y Cataluña se apaciguaron porque, además, Barcelona y Cataluña comenzaron un proceso de recuperación económica muy importante para el siglo siguiente, tanto en la agricultura como en el comercio.

Un ejemplo del reflujo de la tensión que se vivió en Barcelona durante el reinado de Carlos II, previo al gran conflicto que supuso la Guerra de Sucesión fueron las celebraciones que se celebraron en 1696 por el restablecimiento de la salud del monarca. El rey no tenía buena salud, como es sabido, pero en octubre se recuperó. Para celebrarlo Barcelona se puso en marcha y los distintos poderes de la misma organizaron un ciclo de festividades de signo religioso donde destacó una serie de villancicos, más políticos que, realmente, religiosos. Algunas de las partituras serían de Francisco Valls, que muy pronto se convertiría en uno de los principales compositores catalanes.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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