El derecho a las vacaciones pagadas hacia 1930
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
En el período de entreguerras se discutió mucho sobre el derecho a las vacaciones pagadas. En junio de 1930 el periódico socialista español teorizó al respecto partiendo del hecho de que se consideraba que los trabajadores pasaban por ser “excesivamente exigentes”, porque siempre se encontraban pidiendo, reclamando. Era una gran verdad, pero en la realidad no se ofrecía nada; todo lo que se había conseguido había costado trabajo adquirirlo.
Una de las reclamaciones, consideradas más justas, de los últimos años, según el diario, tenía que ver con el descanso anual remunerado, las vacaciones pagadas, pero la reclamación no se había coronado con el éxito. En este sentido recordemos la conquista de este derecho gracias al Frente popular francés unos años después.
Al parecer, no se negaba la justicia de esta reclamación, pero no se contemplaba tomar la decisión de forma inmediata, ni por parte de los poderes públicos, ni por parte de la patronal.
El artículo estaba escrito en vísperas del verano, y se aludía a que se llegaba a una época del año en el que eran más apreciados los días de descanso, pero solamente podían disfrutarlos una parte de la sociedad, mientras que los asalariados de fábricas, talleres, almacenes y minas tenían que seguir esperando.
Los trabajadores eran tan útiles, y su labor tan indispensable, que la suspensión de su esfuerzo era demasiado perjudicial para que se les considerase de otro modo que como seres “inferiores condenados a un automatismo embrutecedor”, además de ser espectadores resignados de la abundancia y de los placeres que su trabajo proporcionaba a los afortunados. El descanso solamente existiría en caso de enfermedad, de paro forzoso o cuando llegaba la muerte.
Era un caso de egoísmo feroz, según la publicación socialista, de las clases privilegiadas, y contra esa situación había que reaccionar. Las vacaciones eran una necesidad para los trabajadores, de tipo psicológico (“moral”) y físico, frente al carácter de ostentación que tendrían las vacaciones para las clases inactivas.
Era una batalla que necesitaba librar sin tregua la clase obrera. Lo pedía el propio instinto de conservación ante los modernos métodos industriales, que estaban imponiendo una embrutecedora racionalización del trabajo y que no servían más que para explotar más intensamente que antes al trabajador, y aumentar las ganancias para el patrono.
En El Obrero hemos ya tratado en algún caso este asunto, como podrá comprobar el amable lector, y, por otra parte, hemos empleado como fuente el número 6671 de El Socialista de 26 de junio de 1930.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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