Ramón Lamoneda y el control obrero a comienzos de 1933
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Dentro de nuestro proyecto de estudiar la cuestión del control obrero en el movimiento obrero socialista español, nos acercamos a las ideas de Ramón Lamoneda ya en tiempos de la República, a través de la conferencia que impartió el día 11 de enero de 1933 en la madrileña Casa del Pueblo. Lamoneda no era un orador cualquiera en material sindical, como es bien sabido; por eso, creemos que es importante conocer sus planteamientos.
Pero, sobre todo, es destacable esta conferencia porque se sitúa en el tiempo del proyecto de ley de control obrero que Largo Caballero había planteado, al respecto, como ministro de Trabajo.
Evidentemente, Lamoneda elogió al proyecto, y defendió a los denominados Comités de Fábrica para aplicar el control, citando el caso alemán, cuya legislación hemos comentado en otras piezas.
Esos Comités de Fábrica en Alemania habrían dado muchos beneficios a los sindicatos. Bien sabemos que eso se acabaría muy pronto porque al poco de hablar Lamoneda, Hilter fue nombrado canciller.
Lamoneda realizó un repaso a cómo se estaba estableciendo el control obrero en varios países europeos. Se fijó en Italia. Al parecer, Lenin había expresado en 1920 que era el país que reunía las condiciones para hacer una revolución social, ya que los sindicatos tendrían poder para hacerse cargo de las fábricas. En este sentido, el sindicalista español consideraba que, efectivamente, después de Rusia, los trabajadores italianos habían desarrollado el intento más serio, pero en ese proceso revolucionario el episodio de la toma de las fábricas señaló un error de táctica. Contaba que, en ese momento, Giolitti había sabido maniobrar haciendo creer que los obreros y patronos, en reuniones presididas por el Gobierno, iban a tratar de la forma de promulgar un decreto estableciendo el control obrero. Pero aquello se archivó para luego llegar la dictadura fascista.
Por su parte, en Rusia los obreros se apoderaron de las fábricas abandonas por los capitalistas. Al parecer, en los informes enviados por las entidades patronales a la Comisión parlamentaria en relación con el proyecto de Largo Caballero, se citaba como ejemplo para atacarle un discurso de Stalin en el que se señalaba la necesidad de unificar el mando técnico de las fábricas, ya que, entregándolas al Comité de Control, no rendirían tanto como era de desear. Pero Lamoneda consideraba que este argumento no era válido porque Rusia no podía servir de ejemplo para el caso español, ya que el control obrero se aplicaría en un régimen capitalista. El ejemplo ruso podría servir en el futuro cuando triunfase el socialismo, pero no en la España del momento.
Largo Caballero al trazar el proyecto se habría preocupado de que el control no pudiera ser un peligro para las industrias. El alcance del proyecto establecía una serie de condiciones. Para representar a los obreros de las fábricas o talleres donde hubiera más de cincuenta trabajadores había de llevarse dos años en el sindicato obrero, tres en la profesión y uno por lo menos en dicha empresa. Por consiguiente, quien ejerciese el control no era sólo el personal del taller, sino el sindicato a través de la Comisión de control.
Por otro lado, la sola presencia de representantes obreros en la reunión del Consejo de Administración de las empresas, aunque esos obreros no tuvieran la preparación suficiente, serviría ya para cortar muchos abusos. Y más importante que lo que pudieran decir allí era lo que podían escuchar para ponerlo al servicio del sindicato. Para Lamoneda esto era muy importante. Pero había una cuestión de mayor interés para las organizaciones obreras, y era que las Comisiones de Control harían un informe trimestral para presentarlo al sindicato. Los despidos y la reducción de jornada no podrían realizarse después de aprobada la reforma legal, sino era por la Comisión de control.
El sentido del proyecto de ley podía ser interpretado por la burguesía como algo que podía generar perturbación para las empresas.
Además, algunos en el campo obrero lo podrían calificar de ineficaz y nudo, pero Lamoneda insistía en la enorme importancia de que ahora desde dentro y no desde fuera se podía tratar de los despidos, del cierre de fábricas, etc.. Hacer obra revolucionaria no era solamente tomar el poder, sino, poco a poco, ir restando al capitalismo todas las facultades que poseía, muy en la línea de siempre del movimiento obrero socialista, añadiríamos nosotros.
Por eso el control obrero propuesto era revolucionario y lo probaba que los representantes parlamentarios de la burguesía estaban intentando retrasar su discusión en las Cortes.
La eficacia del control obrero dependería, según el orador, de cómo se utilizase. Recordaba la división sindical histórica española entre anarquistas y marxistas. Lamoneda decía que los primeros aprovecharían para perturbar la producción, frente a las organizaciones de la UGT, más constructivas, que extraerían de la ley de control obrero beneficios para los trabajadores.
Era preciso capacitar a los miembros del sindicato para que pudieran defender con eficacia los intereses de sus compañeros. Y si no hubiese esos hombres una vez aprobada la ley, era preciso una formación autodidacta, sobre la marcha. Era urgente que las organizaciones fueran conscientes que el control obrero era fundamental. Avisaba que el mismo sería atacado con dureza (así fue) con el argumento de que si se establecía se iría a la quiebra, pero la quiebra existente, para Lamoneda, no era de las industrias, sino del propio sistema capitalista, y no sólo porque lo hubiera expresado Marx en sus textos, sino por la evidencia de las muchedumbres de trabajadores en paro. Entonces, si había fracasado, la burguesía no podía negarse a que fuera modificado. El capitalismo no tendría una voz autorizada; por eso había que dejar paso libre al control obrero.
Además, si esa burguesía afirmaba que la situación era mala no debía poner ningún inconveniente para que se ejerciese el control porque sería mejor para ella.
Pero esa no era la razón verdadera de la negativa de los patronos. Lamoneda advertía que los empresarios que no deseaban que los trabajadores se incorporasen a la organización obrera estaban dispuestos a darles a los mismos sus reivindicaciones.
Lamoneda esperaba con gran interés y expectación la discusión del proyecto de ley. Estaba fijándose ya mucho en los planteamientos previos, y citaba como Lerroux en un discurso en Valladolid había dicho que el no se negaba a abrir las puertas de su casa a los obreros, pero sí se oponía a que la gobernasen.
Hemos consultado el número del 12 de enero de 1933 de El Socialista (7648).
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.