El Manifiesto de Basilea de la Segunda Internacional contra la Guerra
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
En plena paz armada y en tiempos de la Primera Guerra Balcánica la Segunda Internacional se reunió en Basilea en noviembre de 1912 para aprobar un Manifiesto contra la Guerra.
El socialismo internacional llevaba medio siglo condenando la Guerra, comenzando por la Primera Internacional en los Congresos de Lausana de 1867, de Bruselas del año siguiente, y después ya en la Segunda Internacional, en París en 1889, Zúrich de 1893, Londres (1896), París (1900), Stuttgart (1907) y en el de Copenhague (1910).
El Comité Socialista Internacional de Bruselas se puso en marcha, convocando mítines por toda Europa y preparando rápidamente un Congreso extraordinario, donde se consiguió de forma clara un acuerdo para desarrollar una acción simultánea contra la guerra.
El proyecto de Manifiesto se discutió en la segunda jornada. Los encargados de leerlo fueron Jaurès, Adler y Keir Hardie, cada uno en su idioma, es decir, en francés, alemán e inglés. El proyecto había sido preparado por una Comisión especial y por el Bureau.
En realidad, no hubo debate en la sesión de la tarde, ya que los términos del Manifiesto se habían ya discutido en distintas sesiones del Bureau y en las reuniones privadas de las secciones nacionales. Todo el mundo estuvo conforme. Muchas de las secciones nacionales renunciaron a usar la palabra, agrupándose otras para designar a un orador que hiciera en nombre de ellas una declaración común.
El primer discurso fue el de Haase, diputado y miembro de la delegación alemana, que insistió en lo grotesco y criminal que sería que se desencadenara una conflagración europea para impedir que Serbia tuviera un puerto en el Adriático. Los delegados alemanes, austriacos y húngaros estaban de acuerdo y se disponían a impedir que sus respectivos gobiernos cometieran esa locura. El gran peligro residía en el antagonismo existente entre Francia, Inglaterra y Alemania. Por su parte, creía que el zarismo no se habría mostrado tan provocador si no hubiese podido aprovecharse de esos odios que parecían indestructibles. Terminó exhortando a que los socialistas del mundo entero debían dirigir sus esfuerzos a restablecer la armonía entre esas tres naciones.
En nombre de los socialistas checos habló Sukup, que recordó que no hacía mucho los socialistas alemanes, italianos, polacos y checos, en fraternal unión, había luchado juntos por el sufragio universal. Si se había sabido combatir y vencer en esa lucha también se podría hacer ahora para mantener la paz en Europa.
Troelstra habló en nombre de los belgas, holandeses, suizos, fineses, noruegos, suecos y daneses. En su discurso expuso que si estallaba una guerra mundial los pequeños países seguirían para la acción el ejemplo de los grandes. Las pequeñas naciones tenían, en su opinión, una gran potencia para protegerse, y que no era otra que el socialismo.
Clara Zetkin también intervino para exponer que las mujeres afiliadas a la Internacional cumplirían su deber como los hombres, y que con ellas estarían todas las madres y esposas de Europa.
El diputado búlgaro, Saksoff, y que había protestado en su Parlamento contra la guerra, lo que le valió casi un linchamiento (recordemos que estaríamos en plena Primera Guerra Balcánica), afirmó que si la débil organización del proletariado no había permitido impedir la guerra, en alusión a la balcánica, podía asegurar en nombre de los socialistas búlgaros, serbios y turcos que la simpatía y el apoyo de la Internacional serviría para crear un poderoso Partido Socialista en los Balcanes, capaz de defender la democracia y de oponerse a los desmanes del imperialismo y el militarismo.
En nombre de los franceses intervino Vaillant, explicando que su delegación aceptaba con entusiasmo el Manifiesto, pues, aunque en el mismo no figuraban explícitamente las palabras “huelga general” e “insurrección”, no por ello había de creerse que se renunciaba a recurrir a esos medios. Si los gobiernos querían ir a la guerra había que procurar que con ella surgiera la revolución.
Agnini habló en nombre de los socialistas italianos, portugueses y españoles. Dijo que el Manifiesto no debía ser un mero símbolo, sino un llamamiento, un hecho, que interesaba a millones de obreros. Agnini aludió en su discurso a la figura de Pablo Iglesias, que era quien debía ocupar su lugar, pero que no podía estar en el Congreso por la “cruenta batalla” que estaba sosteniendo contra los “clericales españoles” y que no podía abandonar en ese momento. Aludió a la actitud de las dos organizaciones socialistas españoles en relación con los sucesos de la Semana Trágica. También realizó comentarios sobre las situaciones de los socialistas lusos e italianos.
El último en intervenir fue Bebel que habló del entusiasmo y la solidaridad reinante en el corto, pero “grandioso” Congreso de Basilea. Frente al mundo burgués dividido en dos grandes grupos, es decir, la Triple Alianza y la Triple Entente había que oponer la unión de la Internacional, para trabajar en favor de la paz, el socialismo y la humanidad.
El Manifiesto recordaba las reglas de acción del proletariado de todos los países para combatir la guerra, según lo estipulado en los Congresos de Stuttgart y Copenhague.
Si una guerra amenazaba con estallar era deber de la clase obrera en los países interesados y un deber de sus representantes en los parlamentos emplear todos sus esfuerzos con el apoyo de la Internacional para impedir la guerra por todos los medios, y que variarían en función de la fuerza o intensidad de la lucha de clases y de la situación política general. Y si, a pesar de estos esfuerzos, estallase la guerra, se debía intervenir para conseguir que finalizase rápidamente, utilizando con todas las fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, con objeto de agitar al pueblo y precipitar la caída de la “dominación capitalista”.
Los acontecimientos recientes habían impuesto al proletariado el deber de dar a su acción concertada todo el vigor y toda la energía posibles. Por su parte, la locura universal de los armamentos, agravando el encarecimiento de la vida, había intensificado los antagonismos de clase, y creado en la clase obrera una agitación insostenible. Por otra parte, las amenazas de guerra que se sucedían periódicamente estaban excitando la situación. Los pueblos europeos estaban constantemente a punto de ser arrojados los unos contra los otros sin que pudieran justificarse estos atentados contra la humanidad y contra la razón con el pretexto del interés nacional. La crisis de los Balcanes, que ya había causado tantos desastres, se podría convertir, si se extendiera, en un peligro evidente para la civilización y el proletariado. Y sería uno de los mayores escándalos de la historia.
Por todo ello, el Congreso afirmaba la completa unanimidad de los Partidos Socialistas y los Sindicatos de todos los países en la guerra contra la guerra. Por todas partes los obreros se habían levantado al mismo tiempo contra el imperialismo, y cada sección de la Internacional se había opuesto al gobierno de su país y movido a la opinión pública contra las ansias guerreras. El resultado había sido una grandiosa cooperación de los obreros de todos los países, y que había contribuido a salvar la paz del mundo amenazada. Los socialistas en el Manifiesto consideraban que esta acción había sido una garantía para la paz por el miedo de las clases dirigentes al estallido de una revolución proletaria.
El Congreso pedía a los Partidos Socialistas que continuasen en su acción por todos los medios que considerasen apropiados. Y para ello se asignaba a cada Partido Socialista una tarea particular:
-Los Partidos balcánicos tenían que realizar un duro trabajo. Las potencias europeas habían contribuido a crear en Turquía un desorden económico y político, además de haber estimulado las pasiones nacionales, que debían conducir a la revuelta y a la guerra. Los Partidos Socialistas de los Balcanes había pedido la creación de una Federación Democrática. Pues bien, el Congreso les instaba a que perseverasen en esa línea. El Congreso pedía, particularmente, a estos socialistas que se opusiesen con todas sus fuerzas no sólo a que se renovasen las antiguas enemistades entre serbios, búlgaros, rumanos y griegos, sino a la opresión de los pueblos balcánicos que se encontraban en el campo contrario, es decir, los turcos y albaneses. Los socialistas de los Balcanes tenían el deber de combatir toda la violencia cometida contra el derecho de estos pueblos y de afirmar, contra el chauvinismo y las pasiones nacionales desencadenadas, la fraternidad de todos los pueblos de los Balcanes, incluso los albaneses, turcos y rumanos.
-Los socialistas de Austria, Hungría, Croacia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina deberían continuar con todas sus fuerzas su oposición enérgica a todo ataque a Serbia por parte de Austria. Habrían de resistir, como lo habían hecho hasta el momento, a la política que tendía transformar a Serbia en una colonia austriaca, y a sumir en los más graves peligros, por intereses dinásticos, a los pueblos de Austria-Hungría y con ellos a todas las naciones europeas. Los socialistas de Austria-Hungría debían luchar también para que las fracciones de los pueblos eslavos del Sur, dominados por la Casa de Habsburgo, conquistasen en el interior mismo del Imperio el derecho a gobernarse democráticamente. También debían prestar atención, con los socialistas italianos, a la cuestión albanesa. El Congreso reconocía el derecho del pueblo albanés a la autonomía, pero no admitía que bajo el pretexto de la autonomía Albania fuera sacrificada e las ambiciones austro-húngaras e italianas. Esta cuestión no sólo era un peligro para Albania, sino para la paz entre Austria-Hungría e Italia. Solamente como miembro de la deseada Federación Democrática de los Balcanes, Albania podría llevar una verdadera vida independiente.
-El Congreso aplaudía las huelgas de protesta de los obreros rusos porque veía en ellas una prueba de que el proletariado de Rusia y Polonia comenzaba a rehacerse de los golpes de la contrarrevolución zarista. Era una garantía contra las consideradas intrigas criminales del zarismo que, después de haber ahogado en sangre a los pueblos de su Imperio y cometido innumerables traiciones contra los pueblos balcánicos, vacilaba entre el temor a las consecuencias que para el régimen tendría una guerra y el temor a un movimiento nacionalista que el mismo había creado. Aunque en ese momento el zarismo trataba de aparecer como un libertador de los pueblos balcánicos, no lo hacía más que para reconquistar su preponderancia en la zona. El Congreso contaba con que el proletariado ruso, finés y polaco, se encargaría de enseñar al mundo el juego zarista y se opondrá a sus aventuras guerreras, a toda empresa en Armenia y en Constantinopla, y concentraría sus fuerzas en su combate contra el despotismo. El zarismo era la esperanza de los reaccionarios europeos, y el enemigo más terrible de la democracia. El Congreso manifestaba que uno de los principales objetivos de la Internacional era ocasionar su derrumbamiento.
-El trabajo más importante de acción internacional estaba entre los trabajadores de Alemania, Francia e Inglaterra, es decir de las principales potencias. Debían pedir a sus gobiernos que rehusasen ofrecer ayuda a Austria y a Rusia, y que se abstuviesen de toda intromisión en el conflicto balcánico, observando una neutralidad absoluta. Sería una “locura criminal” que estallase una guerra entre las tres potencias por la querella serbo-austriaca. Es evidente, afirmamos por nuestra parte, que los socialistas eran conscientes del peligro, de un peligro que sería ya real año y medio después. Por otro lado, se afirmaba que, si más adelante el hundimiento militar de Turquía destruía la potencia otomana en el Asia Menor, los socialistas de las tres grandes potencias debían oponerse con todas sus fuerzas a una política de conquista en dicha zona porque conduciría a una guerra universal. El Congreso consideraba un peligro de primera magnitud la hostilidad, considerada artificial, entre Gran Bretaña y el Imperio alemán, y saludaba los esfuerzos de la clase obrera de ambos países para mitigar ese antagonismo. Había que firmar un Convenio sobre limitación de armamentos navales y sobre abolición del derecho de presa marítima. El Congreso pedía a los socialistas de Inglaterra y Alemania que dirigieran sus esfuerzos para que se obtuviese dicho acuerdo. La desaparición de los antagonismos entre Alemania, de una parte, y Francia e Inglaterra de otra eliminaría el mayor peligro para la paz en el mundo y destruiría la fuerza del zarismo. Haría imposible todo ataque de Austria contra Serbia y aseguraría la paz universal.
El Congreso quería manifestar la unidad de la Internacional Socialista en sus ideas esenciales en relación con la política exterior. Pedía a todos los trabajadores que se opusiesen al imperialismo capitalista, y amonestaba a las clases dirigentes para que no aumentasen aún más la miseria a cuenta de actos de guerra. Pedía, es más, exigía la paz. Advertía a los gobiernos que no podrían desencadenar la guerra sin peligro para ellos mismos, y para ello recordaban como la guerra franco-prusiana provocó el estallido de la Comuna, que la guerra ruso-japonesa había puesto en marcha al pueblo ruso, y que los gastos militares y navales habían dado a los conflictos sociales en Inglaterra y en el Continente una mayor intensidad, desencadenando huelgas formidables.
Sería considerada una locura que los gobiernos no viesen que sola la idea de una guerra levantaba la indignación y la cólera del proletariado, porque los obreros consideraban como un crimen que se arrojase a unos contra otros en provecho de los capitalistas o por el orgullo de las dinastías o por las combinaciones de los Tratados secretos.
El Congreso instaba a la Oficina socialista internacional a que siguiese con mucho detenimiento los acontecimientos y que mantuviese en comunicación a los Partidos Socialistas de todos los países.
Como ya hemos apuntado, los socialistas conocían bien la situación, sus peligros y causas, pero, como sabemos, fallaron a la hora de pensar que la guerra se podía impedir. Pero eso solamente se supo después. Había otros factores a tener en cuenta, como la fuerza de la pulsión nacionalista en los pueblos europeos por encima de la conciencia de clase.
Hemos trabajado con el número 1391 de El Socialista, de 6 de diciembre de 1912.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.