Besteiro sobre los prejuicios antisocialistas a cuenta de las experiencias rusa y británica
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Julián Besteiro explicó el primero de mayo de 1924 en las páginas de El Socialista en un artículo sobre el modelo inglés o laborista que acababa de llegar al poder, un trabajo en el que reflexionaba sobre los prejuicios antisocialistas, que queremos comentar en esta pieza, y en relación tanto con esa experiencia británica como la rusa.
El intelectual socialista consideraba que muchas de las objeciones que se hacían al socialismo partían de una falsa concepción del mismo. Reconocía que, en realidad, comprender el socialismo no era fácil porque no se basaba en principios elementales sino de elaboraciones más complejas. Eso podía explicar la persistencia de prejuicios antisocialistas y los temores de los que no sabían romper con las ideas tradicionales sobre que el socialismo solamente podía conducir al fin de la civilización.
Había quien renegaba del socialismo porque pensaba que las necesidades sociales pretendían ahogar el libre desarrollo de la personalidad individual, y que se terminaría por imponer un régimen cuartelario sobre las colectividades.
Pero ese prejuicio se iba diluyendo, pensaba Besteiro, a medida que se iba viendo progresar a grandes naciones hacia el socialismo sin que se mermaran las capacidades individuales alcanzadas y donde, además, se ampliaban las libertades. Parece como si estuviera cuestionando el principio de la dictadura del proletariado.
Pero existían prejuicios más arraigados y que se referían a la acción internacional asociada al socialismo. Muchas personas asociaban el internacionalismo socialista al final de las “personalidades nacionales”, ahogando la diversidad y la riqueza que la misma generaba, es decir, como vemos se asociaba el internacionalismo a la uniformidad. Si se entendía así el internacionalismo se caminaba hacia un cosmopolitismo estéril de signo aristocrático en lo teórico, mientras que en la práctica conduciría a dos posiciones extremas, e igualmente falsas, es decir a una radical hostilidad hacia el socialismo o hacia la aceptación de un socialismo nacional para fundir en el mismo la actividad socialista de los demás países.
Precisamente, en España se habría vivido, como una pesadilla, por un período en el que de forma obsesiva se pretendía trasplantar la revolución rusa, mientras que temía que cuando escribía este artículo se pasase por un entusiasmo igualmente irreflexivo ante lo que estaba sucediendo en Inglaterra, en alusión a la victoria laborista.
En principio para un socialista reflexivo tanto la revolución en Rusia como lo que ocurría en Inglaterra eran experiencias para el estudio. Pero si se quería trasplantar cualquiera de las dos experiencias y se ponía una especie de fe supersticiosa en los rasgos externos de cada una de ellas se corría el riesgo de quedarse en lo superficial y gastar el tiempo en tentativas estériles.
Así pues, desde un punto de vista internacionalista se podía hacer una revolución sin soviets y sin el parlamentarismo a la británica. Así pues, Besteiro estaba advirtiendo sobre la dificultad de aplicar modelos foráneos a España, o a otros países.
Hemos trabajado con el número del primero de mayo de El Socialista de 1924.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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