La doctrina social de la Iglesia
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Aunque no podemos hablar de socialismo de la Iglesia Católica, no podemos negar que la cuestión social incidió en la misma y terminó por obligarla, en cierto modo, a plantear una doctrina social, por lo que nos parece conveniente realizar una aproximación a esta cuestión en un libro donde estudiamos el socialismo. Que se comenzara a plantearse la cuestión social se debió a dos causas. Una de ellas tenía que ver con el hecho de que la situación de amplias capas de la sociedad se había hecho muy dura, pero, además, el movimiento obrero era contemplado como un desafío porque desde el mismo se cuestionaba a la propia Iglesia, y los trabajadores se estaban alejando de la misma. Con la publicación en 1843 del libro del jesuita italiano Luigi Taparelli titulado Ensayo teórico del derecho natural apoyado por los hechos, nacía la expresión “justicia social”.
Monseñor Ketteler desde Maguncia comenzó a plantear que la caridad no era suficiente para para atender las graves carencias sociales que estaba viendo. En 1864 publicó, La cuestión del trabajo y el cristianismo. Pensaba en la necesidad asociativa de los trabajadores, pero también que toda solución a la cuestión social debía pasar por la religión y la Iglesia. Estaba convencido que las soluciones a la cuestión social tenían que partir desde abajo y que el Estado debía, solamente, desempeñar un papel subsidiario. En todo caso, intentó conciliar el principio de la libertad económica con el de la justicia social.
En 1864, por lo demás, el papa Pío IX publicó la encíclica, Quanta Cura, donde atacó tanto al liberalismo económico como al socialismo. Acusaba al primero de materialista obviando el aspecto moral en las relaciones entre el capital y el trabajo. Pero el socialismo pretendía, en su opinión, sustituir a la Providencia por el Estado.
La obra fundamental de la doctrina social de la Iglesia fue la encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII. En ella se trazaron las líneas fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, condenando los excesos del capitalismo, pero también la lucha de clases. Se defendía la existencia de la propiedad privada y se rechazaba el socialismo porque era considerado erróneo y materialista. La encíclica pretendía que se alcanzase la convivencia social a través de la justicia y la caridad como medios para solucionar los conflictos. El Estado debía garantizar los derechos de los más desfavorecidos, proteger el trabajo y promover una legislación social. Pero, además, la Iglesia promovió la creación de asociaciones gremiales y sindicatos católicos. Pero eso no significaba que se defendiese la lucha de clases, que fue especialmente condenada. El propio papa León XIII consideraba que era un error pensar que unas clases sociales eran enemigas de las otras, como si los ricos y los proletarios hubieran sido creados por la Naturaleza para pelearse entre sí en una suerte de guerra perpetua. Eso sería opuesto a la razón y a la verdad. El papa recurría al símil, tan empleado en la Historia, del cuerpo humano y la sociedad. Si en el cuerpo se unían entre sí miembros diversos, y de su unión resultaba una disposición simétrica, así en la sociedad la Naturaleza había ordenado que las dos clases se unieran entre sí, adaptándose la una a la otra de modo que se equilibrasen. Cada una tenía una absoluta necesidad de la otra porque sin trabajo no podría haber capital, y sin capital, trabajo. La concordia engendraba orden y la lucha solo confusión. La religión se convertía en una “fuerza admirable” para acabar con la lucha y cortar sus mismas raíces. El movimiento obrero consideró que la encíclica llegaba tarde y acusó a la Iglesia de oportunista, además de tachar a los sindicatos católicos de estar al servicio de la patronal.
La encíclica Rerum Novarum, y después la promulgada en 1931, Quadragesimo Anno, por Pío fueron fundamentales para provocar un evidente cambio de la Iglesia en relación con la modernidad y con los cambios ideológicos, políticos, económicos y sociales que se habían producido en Europa. La Iglesia quería seguir influyendo en la política, en la sociedad y en la educación, y recuperar poder. Había que adaptarse al nuevo juego político liberal y, posteriormente, democrático. En este sentido, había que fomentar la participación de los católicos en la vida política, de ahí el nacimiento de la democracia cristiana. El programa de la democracia cristiana tenía relación, lógicamente, con el Evangelio, y se situaría en el conjunto de ideologías del segmento político de centro y/o derecha. Por un lado, aceptaba la propiedad privada y el mercado por lo que, en este sentido entroncaría con el liberalismo, pero, por otro lado, planteaba cuestiones muy distintas. En primer lugar, el liberalismo tendía a la secularización de la sociedad y la democracia cristiana defendía los principios cristianos. En segundo lugar, frente a un mercado como único regulador de las relaciones socioeconómicas, la democracia cristiana creía en la existencia de un Estado subsidiario que persiguiese la cohesión social, por lo que, en este aspecto pudo entenderse mejor, en su momento, con la socialdemocracia que con el liberalismo clásico.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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